El diablo es puerco

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Por ERNESTO ZULUAGA RAMÍREZ

Desde el momento en que se acabó el confinamiento hemos sido sometidos a feroces campañas publicitarias que nos incitan a comprar, pasear y salir fuera de casa a cenar. Es como si el diablo nos invitara al infierno ofreciéndonos mil placeres y todas las maravillas del mundo después de seis meses de encierro. Somos presa fácil pues estamos como perros enjaulados, desesperados por salir corriendo, por visitar a quien sea y por hacer la vida “normal”. Nuestras casas se convirtieron en “nuevos” restaurantes donde hacemos gala de nuestros impresionantes avances culinarios y de las “fabulosas” recetas que recién aprendimos. Y ni hablar del bar. Nos resignamos a que la farra es en el hogar o a través de conferencias virtuales con amigos; aunque no me digan que esas reuniones “falsas” a través del computador no son una tortura, largas, aburridas y carentes de música y de cualquier otra expresión lúdica para pasarla bien. Y cuando son masivas, con la participación de 30 o 40 familiares, algunos de los cuales no vemos desde hace varias décadas, la cosa se torna desesperante. Tenemos que escuchar el mismo número de discursos, saludos y babosadas e incluso soportar que algunos pongan la mascota a su lado (“face to face”) para que participe en el programa y hasta nos “digan” algunas palabras.

Los que somos afectos a los placeres del licor nos tuvimos que reinventar con extrañas aventuras: nos convertimos en sofisticados enólogos y hasta sommelieres que incursionamos en la cultura del vino, apelando dizque a algunas trazas de ancestros europeos que aún tenemos en el ADN, aprendimos de refinados cocteles y raras combinaciones cuyo éxito medimos por el tamaño de la resaca y del dolor de cabeza del día siguiente. Destinamos un sector del refrigerador (más lleno que nunca por las exigencias de la pandemia) para la cerveza, el vino blanco, la champaña y un licor que nos regaló una vieja tía y que llevaba cinco años archivado. Aprendimos que no es de alcohólicos eso del yo con yo, sino la alborozada llegada al cénit de la sabiduría etílica.

Después de todo lo vivido en estos seis meses aprendí lo que significa eso de “casa por cárcel” tan de moda en nuestro país y me di cuenta de que en realidad es un verdadero castigo que incluso llega a ser aterrador. También me ilustré en tareas como sacar el perro a la calle a hacer sus necesidades y recoger sus excrementos en una acción difícil y tormentosa que me recordó la faena a que nos vemos sometidos cada que el médico nos manda un examen coprológico. Imposible no acordarme también de los reatos excrementales del senador Gerlein. También organicé mi “nochero” y el closet, saqué las fotografías que no miraba desde hacía varios años y las ordené cronológicamente y por temas, tiré a la basura cientos de papeles que guardaba celosamente por si la DIAN los requería, aprendí de jardinería y hasta me descubrí aptitudes que creí eran exclusivas de las féminas; ahora les confieso que hablo de corrido sobre injertos, “novios” y “bailarinas”, “rosamarillas” y claveles. Supe además donde están los mejores viveros de la ciudad y me di cuenta de que la úrea en exceso mata la mata.  Me ofrecí a arreglar algunos daños en la casa como la llave que gotea y el “switch” que no prende y tuve que llamar después al fontanero y al eléctrico para que enmendaran mis metidas de pata. Las cosas no pararon ahí: el corto circuito que originé quemó la lavadora y el microondas y dañó la nevera.

A sabiendas de que salgo a la calle en medio del rebrote y cuando las cifras de contagio son las peores voy gritando: “No me esperen en casa esta noche”.

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