El descontento y la arrogancia del poder

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Por LUIS GARCÍA QUIROGA

En el centro del descontento de la gente en Pereira, Colombia y el resto del planeta está un elemento común a todos estos escenarios: la arrogancia del poder, que según el antiguo aforismo griego “cuando los dioses quieren castigar a los hombres, los vuelve soberbios”.

No deja de ser una ironía de la democracia que cuando los candidatos buscan el poder se reúnen con todas las fuerzas sociales, visitan los barrios más humildes, concitan el respaldo de los gremios empresariales y a la vez que prometen ser gobernantes de todos, cuando llegan al poder se esfuerzan por hacer todo lo contrario.

Ello influye el sesgo de las encuestas que en campaña hacia el objetivo contratan para saber cuáles son las tendencias, pero cuando llegan al poder la única tendencia que ellos atienden es la de sus propios caprichos, cuando no de sus compromisos generalmente con otros con poder menos temporal que el de gobernar.

Es muy grave y peligroso lo que viene ocurriendo en casi todas las esferas del poder público donde la falta de confianza en los gobiernos y los gobernantes; y la pérdida de  fe en las instituciones cooptadas vienen ampliando el espectro de la incertidumbre.

Como este descontento general no es nuevo ni tiene una sola causa, ni un solo escenario, la gente lee, observa y piensa. No estamos en el medioevo oscurantista donde los monjes eran los únicos que tenían libros y acceso al conocimiento. Por ello es demasiado simplista categorizar en un solo ítem este caos al que le faltaba el detonante de la reforma tributaria más inoportuna y peor concebida de la historia.

En varias columnas hemos hablado de la burbuja social que se ha venido formando en todas las instancias del Estado, del deterioro del ingreso de la clase media, aun desde antes de la pandemia cuando el desempleo y la extensión de la pobreza se venían registrando en los indicadores, al tiempo que, en contraste, ha venido creciendo el poder económico de los poderosos.

En una sociedad tan inequitativa es cuando menos obsceno, leer en algunas revistas los listados de los nuevos billonarios colombianos el top de los más ricos del planeta.

En todo caso, el puntillazo adicional a la cuestionada reforma, a los inanes toques de queda, a la fastidiosa polarización política, a la indignación de los hechos de corrupción, al crecimiento de la inseguridad pública y a todos esos factores de estress, incertidumbre y deterioro social y político, lo dio que el jueves pasado el propio director del Dane con el informe estadístico del crecimiento abrumador de la pobreza en el país a la cual no es ajena Pereira, pese a que estamos en un territorio menos impactado que otros en donde la desolación y la ausencia de Estado es patética.

Y que en las manifestaciones de protesta pacífica las imágenes predominantes en Pereira y el resto del país sean de jóvenes mujeres y hombres envueltos en banderas de Colombia no es nada extraño si leemos la reciente encuesta de Caracol sobre lo que piensan los jóvenes de un país que ha sido incapaz de ofrecerles empleos dignos entre las tantas expectativas que las nuevas generaciones tienen de esta república bicentenaria.

La danza eterna y autónoma del péndulo de la historia es más visible cuando ante los hechos sociales, son los políticos de oficio quienes tienen en sus manos las decisiones para salvar y superar las crisis. Si esos políticos dejan ver su impotencia para alcanzar consensos, si la ineptitud se escuda en la arrogancia y si se hace evidente la incapacidad para leer las crisis desde el lado correcto de lo que espera la sociedad, inevitablemente revienta la burbuja. El descontento del pueblo no se deja esperar.

La ausencia de decisiones o el anuncio de medidas lesivas a los intereses de la masa crítica, hace inevitable la indignación popular. No entenderlo de esa manera es una torpeza mayúscula, en cualquier escenario, hoy como nunca antes, porque jamás hubo más cercanía con el acceso a la información y al entendimiento de las cosas del Estado, en especial cuando los gobernantes pretenden desconocer que a la gente ya no se le puede meter la mano al bolsillo sin que se dé cuenta.

Cuando la comunidad y el dueño del poder bailan a ritmos diferentes y uno de los dos carece de voluntad (los consensos exigen liderazgo) para encontrar el compás, hasta ahí llegan las ganas de bailar la misma melodía. Porque no es el cuerpo el que baila; es el espíritu.

Y se agrega que la normalidad no se logra por decreto, ni pidiéndole a la gente que entre en oración cristiana, ni anunciando el uso de la fuerza, quizás porque como decía Marie Curie que, “A nada se debe temer, porque lo importante es entender”. Y cuando el Estado se queda sin estadistas, no hay que hacer mucho esfuerzo para entender.

1 COMENTARIO

  1. Ahora siguen las soluciones y aquí en Pereira el alcalde tomando decisiones a favor de los de Cerritos, sin políticas de desarrollo social.

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