Carlos Enrique Soto Jaramillo

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Foto cortesía Ciudad Región

Por Ernesto Zuluaga Ramírez

Quienes se embarcan en los avatares electorales terminan especializándose y dedicando su vida entera a la esfera pública. El ejercicio de la actividad política se ha convertido en una profesión que riñe con la posibilidad de ocupar otros cargos en el escenario de la economía privada y de ejercer otros roles distintos dentro de la sociedad. Un ejemplo de esta realidad es el de Carlos Enrique Soto Jaramillo quien se nos adelantó esta semana y de manera temprana e insospechada en su viaje a la eternidad. Político hasta las entrañas, deja la huella de haber sido el dirigente que mejor empuñó las banderas populares en Pereira y para la posteridad varios hitos difíciles de igualar. No es fácil encontrar otro con mejor capacidad de adaptación. Perteneció, con Rodrigo Rivera, Fabio Villegas, Juan Guillermo Ángel, María Isabel Mejía y varios más, a una generación que aprendió a hacer la política bajo el marco de la anterior Constitución Política y que supo amoldarse con rapidez a los enormes cambios y transformaciones que la nueva Carta Magna trajo consigo. En el primer escenario llegó a ser concejal de Pereira y diputado de Risaralda  y en el segundo, representante a la Cámara y senador.

Deja una impronta de político con fuerte y autocrático carácter. Dirigió por muchos años la “Casa de la Democracia”, nombre que le dio a su organización política, con la que hábilmente fue conquistando todos los espacios de poder en los cuerpos legislativos y co-administrativos; las limitaciones y falencias educativas propias de las comunidades populares a las que pertenecía le impidieron incursionar en el poder ejecutivo y ocupar cargos de relevancia o escalar en la pirámide dirigencial, pero no fueron óbice para que llegara muy lejos en el ejercicio electoral. Empírico y ávido de superación estudió con disciplina admirable el marco legal de cada una de sus responsabilidades y funciones y las particularidades técnicas y científicas de todos los proyectos que le interesaron hasta dominarlas plenamente para defenderlos con ahínco. En el desempeño de su jefatura política supo imponer sus ideas con asombrosa habilidad y nunca permitió que le manipularan o permearan su estructura de líderes comunitarios y su organización electoral. Celoso y algo vanidoso enfrentó lentamente a tirios y troyanos y se impuso de manera progresiva hasta convertirse en el líder más importante de la política local. Duro de corazón, ejerció su liderazgo con la fuerza de la razón muy ajena a los efluvios afectivos. Su ambición política le llevó a sacrificar amigos y alianzas y a equivocarse algunas veces. Él mismo fue su norte y nunca desmayó.

Pocos ejercieron el poder como lo hizo Soto Jaramillo. Fue “cacique” cuando esa figura de desvanecía en la política nacional. Tenía autoridad y nada sucedía en sus predios sin su aval y complacencia. Fue factor determinante en la elección de muchos alcaldes y gobernadores y supo ejercer presión para cogobernar con ellos. Deslizó muchos recursos del sector central y tuvo siempre puesta la camiseta de Risaralda, de Pereira, de Cuba y del Suroccidente de la ciudad, de donde surgió.

Los excesos de poder traen errores y desafueros pero sobre todo envidias y confabulaciones. Las segundas le originaron despiadadas persecuciones que destaparon los primeros y lograron su caída. La verdad, no todo fue brillo en su camino como suele sucederle a los humanos. Podía criticársele su estilo, pero siempre admiramos su tesón y su carácter. Paz en tu tumba Enrique.

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