Seguimos sin aprender. La institucionalidad no garantiza la vida de la población. La narrativa de los desastres naturales se impone. La prevención solo es un enunciado. La historia de los desastres seguirá su curso sin compasión. Escasamente el gobierno es reactivo y los golpes de pecho abundan. La Esneda y Pueblo Rico, son dos ejemplos más que se suman a otros tantos.
La llamada gestión del riesgo aún no tiene los suficientes “dientes” como para evitar más y más muertes. Centros poblados y pasajeros en carreteables, hacen parte de un mapa que ya es paisaje. La vida importa muy poco. Lo peor: las autoridades, luego del saldo de victimas, salen a decir qué era lo que había que hacer pero no lo hicieron.
En el caso de Pueblo Rico, una de mis fuentes me dijo que un campesino de la zona se levantó muy temprano esa mañana y templó un toldo a la orilla de la carretera para alertar a los conductores. Les advirtió que no pasaran por el sitio donde ocurrió la remoción en masa. Dos busetas pasaron avisadas. La tercera no lo logró. El saldo de víctimas ya lo conocemos.
Estos eventos se repiten y repiten por doquier. Cuando no es en Antioquia, es en Boyacá, Cauca o Nariño. No es el azar de la vida, ni mucho menos la mala suerte o peor aún “mi Diosito los llamó…”. Las investigaciones exahustivas también perecen en el lodo del olvido y la inercia judicial. Aún estamos lejos de prevenir estas muertes. No existe un sistema de alertas, como el del señor del toldo, que esté monitoreando las vías. Si en este caso el Estado se para firme hubiese permitido salvar vidas.
La solución tampoco es sembrar árboles, como alguna funcionaria del gobierno dijo en su cuenta de twiter, sin conocer el contexto donde ocurrió el hecho. O la versión del funcionario oportunista que sale a decir a los medios que “no transiten de noche por esas carreteras”. Es una torre de babel donde el sistema hace las veces de antisistema.
Más allá del saldo de víctimas y el luto que embarga a las familias de los compatriotas del Chocó, o la reparación prometida, el problema es de mucho más fondo. No hay claridad ni existe una política que permita salvar vidas en circunstancias cada vez más críticas, ambiental y geologicamente hablando, en las carreteras que muerden el relieve montañoso.
¿Qué hace Invias? ¿Qué hace la Policía de Tránsito y Transporte? ¿Qué aportan las oficinas regionales y locales de gestión del riesgo? Es probable que el esquema “mental” de estas instituciones se haya quedado en la narrativa de la “ola invernal” y no en el de la crisis climática. Echarle la culpa al invierno de cuanta tragedia ocurre es lo más cómodo.
Mientras los arreglos institucionales fluyen y los gobiernos asumen plenamente su responsabilidad en la prevención, las tragedias seguirán su curso. Muy pronto lo sucedido en Pueblo Rico se olvidará. Y la historia se repetirá. Cuando la muerte se vuelve costumbre en un país asolado por ella, la vida se apaga hasta en el intento de evitarlas.
Profesor Asociado UTP
Twitter: @agendaciudadana / Facebook: Carlos Victoria
6 de Diciembre de 2022


