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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadEl hombre de cabello blanco

El hombre de cabello blanco

Sentado en un escalón compartiendo historias, con los ojos brillantes de recuerdos, la mente llena de conocimiento y su cabello plateado brillante, le miro y sólo puedo sonreír. La algarabía de todos los que estamos en el lugar dispersa la atención, y aunque me cuesta mantenerme quieta, deteniéndome a mirar un mismo punto, le miro de soslayo mientras continúa narrando una historia para sus nietos. Escuché el sonido de su voz detrás de la ventana que le queda a su espalda, no se había percatado de mi presencia, así que me quedé allí, silenciosa e inmóvil queriendo oír el cuento que ya me había contado unas décadas atrás. Me volví niña con cada palabra, me encontré en la sala de una casa de fachada verde, en una calle sin salida. Él estaba sentado con una pierna por encima del descansabrazo de la silla tubular de nuestro juego de sala, inmerso en un mundo de letras al que yo también quería entrar; deseaba imitarle, recostada en el sillón, con un libro llamado “La colina de Watership” intentando entender el relato, luchando con los pensamientos emergentes, la incomodidad en mi cabeza, el sofoco de una calurosa tarde de junio, las mariposas que volaban al otro lado de la calle. Me esforzaba demasiado para conseguir leer una línea y comprenderla, mientras él viajaba extasiado por las hojas amarillentas de aquel libro viejo que tenía en sus manos. Escuchábamos el vuelo del moscardón, para Elisa y las sinfonías de Beethoven y Mozart. A lo lejos se oían los gritos de mis compañeros de salón, jugando en el potrero de en frente, mientras yo estaba en la sala de mi casa, escuchando una música que no entendía, leyendo las líneas de un libro sobre el que era incapaz de conservar mi atención, pero complacida por la compañía de aquel hombre de cabello blanco.

En una noche oscura, en medio de la crisis energética que atravesaba el país, con cortes de luz prolongados, el hombre de cabello blanco me invitó al andén. Tenía en su mano un pequeño libro, con puntos que se unían a través de líneas, era muy niña para entender geometría, solo veía líneas y puntos. Me invitó a mirar el libro, hablaba de hemisferios y palabras extrañas; me mencionó algunos nombres, “la osa mayor, la osa menor, el cinturón de orión, la cruz del norte, Casiopea” entre otros; él era profesor, pero sinceramente no entendía por qué me hablaba de un tema tan aburrido. Imagino que vio en mi mirada, que logra siempre comunicar lo que pocas veces callo, la desidia con la que le escuchaba hablar, entonces, solo extendió su brazo y señaló con su dedo índice el cielo. Todas las figuras que había visto en el libro, ahora brillaban en él, cual lienzo negro con diamantes incrustados. Recuerdo haber gritado de emoción, y abrazarlo fuerte por regalarme ese mágico momento que conservo aún en mi corazón. En aquellas noches oscuras, a la luz de una vela instalada en el comedor, justo después de la cena, el hombre de cabello blanco me invitaba a jugar un juego de adivinanzas. Con sus dedos hacía figuras, generalmente de animales y yo debía descifrar qué animal era. Ahora que lo pienso, nunca he sido buena con las indirectas, y es que, de niña, era pésima con las adivinanzas… Así que en su generosidad, le sumaba a la sombra que se dibujaba grande en la pared del comedor, un sonidito a bajo volumen para que yo pudiera adivinar: “Caballo”, “Perro” gritaba emocionada, después de escucharle relinchar o ladrar.

Solíamos salir en las tardes a trotar con dirección al campo, supongo que llevarme a mí, implicaba ir a un ritmo menos exigente. Siempre me animaba a correr más rápido, a descansar menos, con la promesa de llegar al plan y recibir la recompensa “Moras silvestres”. Usualmente yo pisaba el cerco para que él pudiera entrar y coger un racimo de moras para ambos; retomábamos el camino de regreso a casa, con menos prisa, porque coincidía justo con el atardecer. Me mostraba a lo lejos las nubes rojas en medio de las montañas y una franja amarilla en lo alto del cielo “El sol de los venados”.

Los cuentos que me contaba antes de dormir, jamás fueron de princesas y príncipes al rescate. Tampoco hubo finales de felices para siempre. Sólo mágicas historias de mitología griega, llenas de voluntad, valor y tesón. Nunca quise ser una princesa de Disney, para qué soñar con ser una princesa si yo conocía la inmortalidad de las diosas del Olimpo. El es mi Zeus y yo eternamente su Atenea.

En las tardes de lluvia, mientras todos se refugiaban por el miedo a los rayos, él abría grande la ventana para que juntos pudiéramos admirar el esplendor del relámpago. Aquel hombre sabio me enseñó a amar el canto de las aves y a reconocer su silbido en la distancia. El aroma a jazmín de noche, la majestuosidad de la tormenta, la belleza de un atardecer, la magnificencia de una noche estrellada. El hombre de cabello blanco me dio el mayor regalo, la capacidad de admirar la vida. No puedo recordar si tenia suficientes juguetes, ropa o zapatos, porque tenía el alma colmada de alegría y la mente sólo recuerda lo realmente importante: los atardeceres, los relámpagos, las sombras, las estrellas, las moras, la música, las letras, las sonrisas, el amor. Nunca tendré cómo pagar ese gran regalo que llevo en mi centro a donde quiera que me lleven mis pasos. ¿Cómo se paga el regalo de la vida y el tesoro de unos ojos diferentes para vivirla? Sé que tengo pies, pero él me ayudó desde niña a tejer mis alas, y a pesar de los vientos en contra siempre ha creído en mi vuelo. El hombre de cabello blanco, el que inspira respeto y sabiduría, continuó siendo mi amigo, mi compañero, mi guía. Aquel hombre de cabello blanco es mi padre y hoy celebro con orgullo y gratitud, su vida.

1 COMENTARIO

  1. Dios la bendiga hija por
    su exagerada generosidad y por recordar sus épocas de niñez, y aunque la vorágine de la vida no es fácil, nunca ha d jado de ser mi niña.mil bendiciones y abrazos.

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