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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadEl infinito en un junco y el ensayo de un escritor meritorio

El infinito en un junco y el ensayo de un escritor meritorio

NOTA DEL DIRECTOR.  El 13 de febrero de 2022, nuestro habitual columnista Miguel Ángel Rubio advertía al advenimiento de una pluma estelar en el universo de las letras y lo expresaba en este ensayo que hoy retoma toda su trascendencia dada la notoriedad de Irene Vallejo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2024.

Una arqueología del saber y la experiencia lectora.

(Ensayo epistolar)

Enciclopedias, atlas, el Oriente

y el Occidente, siglos, dinastías,

símbolos, cosmos y cosmogonías

brindan los muros, pero inútilmente.

JORGE LUIS BORGES,

Poema de los dones.

  1. INFANCIAS

Te imagino pequeña, de unos ocho años, tus ojotes claros, vivaces, tu dedo recorriendo invisiblemente distancias entre ciudades de un Atlas tratando de entender cómo funciona y cuánto demoraría el viaje entre Zaragoza y Atenas.

De niño tuve un Atlas y creo sin temor a equivocarme, que fue mi libro favorito durante mucho tiempo; en este, casi, me aprendí de memoria los países y capitales del mundo, lo miraba en las tardes después de la escuela, continente por continente, los mapas físicos y políticos, los hídricos (de ríos)  y los marítimos, era un libro que permitía viajar sin salir de la casa ni de la habitación, conjuraba horas de soledad midiendo e imaginando con los dedos la distancia entre mi ciudad y Moscú, o entre China y Estados unidos. Esta rara y extraña afición, me hizo invencible en la materia de Ciencias Sociales en la escuela, recuerdo que era capaz de dibujar de memoria el croquis de Europa, América, Asia, África y Oceanía, y podía decir con casi absoluta precisión dónde se ubicaban las capitales de los países.

La geografía me llevó a la historia, siempre fue apasionante el pasado de esos países que dibujaba sin errores  en los tableros de mi escuela, primero de tiza y luego de acrílico, venían datos de fechas, nombres de reyes y dinastías, batallas, invasiones etc., datos suntuarios apenas, que no hacían más que granjearme el odio y las burlas de mis compañeros en el salón, pues siempre tuve la respuesta correcta ante el silencio atronador de una pregunta de mis maestras; sí Irene, yo también viví un poco el bullyng o matoneo escolar y  mi arma de defensa era el sarcasmo,  poderme burlar hasta la saciedad de las animaladas y errores de mis compañeros cuando expuestos en público confundían Alemania con España en el mapa, o Armenia  para ellos era apenas una ciudad a 45 kilómetros de donde vivo, pero no tenían ni idea que es también un país asiático,  donde se especula que ancló el arca de Noé, datos no más, que ante las equivocaciones de mis compañeros me robaban carcajadas y me permitían lanzar comentarios llenos de bilis y humor negro.

Lo único que podía competirle a mi amor por el Atlas y los mapas era un libro que se vendía en todo Hispanoamérica, el equivalente del Google por esas épocas, yo soy un poco más joven que tú Irene, pero somos contemporáneos, sé que lo recuerdas, un libro grueso impreso a columnas, con imágenes a color, El Almanaque Mundial, que traía además de mapas, datos estadísticos de todos los países del mundo, sus presidentes, su población actualizada, una reseña de su historia, fotos de sus ciudades y lugares, una joya que permitía ahondar en la materia y que como el atlas, se convertía en lectura obligada de las tardes y a veces fines de semana.

Estos libros enciclopédicos, tu y yo Irene somos la última generación educada con enciclopedias impresas, fueron noqueados por la famosa y hoy condenada al ostracismo y olvido, Enciclopedia Encarta,  una cosa impresionante, con videos interactivos, audios que leían por ti los datos, mapamundis que se movían con hacer click en el mouse, simulaciones 3D de construcciones históricas  como las pirámides de Gizeh entre otros, pero que en mi niñez y adolescencia, solo unos pocos tenían, pues los computadores empezaban a estar en las casas como elementos súper sofisticados y raros, y quien poseía uno, tendría siempre una jauría de curiosos tocándole la puerta para ir a oprimir sin sentido las teclas y conocer ese aparato.

Encarta no sabía lo que se venía para el futuro, internet era algo que apenas unos pocos, poquísimos tenían y podían pagar.

Entre mapas y estadísticas, mi padre lector como el que más, contumaz y alcahuete de libros, me invitaba a leer otras cosas, cuentos, fábulas, novelitas juveniles y cortas de aventuras, esto, debo decirlo, en mi adolescencia, me costó un poco más, pero lo asumí y lo disfruté, por este camino de la literatura, profesión y oficio que hoy es mi aliciente cotidiano, llegué a un género que amo profundamente, la poesía. Conocí a Pombo, Silva, Jairo Aníbal Niño, Julio Flórez, Rubén Darío, Mi favorito Porfirio Barba Jacob, a tus coterráneos, Lorca, Albertí, Hernández, Machado, Alexandre, Unamuno, Valle Inclán.

Y por este camino me aficioné a leer teatro. Sí, recuerdo, en mis años de adolescente en la escuela, cuando promediaba grado séptimo, se hizo una convocatoria para un grupito de teatro escolar, de inmediato me inscribí. Por esos días bajo el brazo o en mi mochila llevaba siempre un libro de poemas, leí con fervor a Neruda y Benedetti, poemas de la adolescencia, los últimos, porque después vino el reguetón a decirnos que las metáforas refinadas, que las paradojas, que las palabras almibaradas, que las construcciones sintácticas difíciles, que la belleza, ya no servían para conquistar, para enternecer a las chicas de la escuela con versos como:

Si alguna vez advierte que la miro a los ojos

Y una veta de amor reconoce en los míos

No alerte sus fusiles, ni piense: ¡qué delirio!

A pesar de la veta, o tal vez porque existe

Usted puede contar conmigo.

Era una batalla perdida, competirle al reguetón de fines de los noventas, a su ritmo pegajoso y facilón, a sus letras directas sin mucho adorno, fue imposible, entonces convertí la poesía en timidez, en lecturas que me aislaban del jolgorio de los descansos, o que me permitían fantasear en las clases que no me gustaban, pues mientras el profesor parloteaba su salmodia monocorde, yo en mis manos leía Hamlet, o el Avaro, o las obras de teatro Social de Jairo Aníbal Niño, o comedias de autores colombianos.

En el grupo de teatro representamos obras que nos llevaron a festivales Intercolegiados y que me permitieron vencer esa timidez alimentada por los libros y la derrota de saber que con poesía no podría conquistar el amor de las chicas de mi escuela o de mi barrio; y por el camino del teatro llegué al activismo político, conocí en Bertolt Brecht el teatro soviético, y ya un poco más maduro y con convicción leí y traté de desentrañar las teorías actorales de Stanislavski, Grotowsky, Meyerhold, Clurman, Artaud, me metí en un viaje estético profundo y arcano que me costó mucho entender y adoptar, por este camino entendí que quizá el teatro, la actuación no sería mi destino, pero estos autores me untaron el vicio de la política y por supuesto la militancia en movimientos de izquierda en los que aún permanezco.

Podría contarte Irene, si tuvieras el tiempo y si esta carta llegase, ya no a tus manos sino a tus ojos, a través de tu pantalla, las razones que me llevaron a estudiar literatura en mi país. Y bueno detrás de esto, las resistencias culturales de los otros, pero alargaría el texto y creo que tu tiempo no es tan laxo y amplio como el mío.

El hecho es que acá estoy, literato y licenciado en español, con un poemario a cuestas, con muchos libros en mi biblioteca, calculo en una vista rápida unos 500 volúmenes, y acá con tu venía me permito hacer un retroceso en mi historia.

Nací en una ciudad cercana de donde he vivido los últimos 29 años de mi vida, tengo 37, llamada Manizales, de ella me fui a los 7 años. Sin embargo, el tiempo que viví allí, y las veces que iba a saludar mis abuelos y mi familia, me evocan el recuerdo de un lugar mágico. La biblioteca del abuelo.

Más que la biblioteca, que no era más que un estante de madera con puertas de vidrio, pequeña, que acogía algunos libros fundamentales en el canon personal del abuelo, era sobre todo un espacio donde podía escoger a plenitud y sin censura el libro que yo quisiera; había, hay uno en especial, (lo conservo en mi biblioteca) titulado, Hombres que cambiaron el mundo, un libro de biografías muy bien editado y en edición de lujo, que siempre fue mi favorito de esa biblioteca, después, ya siendo estudiante de literatura y con mi abuelo ya ausente de este mundo, descubriría otros tesoros literarios allí que antes mis ojos pasaban de largo. Ese libro de biografías me aficionó a leer y explorar las vidas de otros hombres y mujeres, de sus realizaciones y hazañas, de sus fracasos y aciertos…

Allí en esa biblioteca del abuelo, en esas soledades de infancia entre mapas y atlas, en esa adolescencia medida por acné y poemas, en esa entrada a la juventud entre novelas y teoría literaria, en ese promediar la juventud escribiendo los primeros versos propios, en una adultez plena en que publico mi primer libro y dedico horas de mi jornada a escribir artículos de prensa, reseñas literarias, pensamientos y ocurrencias, entre todo esto Irene, pienso en ti y en tu magnífico regalo literario, tu libro.

  1. 2El INFINITO EN UN JUNCO

UNA ARQUEOLOGÍA DEL SABER Y LA EXPERIENCIA LECTORA.

Puedo verte en la biblioteca de Oxford con una pila de libros en la mesa, tu agenda de notas, libros abiertos en páginas específicas, notas en colores con referencias bibliográficas, el esfero en tus labios dando vueltas mientras piensas, rayas y escribes efusivamente, revisas nuevamente lo que ya habías leído, te paras de tu silla, solicitas otro volumen, te distraes un momento de todo y tu vista  se pierde mirándolo todo y mirando nada, quizá estás en un tiempo de caravanas lentas por las viejas rutas del Asia y Europa, quizá intentas ver en la distancia a Safo y escucharla leer sus versos, quizá te has vuelto novicia en una abadía medieval y te dedicas al cuidado y copia de los códices y manuscritos custodiados con sigilo y celo….

Tu libro, El Infinito en un junco, Irene, es una excavación inmensa y profunda  de la historia humana, con las palabras y la sintaxis difícil y compleja de nuestro idioma, cavas y cavas infinitamente, con tu aguda vista limpias el polvo de tus hallazgos, con tus manos acostumbradas a escribir y a tomar apuntes, tomas ese elemento descubierto y lo exploras en todas sus dimensiones, con tu mente imaginas la vida de ese artilugio y revisas en tus archivos internos algún dato especifico que te ayude a explicarlo. Lo separas delicadamente, anotas ese dato en tu libreta, te limpias el sudor, y continúas explorando, cavando, limpiando, y así vas descendiendo, sin saber que también vas subiendo, en espiral.

En un illo tempore, podemos imaginarnos los dos, tu y yo, a Ptolomeo trazando con sus ingenieros, los primeros esbozos del sueño de Alejandro Magno, discuten, intrigan, beben vino, todo en un cuarto inmenso de palacio, donde tienen la vista directa del Faro de Alejandría,  ¡Ay de aquellos que aún afirman que Alejandro no conquistó el mundo conocido!, Irene, bien sabes y en tus líneas lo dejas entrever, que su principal victoria no fue contra los persas, ni sus límites llegaron hasta lo que hoy es la India, y que su muerte no fue en vano, quizá en la mente delirante y febril del macedonio,  su sueño de una gran biblioteca era su única certeza de victoria y  su único pase a la inmortalidad.

En este momento de la antigüedad occidental comienza tu excavación, nos muestras con detalle cómo los hombres y mujeres de  antes crearon la escritura y sus mentes lograron el difícil proceso de sistematizar y simbolizar el mundo a partir de unos trazos escritos en piedra, en tablillas de cera, y después en papiros y pergaminos.

De tu mano, me llevas por los complejos meandros de la historia, entre batallas cruentas, reyes vanidosos y autoritarios, civilizaciones esplendorosas, pero también con profundos defectos, de filósofos que difundían entre la gente el amor por pensar y conocer el mundo, oigo  idiomas inextricables y voy como pasajero de tu mano en  lentos viajes por rutas agrestes, voy escuchando tu relato con la paciencia de quien horada en las palabras misterios antiguos de dioses y  tiempos que el reloj no contiene.

Los papiros primeros que registraron las primeras letras, palabras, preocupaciones, notas contabilidades, dibujos, contratos, alegatos, oraciones, historias, mitos, que volvieron trazo gráfico la voz de nuestros antepasados, se nos van revelando frente a nosotros como una flor gigantesca y luminosa que desprende su magia. Me vas contando, cómo una biblioteca fue el gran servidor de informador de otra  época, y yo trato de medirlo en gigas, megas o teras, mi imaginación no es suficiente para alcanzar a visualizar cada detalle de tu narración, intento ver  esos rollos, su disposición en los estantes, a la gente lectora que acudía a ella tratando de sostener el libro con sus dos manos mientras buscaba un dato, o simplemente leía un poema o una historia.

Pasamos por periodos de la historia complejos y difíciles, y siempre hay libros, bibliotecas y vanidosos escritores que detestan serlo, que se avergüenzan de que les llamen poetas, o simplemente se regodean en su hedonismo al saberse perseguidos por lectores y fans que los quieren conocer, tocar o simplemente ver.

Juntos abrimos y delimitamos los perímetros de la excavación arqueológica que estamos haciendo. Me explicas cómo hacerlo, lo voy entendiendo poco a poco, Irene has legado a los hispanohablantes, un libro maravilloso, un relato histórico de un poder inmenso, tu imaginación es precisa en evidenciar los lugares, las ideas y las personalidades que pasan por la historia de los libros.

Nos legas en tiempos de encierros, pestes, restricciones, censuras y amenazas de guerra mundial, un poco de belleza y de tranquilidad en tu libro. Alas.

El infinito en un junco, es un libro que ofrece algo más que simple lectura, ofrece una experiencia vital de autoconocimiento y exploración por nuestra vida, a través de los libros.

Desafortunados aquellos que no leen, ellos se lo pierden.

MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINA.

@rubio_miguel.

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