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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadAscenso a la cúpula  

Ascenso a la cúpula  

En los primeros días de 1993 ávido de aventuras debido a mi reciente llegada a la bella Pereira, quise subir la la cúpula en la parte más alta de la catedral Nuestra Señora de la Pobreza con el objetivo de ver una diferente panorámica de la ciudad y hacer fotografías distintas a las ya conocidas.

La entrada a la curia es por la calle 21, allá me dirigí para averiguar cómo podría lograr mi objetivo, tuve la suerte que me recibió Don Adolfo, un señor de unos 60 años de rostro adusto pero que me atendió amablemente después que le dije que era fotógrafo del periódico La Tarde. Le pedí permiso ya con la cámara lista y por cosas del destino ese día don Adolfo debía subir a darle cuerda al viejo reloj y me pidió que lo acompañara. Entramos por una puerta lateral del templo que estaba completamente oscuro, lo atravesamos hasta llegar a una puerta en una de las torres laterales y subimos las escalas que llevaban al coro. La única luz era la que se filtraba por los vitrales y  muy arriba por las ventanas de madera en forma de persiana, subimos después por unos precarios escalones empolvados por los años que chirriaban con nuestro peso, desde ese lugar vi los péndulos o barras de peso del reloj colgados con cables metálicos, el engranaje tenía un espacio al que don Adolfo ingresó y me indicó como podía seguir subiendo para llegar a la cúpula. Me dijo que hacía mucho no subía por allá y me recomendó mucho cuidado. Yo a medida que iba haciendo el recorrido tomaba fotos, la imagen que subo es de los ventanales arriba del reloj y anteriores al ascenso a la punta de la catedral. Llegué difícilmente a la cúpula de seis bellas ventanas y me tocó esperar un rato para volverme a acostumbrar a la luz. Hice el registro de la plaza de Bolívar con prado en ese momento, y tomé fotos desde cada una de las ventanas que me permitieron ver a Pereira los 360º.

Durante la bajada observé otras cosas, los huecos de una profundidad de aproximadamente cuatro metros en cada una de las torres laterales, el entramado de madera que hoy vemos destapado y un arrume de madera, apliques, lámparas viejas, adornos de vidrio y algunos estatuas de santos rotas o fracturadas. Salí completamente negro por el polvo pero feliz de haber logrado mi propósito. Mi siguiente visita unos días después fue a los misteriosos huecos de las torres, pero esa es otra historia.

ALVARO CAMACHO ANDRADE

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