EL FUEGO SAGRADO DEL MAÍZ, MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS Y LOS PASAPORTES

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Reflexiones Sobre la Arepa Ancestral

¿Quién no recuerda haber jugado en la infancia a batir las manos mientras mamá cantaba eso de “Arepitas pa’ papá…”? Sin darnos cuenta, ese juego inocente era nuestro bautismo cultural. Era la bienvenida al vasto y sagrado universo del maíz, una impronta que llevamos marcada en el paladar y en los genes.

La arepa, la mazamorra, la chicha y el tamal no son simples platos en nuestra mesa. Son el testimonio vivo de las grandes civilizaciones del maíz.

Para la América prehispánica, este cereal fue lo que el trigo para Europa o el arroz para Asia: la base de la vida, el alma de los pueblos. Culturas ancestrales como los muiscas, los guanes, los taironas y los cumanagotos ya adoraban este grano dorado mil años antes de que alguien trazara una línea en un mapa para dividirnos. Por eso, entrar en la discusión de si la arepa es colombiana o venezolana es perderse de lo más bonito. La arepa no tiene cédula; es profundamente americana.

De la lengua indígena al fogón de leña

Intentar ponerle un documento de identidad a nuestra comida es confundir la geopolítica moderna con la historia de la tierra. Cuando las mujeres indígenas ya moldeaban la masa sobre el barro caliente, ni Colombia ni Venezuela existían.

Nuestra herencia lingüística y culinaria es un mosaico hermoso:

Un nombre que nos une, la palabra arepa viene de erepa, el vocablo con el que los indígenas cumanagotos (en el actual norte de Venezuela) nombraban al maíz.

Nuestro pan de la tierra, en lo que hoy es Colombia, los muiscas la llamaban thytá fun y los guanes tijitafun. Ya en 1554, el cronista Pedro Cieza de León elogiaba en Cartagena ese «sabroso pan de maíz», asegurando que era incluso mejor que el de trigo europeo.

Pero el legado no se detiene en la arepa. Las comunidades de la cordillera andina nos heredaron la mazamorra, ese tazón reconfortante de maíz peto cocido a fuego lento que refresca las tardes, y los bollos y chichas que coronaban los rituales sagrados. Es un continuo gastronómico que compartimos con toda la región.

La evolución del grano: Del pilón de piedra a la nostalgia

La historia de nuestra alimentación es también la historia de la tecnología en casa. Durante siglos, hacer arepas era un acto de resistencia física. Había que ablandar el grano en ollas de barro y triturarlo con fuerza pura en pilones de piedra o madera. Se sudaba la masa antes de llevarla al budare o a la callana.

Luego llegó el molino de tornillo de hierro y, a mediados del siglo XX, la harina precocida. La industria cambió el ritmo de los hogares, pero el sabor de la memoria se quedó intacto.

Dos naciones, un mismo corazón de maíz

Si el origen nos une, la forma de comer la arepa es lo que celebra nuestra sabrosa diversidad. Aquí es donde el camino se bifurca en dos opciones maravillosas:

La arepa colombiana: El lienzo y el acompañante

En Colombia, la arepa suele ser un heraldo silencioso, el soporte noble y crujiente. Es el matrimonio perfecto con el queso, el chorizo o el huevo al desayuno. Sirve para empujar el sancocho, escoltar la bandeja paisa o equilibrar un chocolate caliente. Con más de 60 variedades —desde la icónica arepa de huevo costeña y la de choclo dulce, hasta la insípida pero indispensable arepa blanca antioqueña— su misión es acompañar y realzar.

La arepa venezolana: El plato principal

En Venezuela, la arepa se convierte en el contenedor absoluto. Se abre de lado a lado para albergar universos enteros de sabor. Allí, la masa es el plato fuerte gracias a rellenos legendarios con nombre propio: la pelúa (carne mechada con queso amarillo) o la rumbera (pernil de cerdo con queso). Es una comida robusta, callejera y profundamente reconfortante.

Un legado que cura el alma

El maíz está tan metido en nuestra identidad que terminó moldeando el idioma. Nos salvamos “de pura arepa” cuando apela la suerte, y los abuelos repetían con fe que “cada hijo trae su arepa bajo del brazo”. El poeta Gregorio Gutiérrez González incluso la elevó a los altares populares al decretar que, junto a los fríjoles y la mazamorra, formaba la «Santa Trinidad» de la mesa.

Este cereal ha sido, además, el motor económico de miles de mujeres cabeza de hogar que han sacado adelante a sus familias en los asaderos de las esquinas, convirtiendo el humo del maíz tostado en parte de nuestro paisaje urbano.

Hoy, gracias a las migraciones, la arepa se ha vuelto universal. Se consigue en Santiago de Chile, en Buenos Aires o en Madrid. Incluso el cine de Hollywood le otorgó «poderes curativos» en películas como Encanto. Y no es que sea medicinal en un sentido biológico; es que cura el alma a través de los recuerdos. La arepa, la mazamorra y nuestro cereal americano saben a lo que les pongas, pero en el fondo, siempre sabrán a hogar, a resistencia y a esa América ancestral que nos alimenta desde el principio de los tiempos.

2 COMENTARIOS

  1. Que delicioso texto, señor Onésimo. Ya salgo para el asadero de la esquina a buscar ese maná enviado por los dioses a sus criaturas desde México hasta el Alto Perú. La gastronomía, la música y la religión constituyen las señas de identidad de los pueblos en todos los rincones de la tierra. De ahí que en las grandes ceremonias se coma, se beba ,se baile y se eleven plegarias para invocar la gracia divina.
    Muchas gracias.
    Gustavo Colorado G

  2. Señor Onésimo, muchas gracias por esta hermosa reflexión. La leí con una emoción especial. Soy hijo de una mujer que levantó a mi hermana y a mí asando y vendiendo arepas. Durante muchos años vi el maíz convertido en sustento, esfuerzo y dignidad; solo con el tiempo comprendí que también era memoria, identidad y patrimonio.

    Su artículo recuerda una verdad que con frecuencia olvidamos: la arepa es mucho más antigua que nuestras fronteras. Pretender adjudicarle una nacionalidad es desconocer que primero existieron los pueblos que cultivaron el maíz y moldearon la masa alrededor del fuego, y mucho después llegaron los mapas y los pasaportes.

    Gracias por reivindicar el maíz como un legado compartido de América y por recordarnos que, en ocasiones, la gastronomía cuenta nuestra historia con más profundidad que muchos libros.

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