Egoísmo e indiferencia motor de la desigualdad

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Por Juan Nicolás Gaviria B.

Dos caras de la misma moneda. Sinónimos si se quiere, para explicar lo que en nuestro país sucede en términos de desigualdad y exclusión social. Hoy les quiero contar la historia que yo viví. 

Corría el año 1999, recientemente Pereira había vivido, y por segunda vez en mis escasos 15 años, un fuerte movimiento de tierra; lo que no sabía era que pondría en movimiento también, lo que supondría una aventura por caminos que me llevarían a conocer la realidad social de nuestro país. 

Cursaba noveno grado en un colegio privado de la ciudad, colegio de gran reputación incluso hoy día. En honor a la verdad debo decir que no era un estudiante ejemplar, ni uno promedio, era más bien un caso particular. Después, a mis 30 años me enteraría que podría haber padecido un TDHA (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad), lo cual explicaría todo. 

Pues bien era noviembre y estábamos a punto de culminar el año académico, un día una profesora que recuerdo con cariño inocentemente me consultó, “¿Juan, tú por qué aún estás en el colegio? Esas palabras me dejaron frío, como quien sabe que la debe. A esto respondí, con la arrogancia que da la adolescencia; que no tenía idea, que no sabia de que me hablaba.

Lo que en efecto no sabía, era que el colegio en cabeza de la asociación de padres de familia, me había vuelto “objetivo militar”, a mí y otros cinco chicos. Sin embargo, los motivos eran variados, pero todos compartimos algo en común, éramos diferentes, no encajamos en el modelo que el colegio esperaba de su comunidad y querían marcar un precedente.

Por esos días en la década del 90, Colombia vivía una fuerte crisis económica, crisis a la cual pocos fueron ajenos y mi familia no fue la excepción. Motivo de esta crisis mi madre tuvo que emigrar a Europa, dejándome a cargo de mi abuela. 

Hasta ahí todo normal. Pero mi inocente humanidad que seguía sin entender cómo operaban los egos y odios de los adultos, tambien desconocía los motivos ocultos que habían marcado mi destino. 

Resulta que las directivas de la asociación de padres sabían del viaje de mi madre, y habían convenido dilatar mi expulsión hasta tanto ella no estuviera lejos, y por ende yo indefenso ante el establecimiento. Pero los detalles de eso me fueron revelados después.

Y efecto así fue. Mi madre viajó un sábado si mal no recuerdo, el lunes siguiente me convocaron a la oficina del nuevo y reluciente Rector. Un trayecto largo desde mi salón hasta el patíbulo, por supuesto me hicieron esperar, el nudo aún no estaban hecho. Una espera que recuerdo transcurrir como años. 

Pasados unos eternos minutos, el Rector me atendió. Escueta y velozmente; sin la presencia de testigo alguno o quien defendiera mis derechos y leyendo una lánguida hoja, me comunicó la sentencia, exponiendo brevemente los argumentos: “Cancelación de matrícula por acumulación de faltas graves”, fue lo único que dijo el verdugo.

Pues bien, aún sin aire en la cabeza esa frase me quedó sonando. Altivo y precoz, me dirigí inmediatamente a la oficina del director de bachillerato, con el fin de lograr una explicación más satisfactoria. La cual en efecto recibí y con creces. 

El director amablemente me explicó, no sin antes lamentar la decisión; que según el manual de convivencia del colegio, la acumulación de faltas graves podría ser motivo de expulsión y que yo en efecto tenía registro de varias. A lo cual por supuesto le solicité me relatara cuales eran esas faltas.

Pues bien eran 13, trece faltas graves las que este niñato y altivo muchachito había cometido. Faltas de una gravedad tan absoluta que no dejaban campo para el perdón: “No llevar los tenis blancos” y “ENTRAR tarde a clase”, ese era el prontuario que se me imputaba. No me quedó otra cosa que reírme.

Esa tarde llegué a mi casa, llamé a mi madre y le comuniqué lo sucedido. Su respuesta aún la recuerdo, “pues mijo, ese colegio en todo caso estaba muy caro, no se preocupe que colegios hay muchos”. Palabras que solo una madre puede ofrecer cuando sabe que no vale la pena dar la batalla.

Semanas después y en otro escenario. Un directivo del colegio me confesó que la demora en mi expulsión, obedecía a un malestar que una señora de ese comité de padres tenía contra de mi madre, por algún motivo no la tenía en buena estima y propuso no solo mi expulsión sino tambien dilatarla y así procurar un golpe más certero. 

Años después cuando le consulté a mi madre sobre su animosidad con esta mujer, me explicó que no tenía idea quien era la señora, ni que podría haberle hecho, pues ella procuraba mantenerse al margen de esas dinámicas del colegio.

Y así como me sucedió a mí, todos los días vemos casos a lo largo y ancho de nuestro país. Gestos egoístas e indiferentes que profundizan las brechas sociales. Ya sea de forma o de fondo, atentar contra el bienestar del otro usando argumentos carentes de objetividad, sólo pueden profundizar la brecha.

Sin embargo, hoy debo darle las gracias a esa persona quien por ego e indiferencia, instrumentalizó el establecimiento atentando contra mi derecho a la educación. Debo agradecerle, pues gracias a ese gesto pude conocer otra cara de una misma ciudad, me sacó de mi zona de confort. 

Me permitió conocer una ciudad que no se muestra tan amable como la que yo conocía, llena de matices en su mayoría obscuros, e historias que, como la mía se repetían a diario pero que no terminaban tan bien.

Finalmente, creo que el estado, o el gobierno de turno solo es responsable de la ejecución y administración de lo público, es el gestor de planes y programas sociales establecidos por otros, o promovidos por este, nada más. El estado no puede ser el único llamado a garantizar la igualdad social; procurar la igualdad social debe ser una forma de ver la vida y de actuar, debería ser un estilo de vida.

… Se me olvidaba. ¿Recuerdan que les hablé de otros cinco chicos? Pues bien, en efecto sus padres interpusieron tutela contra el colegio, y este tuvo que reintegrarlos y restablecer sus derechos educativos. Yo por supuesto no tuve quien tramitara la mía. 

1 COMENTARIO

  1. Humana anécdota. Siempre se observa en la cotidianeidad de las aulas….
    Siempre es una oportunidad para encontrar nuevos espacios, seres humanos que dejan ser.

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