El 13 de Noviembre de 1985, Armero, San Gil y yo

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POR JOSÉ DANILO SALAZAR

Todos los 13 de Noviembre son una fecha significativa para mí, la recuerdo fácilmente por ser el día de cumpleaños de mi hermano Gustavo, el segundo de los hijos de papá y mamá, el primero soy yo, el 13 de Noviembre de 1985 lo llevo en el recuerdo por los acontecimientos que llevaron a la destrucción de Armero.

Pero empecemos por el principio: en esos años yo vivía una vida apacible y sencilla en San Gil, dedicado a criar mis cuatro hijos, en los días previos a la  fecha aludida, en  una de las dos emisoras que existían en el municipio, se habían hecho una serie de denuncias sobre la contaminación que causaba la empresa local  de cementos, se decía, que no tenía buenos filtros y se estaban escapando a las atmósfera  cenizas que causaban contaminación y enfermedades respiratorias a los habitantes de la ciudad.

 Cuándo yo me levanté ese día 13, antes de bañarme para ir a laborar al colegio Guanentá, donde en esa fecha me correspondía hacer el examen final de dibujo técnico a los estudiantes a mi cargo, vi en el piso del patio de mi casa, una especie de arenita fina, en ese momento empezó a  caer una llovizna y sentí un olor fastidioso como de huevo tibio, inmediatamente mi esposa y yo relacionamos la arena  y el olor con la contaminación denunciada a través de la emisora.

Al llegar al colegio me encontré a la docente Cecilia Dueñas, con un ataque de estornudos, que ella  manejaba discretamente, le pregunté a que se debía el ataque y me contó que era alérgica al azufre, y cuando yo me reí de su alergia y le pregunté dónde estaba el azufre que la tenía así,  ella me preguntó si era que no sentía el olor en el aire, así supe que  ese era el olor a huevo tibio que  se sentía en el ambiente, al mirarme, ella me preguntó si esa mañana había oído noticias y cuando le contesté que no, me dijo bruscamente “por allá en su tierra estalló un volcán y dicen que arrasó con todo” esa  fue la primera noticia de esa tragedia, quedé como noqueado, pero ella no supo, o no quiso explicarme más; a las ocho a.m. se inició el examen, los estudiantes tenían el derecho a   tardar dos horas en contestar las preguntas,  tiempo que se me hizo eterno, pues estaba desesperado por llamar a mi casa en  Pereira, para indagar sobre lo que había ocurrido, en ese espacio de tiempo se me acercó y me saludó mi colega Nelson Marín, docente oriundo de Palestina, Caldas, quién de manera sibilina me soltó esta frase “llame a su casa, que por nuestra tierra la cosa está jodida”, al fin a las diez a. m. pude bajar del colegio  a Telecom a pedir la anhelada  llamada, mi mamá me contó que en Pereira no había pasado nada, pero que se decía que el Ruiz había a estallado y  acabado con medio mundo, que viera las noticias del medio día.

Efectivamente, en los noticieros del medio día empezaron a presentar imágenes terroríficas y a mostrar la devastación de Armero y luego, a lo largo de las semanas siguientes supimos de la magnitud de la destrucción que causó el estallido del volcán en Caldas, y norte del Tolima y vimos los sufrimientos de tantas persona humildes, y lo peor de toda ésta tragedia,  fue el drama de ver marchitarse, resignarse y morirse  a Omaira, sintiendo la impotencia de que nadie hiciera algo para salvarla.

Increíblemente en San Gil cayeron toneladas de cenizas  provenientes del Ruiz, siempre me ha intrigado como  los vientos en esa noche, pudieron llevar y depositar ese alud de cenizas, a varios cientos de kilómetros  del sitio de  la explosión, alguien puede creer que exagero, pero lo cierto es que durante varios días, cuadrillas de obreros cargaron muchas volquetadas de arena que recogieron a paladas de las calles, y luego tiraron al rio Fonce usando los carros de aseo del municipio, más aún, en las tardes los vientos que bajaban de las montañas que rodean al municipio, cargaban cenizas que  se nos metían a  los ojos y nos los irritaban, y en la puerta de hierro  del colegio Guanentá, el viento que silbaba en las tardes como siempre lo hace,  en estos días traía cenizas que nos hacían  arder los ojos , esa situación duró  entre dos y  tres semanas .

Para mayo de 1986, mi papá decidió visitarme en San Gil, avergonzado de saber que no eran tres o cuatro años, sino ya habían pasado más de  nueve años desde que me había ido a vivir allá, al llegar me contó  que había pasado por un pueblo llamado el Socorro, quería saber si era el pueblo famoso de los comuneros u otro cualquiera,  pude llevarlo a pasear a Curití, Barichara, el Socorro. Y por último a  Bucaramanga, en el viaje se maravilló de ver a Cepitá, allá abajo a la orilla del río y  admiró el hermoso espectáculo del cañón del Chicamocha.

En su  estadía,  mi papá vio el pequeño frasco lleno de cenizas que yo guardaba en mi biblioteca,  casi no me cree cuando le conté que eran del Ruiz,  me confesó, que  nunca  las había visto antes, me ofreció comprármelas, yo se las obsequié, él las conservó como un tesoro y las exhibió con orgullo, junto con las  arenas  de Irak, que mi sobrino Víctor trajo y le obsequió, luego de participar como soldado americano en la guerra del golfo para destronar a Hussein.

 Papá disfrutó mucho la semana de paseo en Santander y me felicito por tener un trabajo, que en su concepto era maravilloso, pues me permitía ganar amigos, cosa que el comprobó en Barichara, Curití y Bucaramanga, donde ex alumnos agradecidos nos invitaron  a comer o tomarnos unas cervezas, mi papá lamentaba que en su  trabajo de celador, solo ganara improperios, insultos y hasta apodos ofensivos, pero hiciera pocos amigos.

Hasta el año 1985, la ciudad de  Armero era desconocida para mí, a raíz de la tragedia pude leer que  el volcán nevado del Ruiz ya había hecho otras erupciones  y que habían quedado documentos escritos sobre las dos últimas:  una de ellas ocurrió en 1595 en la época colonial,  que relató Fray Pedro Simón, donde cuenta que los ríos lagunilla y Gualí se salieron de cauce y llegando sus aguas pantanosas al río Magdalena,  la otra ocurrió en 1845, en el segundo relato, se habla  de nuevo del desbordamiento del rio Lagunilla  que regó millones de toneladas de limo creando una pequeña llanura de gran fertilidad llamada cariñosamente “las vegas del lagunilla” , que quizá explique la fama de ciudad agrícola  que tenía Armero, de manera que por no conocer la historia, podríamos pensar que la ciudad estaba condenada a ser arrasada  en el caso de una nueva erupción, no aprovecharé éste escrito para fustigar  al presidente Duque por las actuaciones de su padre, como funcionario del gobierno de ese entonces, ni el padre paga lo que hace el hijo, ni el hijo responde por las actuaciones del padre, aun así repetiré las palabras del congresista caldense  Hernando Arango Monedero ,según el Q’hubo del 13 de noviembre del 2015, el citado señor, el 24 de Septiembre de 1985 dijo: “No quiero ser profeta de desgracias, pero los fenómenos que vienen sucediendo nos conducirán ya no a presagios sino a la catástrofe misma. Que no se diga que  no se advirtió al estado de cumplir con sus funciones a tiempo”.

En el tiempo del desastre de Armero recordé  que cuando era niño mi abuela materna,  nos entretenía contándonos vivazmente como había estallado antiguamente, el que ella llamaba “el león dormido”, decía que lanzaba piedras y arenas que salían incandescentes y que había causado una gran destrucción, nos decía que rezáramos para que el nevado no estallara de nuevo, pues según ella acabaría con todo, aunque la narración era espeluznante, pensaba que eran fábulas de mi abuela para asustarnos y hacernos rezar, luego comprobé que su narración tenía raíces históricas.

En el tiempo de la erupción del Ruiz, era estudiante de la Universidad Libre seccional Socorro, buscando licenciarme en Ciencias Sociales, por lo que en esos años de estudio no pude salir a vacaciones a visitar la familia, pensando en Armero y su tragedia recordé un dichos famoso, “si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, de manera triste pero poética imagine que la montaña había venido a buscarme.

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