Carta a Olímpica Estéreo

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SE VIENE DICIEMBRE


POR JERSON ANDRÉS LEDESMA VALENCIA


Según San Agustín el tiempo es indeterminable, probablemente una extensión de la conciencia que se prolonga a un más allá; en su aparente confusión se ubica el hombre intentando develar cuáles son las razones de su permanencia en el cosmos.

De igual manera, para Jorge Luis Borges el tema ya pasaba a una obsesión plena registrada con frecuencia en sus relatos; sin embargo, pese a lo difícil que significa encarar estas reflexiones enmarcadas en un ámbito filosófico profundo, hoy conceptualmente los medios masivos de comunicación devalúan su procedencia. Ante tal punto, que parece girarse sobre una espiral sin aparente salida, en un sistema repetitivo, insospechable para la masa que camina inerme sobre la rueda; en medio de esta habitual rareza se oye con un clamor pagano, la despedida de lo que fuimos, pero que seguramente volveremos a ser sin ningún pronóstico social para el cambio. 

La naturaleza física del hombre se soporta en su corta edad, aún hay quienes consideran que el mundo nació a partir del siglo cero d.c soslayando los milenios que antecedieron y las civilizaciones que se forjaron a punta de piedras, balbuceos y supervivencias; pero volvemos al tiempo, esa proyección que connota el verbo gramatical como línea progresiva en las actuaciones de sus hablantes: los presentes en sus respectivos modos y la forma no personal del gerundio, suficiente para ubicar un sonido dentro del espacio-tiempo, suficiente para que un oyente reciba una impresión acústica y tome una decisión en su efecto perlocutivo.

El paso inexorable de los días angustia, el imparable reloj circunscribe la travesía, los amigos se van yendo; el río amaina su cauce, el árbol que pintaba el verde llano ya no está; cierta vez en la cabaña del Tío Poli este último expresaba: nos hacemos viejos cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas y mientras la noche se enciende con furor de nuevo el sistema resuena: se viene diciembre.

La banalidad de los medios se sujeta a la quietud de algunos hombres reescribiendo una Comedia Humana, una tragicomedia que los envuelve sin el menor escape, aún no despiertos, van y vienen en un péndulo existencial aupados en el tiempo cronológico, sin ninguna razón para romper el hito que los designa. En este orden de ideas, la felicidad depende de lo que no se es, una dependencia de lo absurdo; una dependencia de que el tiempo se lleve lo que alguna vez habitó en la memoria. 

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