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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadEl aroma de la muerte

El aroma de la muerte

El olor a putrefacción que impregnaba la atmósfera me robó el sueño; incapaz de dormir, tuve que levantarme de la cama para simular que el aroma de la muerte no retrasaba mis pasos. El hálito inconfundible de la descomposición del alma que abandona su forma. La tragedia que tuvo lugar, destruyó todo a su paso. Sabía que existían cadáveres bajo las ruinas, pero todos allí, incluyéndome, pretendíamos que la vida continuaba sobre las migajas que dejó el huracán. Fui testigo del momento, víctima del terror, vi cómo la catástrofe llegó a nuestra villa para robarnos la esperanza y con ella, la fe. Mi refugio milagrosamente continuaba en pie y mis ansias de permanecer me Impidieron claudicar.

Las grietas en las paredes casi tocaban el suelo, la lluvia que filtraba por el tejado inundaba la casa. Poco a poco el moho y la humedad colonizaron los rincones de mi habitación, hasta que la angustia logró robarme el sueño. La amalgama de aromas desagradables se había hecho una conmigo. Puse soportes a todas las paredes, trozos de madera sosteniendo la construcción, como si un pedazo de palo pudiese contener todo el peso del muro. Empecé a envidiar la suerte de quienes perdieron todo y en medio de la tragedia se encontraron en libertad. Yo, en cambio, al haber conservado aquello que amaba me encontraba cautiva. Ya no era vida intentar preservar un lugar tan deprimente; me faltaban las fuerzas, no se trataba de voluntad, se había agotado mi fuente de energía.

Al principio quise creer la historia que me repetía sin cesar para hallar consuelo en mi desdicha. Estaba haciendo todo lo que estaba a mi alcance; Pero no, la verdad no era esa y no podía disfrazarla de doncella si lucía como bruja. No podía perfumarla con aroma a flores si olía a muerte. Por la ventana, furiosa, veía a los otros sonreír por la fortuna de no cargar a cuestas el peso de dejar derrumbar algo que tenía cimientos. Ellos disfrutaban sus pérdidas y yo sufría lo que había permanecido. Me tendí en el suelo, en la alfombra verdosa y aguada que construyó el musgo en mi baldosa, esperando cerrar los ojos y no despertar más.

Fui consciente del amanecer por la luz del sol que entraba a través de mi ventana. Ese olor inconfundible seguía en el lugar, sin embargo, algo había cambiado. Aun no abría mis ojos, pero sentía la textura del lugar sobre el que estaba tendida. Era una superficie blanda y cálida. Los rayos matutinos dilataron mis pupilas, con dificultad pude reconocer que estaba en mi cama, mi habitación, SE HABÍA ACABADO LA PESADILLA! Di gracias al cielo por poder regresar a mi cómoda realidad; aún me sentía confundida, pues pese a no estar soñando, el aroma permanecía. Provenía de mi almohada, justo donde descansan mis sueños y temores cuando en la noche me despojo de mi cuerpo para viajar a otra realidad. En la funda antes inmaculada, habían trozos de lama verde, gotas secas de lágrimas y unas cuantas manchas de sangre. La recreación de la catástrofe era metafórica, pero la destrucción y podredumbre eran reales. Al igual que en aquel sueño, decidí dejar de resistir, aceptar la muerte, dejar caer el muro, sacar los cadáveres debajo de las ruinas, soltar el peso, viajar liviana, tenderme de nuevo en el suelo para aceptar mi rendición. Dejé que todo se derrumbara, quité la funda de la almohada, la arrojé a la basura, saqué la suciedad de mi habitación y me dispuse a iniciar mi vida, un nuevo día.

7 COMENTARIOS

  1. Mayi que buena redacción, dan ganas de seguir leyendo… Muchas felicitaciones por todos tus logros y muchas gracias por compartirnos parte de tu esencia 💞

  2. Muy acertada descripción de quienes viven atados a sus fantasmas,egos y orgullos y no sé atreven a iniciar la nueva vida que merecen, por estar atados a cadáveres del pasado

  3. Muy descriptivo, muy lleno de sensaciones, casi se perciben los “sabores” y olores en palabras. Me recuerda a Hemingway.

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