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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadDe la soledad y otros demonios

De la soledad y otros demonios

Si se nos preguntara en estos momentos sobre el flajelo más aventajado y virulento y nos atrevieramos a clasificar de mayor a menor todos los grandes males nacidos de la mente y sus trastornos emocionales que causan estragos en nuestras sociedades, la lista sería casi que interminable y quizás nunca llegaríamos a ningún acierto, aunque las estadísticas que se especializan para profundizar en estos casos digan lo contrario. Inmediatamente saldría a la palestra el tema del hambre en el mundo y una gran mayoría de participantes u opinantes aplicarían un clip o firmarían al pie el respectivo cuestionario.

Pero el hambre, por ejemplo, se puede apaciguar o abastecer al menos. Otros hablarían de la violencia que puede arrastrar al crimen y a toda su variedad de delitos, por los siglos controlados y castigados en todas partes del globo terráqueo. Se discute incluso sobre uno de los fenómenos más catastróficos a los que nos ha llevado el hombre y sus ambiciones, que es ni más ni menos la contaminación ecológica sobre la tierra. Ahí se queman sus juicios las grandes organizaciones del mundo como la ONU, más otras tantas del orden continental. Pero siendo un poco más objetivos, pienso yo, hay una situación que arrastra mucho dolor (emocional) escondido y bien camuflado, a veces inconsciente, algo que tiene inmensas ramificaciones insondables y que está hoy afectando considerablemente a la inmensa mayoría de los habitantes en el mundo, y es la temida soledad, aquella de la que tanto han escrito y polemizado  grandes  pensadores, maestros de la filosofía y la erudición. La que en algún momento de la vida se vuelve enfermiza y delicada en su tratamiento, pues al convertirse en una enfermedad, este diagnóstico requiere de mucha ciencia, de mucha intensidad en su cuidado y profesionalismo.

La soledad la sienten con simple desabrimiento en muchísimos casos los niños, cuando la presión de un hogar comienza a hacer estragos en su crecimiento y desarrollo personal. La padecen con sudor y lágrimas los adolescentes incomprendidos que se encierran en su mundo interior, o al contrario, se desconectan de éste para convertirse en un ser rebelde y enigmáticamente inseguro. La sufren aquellas parejas que luego de colapsar con su divorcio, se entregan al ensimismamiento en un ambiente de dos muebles y cuatro paredes. La lloran también cual terrible tragedia, los adultos mayores que han sido abandonados por sus familias, hijos y amigos.

En el contexto de sus magníficas charlas, la periodista e historiadora Diana Uribe nos ha impresionado al referirnos épocas pasadas, sobre pequeños pueblos de calles empedradas donde nunca pasa nada, donde se expande la soledad como un pequeño monstruo invisible y soterrado, que va poseyendo las almas de los viejos en los parques y las de las amas de casa y solteronas que ventaneando por entre chambranas y postigos, se dan el lujo de desatar la lengua como si ésta fuera su único mecanismo de defensa, murmurando las ocurrencias que alimentan el morbo en una sociedad pusilánime y pacata.

Pero quizás la más triste de las soledades sea aquella de la que tanto hablan muchos especialistas, como es la soledad en compañía, la cual a la luz de la razón no tendría sentido. Siendo una cruel realidad, la soledad en compañía suele ser algo así como una patología que invade todo el cuerpo del ser vivo y agobiado. El paciente clínico que en estos casos obligadamente tiene que serlo, se llena aparentemente de una satisfacción cuando está dentro de un colectivo en una iglesia, en una fiesta o en su propio hogar de numerosas almas: el vacío de sentirse solo y ese sentimiento de no poder llenarlo con nada, ni siquiera con una simple lágrima.

Hablan algunos teólogos sobre la soledad del Cristo y la de su madre María, llamada también, la Virgen de la Soledad. Algunos investigadores biógrafos hablan sobre la soledad de intensos líderes políticos, entre muchos como Fidel Castro y Adolfo Hitler, rodeados y aclamados por multitudes, pero en el fondo, sus enfermedades y carencias de amor y de afecto, les dieron una soledad que los azotó hasta el final de sus días.

Con algunas pequeñas diferencias, los artistas, poetas, escritores y  cantantes de todos los tiempos, han sufrido corrosivamente de soledad, metaforizada y entonada hasta con las aristas que resultan del creciente sufrimiento: Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión, frase que forma parte de una célebre canción mejicana grabada por el recordado José Alfredo Jiménez, que murió lamentablemente ahogando hasta el  último momento sus penas en el alcohol.

Directivo Sociedad de Escritores de Risaralda, SOER.

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