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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

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Cine de verdad

La memoria expandida en un largo y un cortometraje en el Festival de Cine De Cartagena

Geross

Tengo un gran amigo, Gabriel Andrés Posada. Recuerdo sus primeros pasos por allá por la época gloriosa del Cine Club Universitario, cuando llenábamos esa pequeña sala del teatro Comfamiliar a toda hora y en los días que nos provocaba programar el mejor cine que existía en esos momentos y el hecho años atrás se ha metido de lleno en el territorio cinematográfico a través de la pintura y con la ayuda de su generosidad y de Yorlady Ruiz, su musa inspiradora.

En el séptimo arte, ha hecho varios papeles: director de arte, escenógrafo, actor, asistente, consejero y en muchos papeles más, dejando en todas y cada una de las películas en las que ha participado, un pedazo de su alma, ideas y sueños.

Estuvo en el pasado Festival de Cine de Cartagena, ese que el coronavirus liquidó al segundo día de haber nacido, pero logró ver un material que fue el que lo hizo ir  y por tanto, no perdió el viaje, pues de esa experiencia hizo un texto que quiero compartir con mis lectores, dada su importancia, el mérito y el grandísimo significado y aporte que él, desde su mirada, le hace a la realidad colombiana y al verdadero cine que debemos hacer en este país lleno de mentiras.

Dice Gabriel: “Recuerdo una tarde recién empezado el año 2008 al visitar el taller del escultor Juan Salazar Sierra, en Pereira, su saludo, una especie de reclamo proverbial por conversaciones ya añejas donde le repetía embriagado la querencia de realizar una obra artística de denuncia social ante tanta muerte que vi desde niño avanzar por la orilla del río Cauca; me increpó: “Gabo, ¿qué hay de tus magdalenas?”…inmediatamente vi la luz en la oscuridad de mis divagaciones y le respondí que me acababa de insinuar el título para la obra: “Magdalenas por el Cauca”.

12 años después, realizada la obra, de trasegar con su memoria por horizontes que nunca imaginé, de mirar a los ojos a las Magdalenas vivas de este país y acompañarlas en la búsqueda de sus familiares desaparecidos, piel a piel, mano con mano,  re-significando el lenguaje del arte y compartiendo una voz y un tono diferente y contundente al reclamo de las víctimas de nuestro conflicto armado; de amar el río Cauca  y  como recientemente lo dijimos en un texto escrito por Yorlady Ruiz López en el seminario “Experiencias estéticas Arte y Cultura en la paz y la justicia transicional» convocado por la JEP, la Universidad Nacional y la Corporación Colombiana de Teatro.. “juntos y con las voces de los rivereños nos hemos dejado llevar por el cauce del río, lo hemos oído en su lamento, hemos sido testigos de las quebradas que se extinguieron, de los peces muertos, de los cuerpos solitarios que se acunaron en su fondo, de los cuerpos que salieron a flote para no ocultar la vergüenza de una muerte violenta. No se trata de “poner a hablar un río” se trata de que humanamente lo aprendamos a escuchar, recuerdo una vez a Don Jesús Antonio Franco que en la orilla de la vereda Beltrán nos decía: “desde que Ustedes trajeron las balsitas ese río se calmó esas almas descansan y no molestan tanto”.  No se trata de “poner a hablar un río” se trata de sentirlo, de comprender la sed de tierra y de cultivos que han disminuido el cauce, del odio del veneno que los ha contaminado.

Este marzo de 2020 dos películas colombianas se encontraron en competición en el Festival internacional de Cine de Cartagena, el largometraje “Tantas Almas” del director colombo-belga Nicolás Rincón Gille, filmado en el río Magdalena al sur de Bolívar y el cortometraje “El Remanso”, del pereirano Sebastián Valencia Muñoz, filmado en el río Cauca, en Marsella (Risaralda). En ambas películas existe una cierta veladura intrínseca que los directores han querido reconocer en Magdalenas por el Cauca, invitándome a participar de ambas filmaciones: en el largometraje como figurante y en el corto como director de arte.

Quisiera recordar en este texto la historia que me contó don Jesús Antonio Lozano en el año 2010 en Trujillo (Valle), mientras pintábamos el retrato de su hermano Agustín para una de las obras de Magdalenas por el Cauca que acompañaría la X Peregrinación de AFAVIT y que por primera vez peregrinaban al río Cauca: “Mi hermano era ebanista en el pueblo y junto a 5 más, el 2 de abril de 1990, fueron desaparecidos forzadamente, torturados, destrozados y en costales arrojados al río cerca de Tuluá. En ese entonces yo me encontraba recogiendo café y mi padre me llamó para que lo acompañara a buscar los restos de Agustín, juntos con la ayuda de la Defensa Civil de Trujillo  recorrimos la orilla del Cauca a pie y en ocasiones en canoa, preguntando por mi hermano, nadie daba razón ni de él ni de sus compañeros, después de varios días llegamos a un sitio que se llama Beltrán, donde nos dijeron que  sacaban muchos muertos de los que llevaba el río, pero nuestra búsqueda fue infructuosa, desconsolados regresamos a Trujillo, donde mi madre Ignacia nos esperaba a los tres… desde ese día mi madre acostumbró  servirle siempre la comida a Agustín y cuando terminábamos de almorzar, de repente mi madre se paraba del comedor y se paraba en la puerta a poner cuidado a ver si volvía mi hermano, por la noche era igual: se acostaba un ratico y volvía y se paraba a asomarse a ver si llegaba. Mi padre volvió un par de veces más a Beltrán, incluso a un cementerio en Marsella y nunca lo encontró. Mi madre murió de pena moral a la edad de 64 años, casi un año después de la ausencia de Agustín, el 15 de enero de 1991, la agonía de mi padre fue mayor, murió en el año 2007 a sus 92 años, siempre pensando en dónde estaría su hijo”.

Historia dura, de las tantas que he escuchado en más de una década recorriendo a Colombia y la traigo a la memoria porque siento que en las dos películas aparecen algunos gestos y coincidencias con este relato.

Rincón Gille en 2009 se encontró con un testimonio en su viaje documental con los “Abrazos del río” de un pescador que busca a sus dos hijos por el río Magdalena y los encuentra, tiempo después el pescador muere de esa enfermedad llamada locura. En este mismo viaje conoce a la señora María Inés Mejía, una señora que a partir de 1992 en Beltrán, por iniciativa propia y humanitarian, comenzó a rescatar cuerpos del río Cauca, cuerpos que como el de Agustín Lozano en abril de 1990, quizá pasó por Beltrán y muy probablemente doña Inés lo hubiera rescatado. Respecto a ella Nicolás escribe: “Conocí a María Inés Mejía mientras rodaba «Los abrazos del rio«, gracias a Gabriel Posada y Yorlady Ruiz. Me hizo tanto bien saber que en medio del terror y del miedo, había personas que de manera muy concreta se ocupaban del dolor de los demás y le ayudaban a recuperar sus restos. Ella tiene un cuaderno valiosísimo en el que están referenciados centenares de cuerpos que bajaban por el río Cauca para poder ayudar a su identificación. Es un cuaderno que debería de ser conservado por un Museo que de verdad respite nuestra Memoria. Su coraje e integridad deben hacernos encontrar un adjetivo que miles de mujeres se merecen en Colombia. Me refiero al equivalente de «hombría», que en realidad se vuelve antónimo, y es pieza fundamental de vida y resistencia. Nunca pude incluirla en «Los abrazos del rio» y estoy muy contento de poderle haber dado el rol que se merece en «Tantas almas».

La crudeza de nuestro conflicto sangriento y demencial, la viví  una vez más en abril de 2009, junto a Nicolás y Vincent Nouaille (sonidista de los “Abrazos del río”) cuando nos encontrábamos esperando en el puente Anacaro en Cartago a que pasara la balsa con una Magdalena para filmarla y antes de su paso, Nicolás quiso hacer unas tomas de apoyo con gallinazos sobre el río y efectivamente hizo la toma, pero por su lente paso un cadáver con gallinazos encima… ante el estupor, la tristeza y la angustia  llamamos al 1 2 3 de la policía del Valle del Cauca a reportar lo visto, agradecieron la llamada y que “inmediatamente” coordinaban su búsqueda, estuvimos más de ocho horas en el río entre Cartago y la Virginia y nunca llegó “autoridad” alguna en busca de la persona que bajó por el río, ni siquiera durante el mes que estuvo Nicolás en el país le indagaron su llamada. El plano filmado nunca se consideró incluirlo dentro del documental por respeto a las víctimas y no hacer eco del mensaje que buscan los perpetradores del horror con estas prácticas infames.

En el Festival de Cartagena de este año, “Tantas Almas” pretendía participar en la sección “Ficciones de aquí”, junto a cuatro películas más: “Una Madre” de Diógenes Cuevas, “Salvador” de César Heredia Cruz, “La Frontera” de David David y “Lavaperros” de Carlos Moreno, donde se destaca la actuación del actor pereirano Jhon Alex Toro.

“Tantas Almas”  deberá estrenarse muy pronto a nivel nacional en los teatros de Cine Colombia, cuando ese maldito virus nos lo permita, con una enorme expectativa de su director.

Su realizador ha dicho: “Lo que espero de “Tantas Almas” es poder debatir no desde la ideología,  sino desde lo que significa sobrevivir a este conflicto”.

                                  EL REMANSO.

La orilla del río Cauca en la vereda Beltrán en Marsella, sus habitantes la llaman el manso, y desde hace décadas principalmente en la prensa amarillista y judicial se le conoce como El Remanso de Beltrán, allí encalla la gran mayoría de lo que por su cauce baja, incluyendo seres humanos ahogados o asesinados. El Remanso de Beltrán ha vivido una de las épocas más crueles de nuestra contemporaneidad: ser depositario de la violencia del Valle del Cauca en diferentes épocas y circunstancias, sus pobladores cuentan con la triste memoria especialmente la de los años 90 donde miles de cuerpos pasaron por su vista y cientos fueron rescatados en su orilla.

En los años 90, el tío del cinematografista Sebastián Valencia Muñoz vivió en Beltrán, hombre errante de la region, cuidador recio de fincas y ganado, don Arnoldo Muñoz, contador excepcional de sus propias historias, ha tenido en los oídos de su sobrino un guardador excepcional de sus recuerdos y aventuras, una de las cuales le ha inspirado para llevarla al cine en un cortometraje llamado El Remanso y filmado en su totalidad en Marsella (Risaralda), realizado gracias al Premio para el Desarrollo Cinematográfico del fondo mixto del Ministerio de Cultura 2017, donde sus protagonistas son actores naturales de la región y que pretendía competir en la sección Cortos de Aquí del Festival de este año, junto a “Cuando el viento sopla” de Manuel Ponce de León, “El último Molinero” de Juan Baquero – Felipe Macia, “La mirada desnuda” de Santiago Giraldo Arboleda y “Vida de un rey” de Rodrigo Dimaté.

Coincidencias:

Nicolás Rincón estuvo en Pereira presentando su documental “Noche Herida” en agosto de 2017 y aprovechó su estancia para realizar algunos castings en Marsella y Beltrán para “Tantas Almas” , donde doña María Inés Mejía fue escogida junto a un pescador de Beltrán y quien escribe este texto.

Sebastián Muñoz ganó ese 2017 por segundo año consecutivo el premio del Fondo Cinematográfico para realizar el corto “El Remanso”, donde también hizo casting en Marsella y Beltrán, escogiendo a cuatro actores no profesionales, 3 de Beltrán y uno del Alto Cauca en Marsella, entre los 3 de Beltrán, el pescador era el mismo que Nicolás había tenido en cuenta para su película. Finalizando el año 2017,  fui con el pescador hasta Honda a un segundo casting, ya con roles definidos de personajes, allí el pescador desistió de hacer el papel que le habían asignado. Helder de Jesús Carmona, el pescador, finalmente aceptó ser Arnoldo, el personaje principal de “El Remanso”, quien ya había sido filmado por Wilmer Soto para el documental “327 huellas del olvido”. Helder de Jesús fue la primera persona que nos recibió en el Manso, cuando Magdalenas por el Cauca era apenas una idea en el papel y este año nos emocionamos al reencontrarnos con él en el 60 Festival Internacional de Cine de Cartagena, junto a su hijo Helder, la joven Jessica Dayana Grisales y la señora Martha Isabel Álvarez.

“El Remanso” (Colombia, 19 minutos, año 2020)

Sinopsis:

Huyendo de una muerte segura, Arnoldo, su mujer embarazada y los dos hijos de ella, llegan a instalarse en una finca aislada y semiderruida, pero huir de la violencia parece imposible.

El remanso es un contundente relato sobre cómo el ser humano es capaz de asumir la cotidianeidad de la Guerra, de una manera tan fría y pasmosa, que resulta escalofriante”.

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