El actor de teatro no se va, se queda en los corazones

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Juan Carlos Parra Sanabria

Es muy reconfortante saludar, compartir el bienestar y sonreír con la gente en las calles; esa es una de las cualidades de las regiones del país, es una costumbre que nos hace mucha falta, en este periodo de cuarentena, a todos los colombianos.

Mucho más dramática es la despedida; cuando una familia se despide de una visita en la puerta, se acuerda de más cosas, manda razones y saludes al resto de los amigos que no pudieron llegar a pasar la tarde; a veces las despedidas son más largas que la misma visita, pero qué difícil es no despedirse, mucho más cuando es para siempre.

En este periodo de encierro familiar, por los riesgos sanitarios a los que nos vemos sometidos los ciudadanos desde el mes de marzo, se ha vuelto costumbre que ya no podemos  despedirnos de aquellos conocidos que mueren y que merecían más que un mensaje por whats App. Es el caso del gran artista JOSÉ OBER GALVEZ director del grupo de teatro El Camino y gestor de innumerables actividades de transformación cultural de la sociedad, llevando sus banderas artísticas llenas de color por todo el territorio nacional.

José Ober Gálvez,  con su compañía Teatro el Camino, estuvo en Dosquebradas por más de dieciocho años, tiempo en el que dio duras batallas para sembrar la semilla del arte en un municipio que está plagado de molinos de viento, contra los cuales se libran tormentosas batallas.

Es literal, es en serio, en el lugar donde hoy es el CAM de Dosquebradas había varios molinos de viento, pero también es literal que los artistas son Quijotes, de brillante armadura y cabalgan todos los días para encontrar caminos de buen poniente, de buen sol para hacer su trabajo y hacer realidad sus sueños, el más grande, transmitir la libertad que se respira con el teatro, romper cadenas y retar a los jóvenes para que sueñen con una nueva sociedad, invitar a todas las comunidades a ser críticos con la realidad y afrontar el mejor papel de todos, el de ciudadano, con la misma valentía y  fuerza  de un nuevo pensamiento.

 Los artistas no se cansan, ni  piden homenajes, porque el universo es muy pequeño para el pensamiento del teatrero, que se hizo en las calles, se transformó en las tablas y entregó toda su vida, a repartir el fuego de la inteligencia a los hombres de la tierra como el gran Prometeo.

Se fue Ober, y sus amigos no pudieron darle un adiós, en medio de coloridas mascaras que adornaban sus salas de teatro. Se fue a vivir permanentemente con sus personajes y con los cuales intentó cambiar el mundo.

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