¿Cuánto vale un plátano?

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Por: Luis García Quiroga

Tengo un vecino agricultor que cuando llega de la finca en tierras del Quindío, trae huevos, plátanos, bananos, naranjas y mandarinas y le compramos complacidos.

Los plátanos son enormes y me recuerdan mis días de infancia cuando mi padrino iba desde Pereira a donde estuviera mi familia gitana de padre andariego y me traía a pasar vacaciones.

De esos días que anunciaban la revolucionaria década de los sesenta, aún tengo en el chip las imágenes de la carretera destapada (sin pavimentar en grandes tramos) del ascenso a La Línea y luego la bajada a Calarcá bordeando abismos suicidas que ahora con el túnel, serán apenas un registro de historias como ésta, con una diferencia: el entorno ambiental.

Comprendiendo esto, es fácil decir que una cosa es el precio y otra el valor de las cosas, algo que nuestra torpe clase dirigente solo apreciará cuando la zona urbana de Pereira se tome las mejores tierras rurales y cultivables de la periferia, como sabemos que ya lo están tramitando para meterle goles al POT y a la protección del medio ambiente, cada vez más deteriorado sin que nadie haga nada decisivo para evitarlo.

Ojalá esos compradores de tierra y los concejales que deciden, recuerden la carta del jefe Seatle según la cual “La tierra no es nuestra, sino prestada por nuestros hijos” … “Y que cuando la sangre de tus venas retorne al mar y el polvo de tus huesos vuelva al suelo, quizás recuerdes que esta tierra no te pertenece a ti, sino que tú, perteneces a esta tierra.

Tengo memoria fotográfica heredada de mi madre; y de mi padre, el gusto por las historias, por lo que le dije a César -mi vecino- que viendo semejantes platanotes (tan grandes y vigorosos como un brazo) ponía en retrospectiva mi niñez, cuando en las orillas de las carreteras de lo que hoy es Quindío y Risaralda, los cafetales arábigos que requerían buena sombra, se mezclaban con el cultivo de plataneras cuyos racimos exuberantes se asomaban a la carretera a ver pasar los carros. Los viejos camioneros también recuerdan que, sin riesgo alguno, machete en mano cortaban uno o dos racimos que amarraban al bomper delantero.

En los setenta vino la bonanza cafetera. La tala de árboles trajo consigo la sequía de las quebradas y el arábigo fue sustituido por arbustos que no requerían sombrío, lo que generó la destorcida de los cultivos de pan coger, de la huerta donde mientras llegaba la cosecha cafetera, los finqueros tenían algunas vacas, gallinas, platanito, yuca, banano, naranjas, mangos y la gente pasaba y ellos vendían o regalaban frutos y verduras porque había abundancia y las cosechas eran feraces. Eran. Hoy nos parece normal un campesino de regreso a su parcela llevando una caja de pollo asado.

Si el lector ha probado el banano del Urabá y lo compara con el de nuestras tierras (cada vez más convertidas en fincas de pasto y de recreación) podrá compartir conmigo en que la palatividad es la diferencia. Nuestro banano tiene un sabor que deleita. En Altagracia, un plátano maduro asado y queso, es cariño pereirano. Aún.

Terminé mi tertulia con mi vecino coincidiendo con él, sobre el abandono del Estado a los agricultores de tierras de minifundios y microfundios como las nuestras, que si tuvieran una política agraria seria y sostenible en el tiempo, tendríamos garantizada la seguridad alimentaria y no tendríamos que consumir a elevados costos, los productos agrícolas de la mesa familiar traídos desde la sabana cundiboyacense.

Es una historia triste de abandono, pero si quieren saber cómo estamos en política agrícola, denle una miradita así por encima al presupuesto que las últimas administraciones municipales le han dado al sector agrícola.

Es tan pobre y tan despistada nuestra política agraria regional y local, que el Plan de Desarrollo Departamental tiene nueve nodos de ciencia, innovación y tecnología y uno de ellos es la agroindustria. El ciudadano español-pereirano José María Martín quien conoce el proceso agrícola de Almería que abastece a Europa; (30 mil hectáreas de invernaderos de alta tecnología en el desierto del sur español donde se filmaron los western americanos) me dice que no entiende cómo se puede hacer agroindustria sin agricultura.

Ayer domingo le pregunté a Julio César Gómez, director de Carder: ¿En qué medida Carder tiene responsabilidades con la seguridad alimentaria? Respuesta: “El Estado colombiano solo trabaja para la agroindustria y esta política no resuelve el problema de la seguridad alimentaria. Agroindustria: Biomasa”.

Ojalá más temprano que tarde podamos entender el verdadero valor de un plátano…    ¡y de la tierra!

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