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El periodismo no puede seguir siendo la recocha a la que cualquiera se puede meter

Cristian Camilo Zuluaga Cardona

Ni de vaina las redes sociales pueden estar a la altura de las empresas noticiosas. Aliadas si tienen que ser, pues en un mundo cada vez más digital es elemental que los perfiles, grupos o páginas de fans (fan page) sean los canales para masificar la información.

El periodista argentino, Carlos Mondino, considera que una fan page sin un portal web no es un medio digital y agrega que el trabajo periodístico no puede quedarse solo en redes sociales, ya que eso sería ser un usuario más. Agrega que los periodistas deben potenciar su credibilidad creando una marca propia en la web.

Mondino incluso destaca apartes de una entrevista a Richard Gingras, empresario norteamericano de internet, que constantemente ha hecho pronunciamientos sobre la necesidad de la innovación y la credibilidad en el trabajo periodístico.

«Generar confianza, ofrecer buenos contenidos y entender los cambios en el ecosistema informativo frente a consumidores tan informados», dice Gingras.

Los conceptos de Mondino y Gingras, además de ser muy fáciles de conseguir, basta con dar un ‘googolazo’ y listo (buscar en google), caen como anillo al dedo para lo que ocurre a diario con las redes sociales, pero en especial a lo que me motivó a abordar este tema en esta ocasión.

En Manizales una página de fans en la red social Facebook, llamada Manizales Denuncia Segura, se dio a la tarea de hacer una publicación mentirosa, con el único ánimo de generar terror, caos y obviamente conseguir seguidores y likes (me Gusta).

El o los administradores de este espacio digital señalaron que, en el día sin IVA, en centros comerciales de Manizales habían sorprendido a dos personas con fiebre mayor a 40 grados y que posteriormente habían dado positivos por la COVID-19. Agregaron que otra persona se había desplomado en plena carrera 23 y que esta también había salido con resultado positivo por el nuevo virus. Desgraciados los autores de esta falacia.  

Como era de esperarse, esta información ‘terrorista’ se hizo viral a través de Facebook y grupos de WhatsApp. Lamentablemente muchas personas creyeron en esta falsa noticia o fake news (como se le llama en el mundo digital). La gente la vio creíble, pese a que no citaba ni una sola fuente, tenía una abundancia de errores ortográficos y era más un chisme de tienda que una noticia.

Esta situación también generó malestar entre varios periodistas, entre ellos a mí. De inmediato tomé un pantallazo y le puse una cinta amarilla de peligro, con un letrero que dice «Noticia falsa y mal intencionada». Algo de bullaranga logré para contrarestar, pero la mentirosa información de ese fan page ya estaba en todos lados.

Otros amigos que ejercen este oficio hicieron algo parecido o denunciaron en sus medios digitales esta absurda publicación. ¿A dónde estamos llegando? tener que contrarrestar mentiras.

Esta situación se repite a diario. La pandemia por la COVID-19 sí que ha sido aprovechada por estos irresponsables y malintencionados, que en lo personal creo que rayan en la criminalidad. Lo hacen con total libertad, ya que no hay nada que se los impida.

Este tipo de hechos me hace pensar que al país le urge tomar medidas urgentes frente a estas situaciones. Las autoridades se han ido especializando en delitos informáticos y según una publicación de la Policía Colombiana en marzo pasado, apenas unos días después de iniciada la cuarentena, ya habían detectado más de centenar y medio de portales web dedicados a las fake news, los cuales tienen como objetivo robar información de personas para luego cometer actos delincuenciales. Sin embargo, esto no es suficiente.

Al país se le hace necesario que el periodismo vuelva a ser una actividad formal, regulada con unos requisitos y conocimientos mínimos. El carné de periodistas no puede seguir siendo inexistente. Pues no podemos continuar a la deriva con personas que sacan provecho de esta actividad para hacer plata fácil. Basta con montar una fan page, ponerle un nombre y redactar a computador una cuenta de cobro para enviarla al gobernante de turno. Ni se diga de esos que dependiendo de la generosidad de la payola (soborno en medios de comunicación) publican a favor o en contra de una institución o una persona.

Es cierto que para hacer control en estos casos se corren unos riesgos inmensos en vulnerar la libertad de prensa y de expresión o incluso el derecho de acceso a la información. Pero también es cierto que en el país no podemos seguir siendo víctimas de estos sinvergüenzas de algo que yo he venido llamando ‘extorsión periodística’, cómo tampoco podemos seguir aceptando que los espacios informativos, cada vez sean más para la desinformación, desacreditación, desprestigio y polarización.

En Colombia también viene siendo hora que se impida a toda costa, que el periodista con o sin título profesional, haga contenidos que necesitan de un conocimiento básico aunque especializado. Para poner un ejemplo el periodismo judicial. No puede seguir ocurriendo que quien redacte este tipo de noticias desconozca la jerga del ámbito jurídico, que ignore por completo el Código de Procedimiento Penal, que no diferencie entre audiencias de control de garantías, juicio oral y lectura de sentencia, entre otros conocimientos básicos.

A diario los medios se están convirtiendo en violadores de derechos que tenemos los colombianos, como es el de la presunción de inocencia. El afán de generar un gran impacto está llevando a los medios a imponer condenas sociales, sin que ni siquiera el acusado haya sido imputado formalmente de algún delito. Incluso las autoridades y entes de control están aprovechándose de estas situaciones para demostrar gestión o para hacer politiquería.

También urge que en el país se le ponga lupa a la contratación pública con periodistas y medios de comunicación. Muchos millones de pesos podrían estar llegando a bolsillos de personas que ni medio tienen o que acreditan una página o perfil de Facebook como medio, dónde el alcance de personas es mínimo. Incluso podría estar ocurriendo que esos dineros se los están dando a «periodistas» que sus productos informativos los difunden a través de grupos de WhatsApp dónde lo único que hay es periodistas y no la ciudadanía, que es a la que la entidad pública debe llegar.

También aprovecho para pedirles encarecidamente a los políticos de turno, corporados sobre todo (diputados, concejales y congresistas), que no contribuyan con las malas prácticas del periodismo. No compren entrevistas por un par de pilas, por un bono de almuerzo o un par de zapatos. Compren espacios en medios si les llega a ser necesario. Lo que a veces ustedes llaman una caridad es la proliferación de un delito, aunque no esté penalizado en el país y solo sea producto de mi humilde opinión.

Y por último quiero dejar en claro algo. Medios alternativos no son solo perfiles o páginas de redes sociales. Medios alternativos también son empresas que por alguna razón no tienen portal web pero hacen bien su trabajo, entretienen, informan y no caen en los descaros que he mencionado. Estas líneas tampoco son un rechazo al empirismo, pues me estaría rechazando yo mismo porque mi profesión no es precisamente la comunicación social. Pero sí un rechazo a quienes con título o sin él hacen de este oficio un mar de maliciosas prácticas,

Por estas y decenas de razones más, en el país se necesita ponerle fin al cuentico de que perfiles o páginas en redes sociales son casas editoriales o empresas de noticias. Hay que combatir la vulneración de derechos fundamentales a través de los medios de comunicación. Los periodistas sólo pueden tener un fin social y no uno casi que criminal ya que es muy similar a la estafa y la extorsión.

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