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Política30 años del engaño de participar en todo

30 años del engaño de participar en todo

Por GABRIEL ÁNGEL ARDILA

En la experiencia colombiana de hacer participar más ciudadanos en las formas de gobierno o manejo de asuntos «públicos», ha pasado mucha agua bajo el puente. Tras casi centurias de centralismo para cualquier decisión, desde el escritorio de mandante de turno, se abren espacios a la opinión, intervención e invención de fórmulas que alegraban a ciertas tribunas y dejaban algún sinsabor a viejos mandantes de esquema cerrado y no poco absolutista.

Tras la alegría de ese proceso institucionalizado en la Constituyente y en la Carta Política de 1991 (Art. 340) fueron desarrollados instrumentos en la Ley 152 de 1994 y con el Consejo Nacional o sus derivaciones territoriales, que disgustó a los críticos por «tardío» el inicio y manoseado o poco efectivo desarrollo.

Pasados 30 años de eso y luego que probáramos de esa pócima por decreto de la Alcaldía de Pereira en tiempos de Juan Manuel Arango por largos seis años representando históricamente a los periodistas (Asociación Colombiana de Periodistas y Club de Prensa de Pereira), no hay muy buenas noticias para los que gustan de inventarios «positivos».

Le consta a James Fonseca (predecesor) la lidia con eso. La apertura y extensión de agendas fatigosas, para el diálogo de sordos que las administraciones montaban: Se podía decir de todo, pero validaron muy poco. Nuestro optimismo sirvió para actuar de escribanos de eso y hasta por algún tiempo compartimos con el público «Contexto», que a capricho personal y en hojas impresas en computadora, difundíamos por ahí. Los caminos recorridos no fueron apenas parroquiales: fuimos a congresos nacionales y encontramos en el rector de la Universidad Nacional de Colombia (Mockus) a un creyente de eso y desarrollador luego de experiencias de cultura ciudadana, para amainar choques y darse el lujo de torear bravas culebras (como cuando en uno de sus ejercicios golpeó el rostro de su contertulio Horacio Serpa con vaso de agua en público, en vivo y en directo), pero muchos baldados de agua fría sufrimos en esos recorridos. Como cuando cierta instancia jurídica exigía nuestro pago por el traslado a la capital, porque el municipio no estaba facultado para invertir su presupuesto en esos «paseos».

Y padecimos las estrecheces (más de mentalidad que de rigor) porque los consejeros no podrían ser contratados, ni financiados, ni patrocinados por sus respectivos gobiernos. Todo del bolsillo y de cuenta del participante. Esa era la realidad de la flamante participación ciudadana, por la que no recibimos un peso en honorarios con todo el tiempo a eso destinado. ¡Abónelo a sus buenas obras y al civismo!

Probamos que había ideas y disciplina ciudadana. Pero también que los dueños de los presupuestos, los poderes y las marrullas, urdían sus hazañosas tretas para lograr que todo quedara como «un saludo a la bandera», tal como lo advirtiese José Jorge López Salazar, a quien atribuimos el involucramiento en eso, decretando nuestra participación en esa quimera. Luego tuvimos, él y yo y más de 20 mil pereiranos, desquite en la reconstrucción de casas y servicios impactados por el terremoto de 1999, porque fue esa investidura de consejeros lo que permitió nuestra intervención en la obra de la reconstrucción del Eje Cafetero con más de 2 billones de inversión y más de $185.000 millones en solo Pereira en la tarea de comunicar, para la recuperación por esa tragedia.

Sin perder fe ni tiempo, ahí montamos el Plan de Ordenamiento Territorial del Eje Cafetero del que hubo mucho material y un libro aportado para la memoria, además de otros editados al amparo del Forec y la Fundación Espiral.

Pero de todo, lo de participar, intervenir e influir como ciudadanos en la planeación del desarrollo, es más bien poco lo rescatable.

La gratuidad en el ejercicio por el falso «civismo» hace de esos agentes unos tristes patinadores de proyectos y dependientes de una de las más indignas formas de supervivencia: «contratistas»… Lo mismo que ocurre a concejales de los pueblos y a ciertos diputados o parlamentarios.

Lo de la trasparencia, primer eslabón de la nueva cadena, es lo primero que se cae, porque «el pueblo no es bobo» y eso de «lo público» solo causa rasquiñita maliciosa.

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