¡El despelote!

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Por ERNESTO ZULUAGA RAMÍREZ

No debería ser así pero es evidente que sabemos muy poco sobre el coronavirus y el COVID19 y la mejor expresión de esa realidad es el despelote que han armado los gobernantes con sus medidas de confinamiento y restricción de las actividades normales de la sociedad. Nos imponen limitaciones en nuestra movilidad en función de la ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos —UCIs— y de la saturación de los sistemas de atención en salud y no de acuerdo con alguna estrategia de manejo de la peste. Como poco se sabe de ella las autoridades nuestras se limitan a revisar las estadísticas y a esperar que llegue la vacuna que producen única y exclusivamente los países desarrollados.

Es por lo menos comprensible la confusión que tienen los mandatarios al enfrentarse a la obvia dicotomía que se produce entre las consecuencias de la enfermedad y las de las restricciones de movilidad: la afectación de la salud o la de la economía. Nadie de la estirpe política estudió nunca sobre pandemias ni tiene experiencias que sirvan de base para enfrentar el problema y por lo tanto es también lógico reconocer que toman decisiones sin muchos elementos de juicio. Pero son precisamente esas normales improvisaciones las que originan consecuencias impredecibles. Y la que quiero destacar en esta columna de opinión es la “incredulidad”. La gente dejó de creer en las bondades de las medidas, se cansó de que le limiten su libertad y le perdió el miedo al virus. El mejor ejemplo de esta situación es lo que sucedió en los días anteriores. A pesar de las últimas medidas adoptadas por el presidente de la República y por los alcaldes y gobernadores pudimos observar —en este puente que pasó— las calles y carreteras llenas de vehículos, los sitios turísticos abarrotados de gente, los aviones saliendo y entrando, el terminal de transportes con flujos normales de público y los restaurantes y hoteles en normal funcionamiento gracias a que fueron excluidos de las restricciones. No existe autoridad policial competente ni manera alguna de verificar si se está cumpliendo la medida del “pico y cédula” pero es evidente que la gente se la está pasando por la galleta. La “ley seca” es un saludo a la bandera pues la gente arma sus parrandas en casa y se provee de licor con la antelación necesaria. Tal vez el “toque de queda” es la única medida que realmente genera algunos efectos reales aunque no a la hora fijada para el encierro sino dos o tres horas más tarde. Lo más grave de este asunto es que cada día se hace más evidente la creciente desobediencia civil. Me pregunto si en los días difíciles que siguen en esta larga pandemia habrá autoridad alguna investida de respeto y confianza para enfrentar las consecuencias del virus y para controlar a la población. ¿Acaso no les pasará igual que al pastorcito mentiroso? Nadie va a creerles cuando vengan más lobos.

Una segunda consecuencia es la “confusión”. El presidente dice una cosa, el gobernador otra y los alcaldes se expresan renuentes a adoptar las medidas sugeridas o impuestas por aquellos. En Dosquebradas se imponen unas medidas, en Cartago y Armenia otras diferentes y en los municipios vecinos casi ninguna. Las de este fin de semana son distintas a las de la semana entrante y a las de meses anteriores. Quienes tienen cédulas impares no saben si pueden asistir al trabajo, a una cita médica o al banco en día par. En los grandes negocios restringen el acceso pero en las tiendas pequeñas y en los restaurantes no. El despelote!

2 COMENTARIOS

  1. De acuerdo, parece que se estuviera aplicando aquello de divide, confunde, y quedarás exento de responsabilidad, que caos por eso el pueblo en medio de su desobediencia, y confusión no mira las consecuencias.

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