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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadCuando el fútbol, era en la calle

Cuando el fútbol, era en la calle

CONTRACRÍTICA: Con Humor, Amor y Ardor

Para nadie es un secreto que la vida del futbolista de hoy está llena de lujos y excentricidades, basta con que juegue unos pocos partidos en primera división, y ya cambia el estrato, ropa de marca, auto de alta gama, y un mercado de especuladores ofertándolo hasta en los equipos de sonido.

Hoy, los niños que tienen alguna aptitud, como hacer la 31 con los dos pies y la cabecita, dejan de ser niños, son enjaulados por leyes internacionales para que poderosos empresarios les pongan el rótulo de “Intransferible” en un gran equipo famoso, o sus papás deambulen de cancha en cancha pidiéndole a los entrenadores una oportunidad para el nuevo genio del fútbol universal.

Soy de la generación en la que el fútbol se jugaba en la calle, los arcos eran dos piedras que se distanciaban cuatro medidas de zapato del más grande del grupo, no había convocatoria, todos llegábamos a la tienda de la esquina, casi siempre el más tronquillo era el primero en llegar y siempre, iba la fija, porque, era el que llevaba la pelota, eso sí era democracia.

Eran los tiempos de “Maravilla” Gamboa en el Once Caldas, El “charro” Moreno en el “medallo”, “Turrón” Álvarez en el Nacional, Alejandro Brand en Millonarios y en el Pereira asomaba el mejor “callejero” de la historia, Jairo Arboleda; La escuela de ellos y, de muchos más, fue la calle, la cancha de dos piedras, la de los partidos que empezaban a la 1pm y terminaban cuando ya no había luz, que no tenían árbitro, que tenía justicia en equidad, porque los dos mejores de la cuadra no podían estar en el mismo equipo. Ellos, inclusive, eran los responsables de “Picar” la recocha; esa era la idea de igualdad que nos enseñaban en la casa.

El más gordito era el portero que, no podía coger la pelota con las manos, solo poner su voluminosa panza entre las dos piedras y no dejar pasar la pelota, de ahí en adelante era habilidad, malicia, velocidad y resistencia; desde “La camisa al primer gol” (Así eran los uniformes, los con camisa y los sin camisa), hasta el que “Gana el que haga el último gol”; No importa que esa vaina fuese 20 – 14; la pelota no paraba nunca, no había saque de banda, y el que la pateaba lejos, tenía que ir por ella; solo valía el gol a ras de piso, y si había dudas por la altura del disparo, la sentencia era Gol ó penal.-  Un código de honor era que todos paraban cuando alguien salía llorando por un golpe en la disputa por la pelota, ó si al rodar por el pavimento dejaba su piel en la cancha.

Por aquellos días del fútbol de calle, algunos vecinos se molestaban porque algún defensor desmesurado reventaba la pelota contra las ventanas del vecindario, cuyos vidrios se volvían “chicuca”, y para evitar pleitos, mi abuelo, asomaba la cabeza por el balcón gritándole a doña Berta : “Tranquila vecina, yo le pago esa bobada, deje que los muchachos se diviertan”; y enseguida, el siguiente gol, se lo dedicábamos todos al viejo que, siempre nos mostraba la mejor de sus sonrisas, éramos muy felices.

Eran los inicio de los 70, la magia de la radio tenía el encanto descriptivo de Carlos Arturo Rueda, Pastor Londoño, Armando Moncada, y surgía el colosal e hipnótico vocabulario  de Javier Giraldo Neira; algunos de los chicos que no entraban en el “cotejo”, se sentaban en el andén, en la esquina de don Toribio, imitaban a los grandes locutores, y poniéndole a los “jugadores callejeros” los nombres de los ídolos de la época, narraban los inolvidables clásicos imaginarios: “La lleva Lobatón, se la pasa a chorizo Velásquez, y ahí está Camerini, no fue gol, .. el partido sigue, atención, la lleva el pollo, saca uno, saca otro, nadie se la quita   gol  y gol y goooool del pollo”; y con eso, el curioso relator, se ganaba la gaseosa  en la tienda, que se la apuntaban al “pollo”;  También era responsabilidad de los espontáneos narradores, hacer parar el juego cuando venía una señora, un niño, un carro  ooooo, la policía… porque también nos echaban la policía.

Ese bello paisaje ha ido desapareciendo, desde antes de la pandemia, fue desapareciendo el bullicio de los muchachos sudorosos sin camisa, disputando esa final imaginaria, ese roce de tenis frenando en la arenilla de la calle, el “taponazo” en la ventana, el regaño de la vecina  “mala leche”, “Si le vuelven a pegar a la puerta leeess eeechooooo la policía”,  ó el inesperado llamado de la mamá de los jugadores  “OSSSSSSSCAAAAAARRRRR   Y CAAAARRRRLLOOOSSSSS    SEEEE  EEENTRTAAANNNN YAAAAAA”; ESO, eso sí era música.

Claro que me volví viejo, ya los fines de semana en el barrio son aburridos, en la calle no hay muchachos jugando a ser como Ronaldo ó Mesi ó Díaz; si acaso, los tienen incluidos en sus dispositivos electrónicos; y aunque suene estúpido, sueño en silencio con los días cuando mis hijos “acababan” los zapatos del colegio jugando a la pelota,  reventándola contra la ventana de “Aurita”, una respetable anciana, quien siempre  que sonaban los primeros rebotes de la pelota, asomaba su cabeza por la ventana diciéndoles a los muchachos: “Les voy a echar la policía Jediondos de los infiernos”.   ¡SNIFF!

5 COMENTARIOS

  1. Muy bien retratado el tiempo de nuestra niñez, solo le faltó contar las frescas que se armaban por negarnosnun.gol o darnos un golpe malintencionado al que llamábamos «garrazo» , quien nos quería partir un tobillo era un «garrero», tiempos maravillosos de cometa, trompo, yo-yo y en las calles del sector la isla del barrio Bosto, los juegos de quemado con las niñas vecinas y los campeonatos de Bádminton cómo mis hermanos y amigos y amigas.

  2. Este mamerto escribe muy bueno, se vuelve fastidiosos cuando se le sale el guerrillero que lleva por dentro, los goditos como yo sabemos reconocer cuando hay calidad, .. yo también jugué futbol en la calle….

  3. Como nos cambia la vida, quién no haya vivido lo que narras jamás entenderá el verdadero sentido del fútbol y no lo que hoy dónde es un negocio y no una diversión para muchos, esa pelota era diferente y podría ser algo redondo y que rodara entre las calles polvorientas,

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