Derechos de papel en el gran papel

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Por: María José Amaya – EL OPINADERO JUNIOR.-

En nuestro semillero Gliglicos estamos profundamente interesados en conocer las causas de lo que llamamos la crisis ambiental. Contrario a lo que muchos pensaran en este momento, no, no se refiere solamente al medio ambiente sino también a la cultura, la crisis en la que nos vemos expuestos TODOS y cada uno de nosotros, en todos los ámbitos de nuestra vida personal, profesional y académica.

Reza en el Artículo 1° de la Constitución Política de 1991 que: “Colombia es un Estado Social de Derecho” lo que para muchos de hecho no quiere decir nada y ha pasado inadvertido como una lección más de Historia o Ciencias Sociales en las aulas de escuelas, colegios y a veces universidades.

 Lo cierto es que tiene un trasfondo mucho más importante e impactante; significa que a partir  “ahora” se garantizan los derechos fundamentales mediante los respectivos mecanismos de protección, tanto instituciones como formas jurídicas; se estableció como deber del Estado divulgar o poner en conocimiento de los ciudadanos a que tenían derecho,  como podían hacerlos valer por su propio medio y en caso de no poder hacerlo de forma personal, la forma correcta para recurrir a  las distintas entidades administrativas y judiciales que se encargarían de velar por el cumplimiento de los mismos o en el caso contrario de que hubieran sido vulnerados, se encargarían de guiar al ciudadano en su debido proceso personal con el debido apoyo amparado por la ley.

Han pasado casi 30 años desde que estrenamos la Constitución y no ha habido un solo día que los medios de comunicación no hablen sobre los terribles vejámenes que se toman unos pocos con poder, con armas, con intereses que nada tienen que ver con el ciudadano de a pie, para pasar sobre muchos que se han silenciado por miedo, o en su defecto han sido silenciados por balas.

Son contados aquellos que aún creen que de verdad existe ayuda para el más desamparado en nuestro sistema, se atreven a ir un poco más allá, para hacerse respetar, para hablar en voz alta sobre lo ocurrido, poniendo nombres propios, fechas y lugares, exponiendo los hechos ante  aquellos en los que ven un poco de luz al final del túnel, en los que ven una esperanza de justicia verdadera.

 En el camino de la ayuda se ven sometidos a distintos tropiezos por la mano oscura que desea dejar en la impunidad esta clase de situaciones, si el caso ha sonado lo suficiente podría atraer la atención de algún periodista local que buscará una sección de su medio para apoyar y compartir con muchos más colombianos esta historia, que dejaría de ser personal y pasaría a verse sometida el escarnio público, esta vez de muchos indolentes, inconscientes, indiferentes detrás de una pantalla en su sala de estar a la hora del almuerzo o de la comida, detrás de un periódico en una cafetería cualquiera, o como comentario zafado escuchando la radio.

Viven encerrados en su pequeña burbuja citadina, donde la vida es monótona y no se ven enfrentados más que a la delincuencia común,  se la pasan solo de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, pensando en ese camino, que es irreverente, siquiera imaginar que alguien pueda ser tan malvado y llegar a tales extremos de profanar la vida de otro, por lo general argumentando desde su posición, que son mentiras para llamar la atención y obtener cualquier beneficio del estado.

No, quien denuncia no lo hace porque quiera plata o porque espere algo a cambio; el dinero sigue siendo algo banal y sin sentido cuando te han robado algo intangible como tus sentimientos, tu honra y tu nombre, cuando han perturbado tu paz y tranquilidad, lo único que te devolverá parcialmente la calma será una justicia rápida y bien aplicada.

Es triste enfrentarse con la realidad, de que aunque estas instituciones con personal excepcional, bien capacitado y con toda la motivación para ayudar, hagan todo el proceso al pie de la letra, no sean escuchados ni se les preste la atención necesaria hasta que es demasiado tarde y lo anunciado se vuelve el titular de la primera página de los periódicos con más renombre y el noticiario de medio día

Para muestra un botón, tenemos lo sucedido en el pasado mes de agosto,  tuvimos la lupa de todas las naciones sobre nosotros y no, no fue por nuestra comida, no fue por nuestros deportistas ni por los talentosos artistas que tenemos y por un momento el Covid tampoco fue lo más sonado; fuimos noticia por las distintas masacres perpetradas por los diversos grupos criminales armados, en las zonas más vulnerables y remotas de nuestra geografía, consideradas por el mismo Estado como zonas rojas, donde pareciera que no hay  Dios y por supuesto tampoco ley.

Masacres que fueron anunciadas y a las que no se les prestó la suficiente atención, solo hasta ver los ciudadanos indignados plantarse en las alcaldías, en las gobernaciones, frente a los comandos de policía, en las distintas redes sociales con los videos en llanto reflejando su dolor e impotencia ejerciendo su derecho a la protesta, exigiendo garantías, justicia y respuesta con ira, solo hasta ese momento se pusieron “las pilas” para dar resultados.

Resultados como chivos expiatorios que por supuesto no han convencido, no le han devuelto la calma a nadie y  solo han logrado que crezca aún más la zozobra y la ansiedad, esa misma ira e impaciencia sigue creciendo cada día y como resultado luego de la gota verde oliva que colmó la copa, vemos las distintas manifestaciones, protestas y revueltas públicas de los últimos días, demostrando una vez más que en este país los derechos se quedan solo en lo escrito, que las instituciones no tienen poder y el Estado aunque lo tenga como deber, no se aproxima ni un poco a garantizar lo mínimo para nosotros;  para obtener un cambio, para obtener verdaderos resultados, debemos presionar, recurrir a las vías de hecho, las únicas que de hecho han funcionado o, por lo menos, han movido un titular de prensa para hacerlas visibles.

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