Claroscuros de un patriarca

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Foto Noticias Cartago

Por: Juan Antonio Ruiz Romero

La última vez que me encontré con Carlos Enrique Soto, llevaba de la mano a su nieta y sonreía. Era un abuelo satisfecho, pero un hombre sin poder. Una paradoja en alguien que llegó a ser el más influyente barón electoral de Risaralda en las últimas dos décadas.

Hizo su carrera política a pulso, con su propio esfuerzo. Tal vez por ello esa actitud retadora y arrogante. Cada logro era un paso más para poner distancia con su origen humilde y las carencias de sus primeros años.

Es cierto que Soto construyó a su imagen y semejanza una generación de funcionarios. Algunos, como el actual secretario de Hacienda del departamento Jorge Alexis Mejía, son profesionales idóneos y respetuosos con el manejo de los recursos del estado. Otros, solo aprovecharon su designación en un cargo para enriquecerse y perderse del radar ciudadano.

Desde mucho antes de que fuera una obligación, Soto presentaba periódicamente ante la sociedad y los medios de comunicación la rendición de cuentas de sus gestiones como congresista.

También fue pionero de una estrategia que, por desgracia, hizo carrera en la administración pública. Se trataba de conseguirle un puesto o un contrato con el gobierno al periodista que le ayudaba con los informes de prensa de su directorio. Con ello le generaba un ingreso al comunicador social, pero le exigía como reciprocidad trabajar gratis para él -tanto durante la campaña electoral- como en el tiempo posterior. Hoy, esa costumbre se volvió “norma” en los despachos públicos, en donde con dineros de los contribuyentes se pagan los salarios de los equipos de comunicación y redes sociales de los aspirantes a cargos de elección popular de la cuerda de los mandatarios. Y si alguna persona se queja de que la pongan a trabajar gratis en una campaña, arriesga la continuidad de su contrato.

En su momento de mayor esplendor, con alcalde y gobernador amigos, Soto montó un poderoso esquema burocrático y de contratación, del cual se beneficiaba política y económicamente. Quién quisiera formar parte de esa exclusiva estructura debía pagar por ese derecho. 

Ante la negativa de numerosos profesionales que prefirieron quedarse sin un contrato que pagar por el mismo, Soto recurrió  a la “importación” de contratistas de otras regiones para licitaciones y adjudicaciones directas. Conocido es que, por ejemplo, surtido el proceso legal de cualquier contrato en la alcaldía de Pereira, entre 2008 y 2015, el beneficiario recibía una amistosa llamada para recordarle con qué empresa de seguros debía suscribir las pólizas correspondientes.

Caso especial merece, la actitud complaciente y permisiva de sucesivos secretarios de gobierno de Pereira, vinculados a la Casa de la Democracia, que escudados en el uso del suelo múltiple, permitieron que el hijo del entonces senador se convirtiera en reconocido empresario nocturno de varios negocios en la Avenida Circunvalar, sin importar que ello fuera a costa de la tranquilidad de los vecinos del sector. Ni veedurías ni derechos de petición sirvieron. Eso sí, en el segundo semestre de 2015, cuando se intuía que el reinado de Soto terminaría, su hijo se retiró hábilmente de las sociedades comerciales de las que formó parte.

Carlos Enrique Soto sabía que la política genera amores y odios. Por ello, sin la investidura de senador y ante las traiciones y los débiles liderazgos en su partido, optó por el amor y apostó por su hija Andrea todo el capital político que le quedaba y volvió a perder.

Los contrastes de la vida. Aquel recio patriarca y fundador de la Casa de la Democracia, el Nuevo Partido y el Partido de la U en Risaralda; amo y señor de la política local durante varias décadas y poder en la sombra, tuvo poco tiempo para ejercer la investidura de abuelo, que solo la muerte pudo quitarle.

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