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El techo de mi casa y el árbol de brevas de los vecinos

Por ÁLVARO CAMACHO ANDRADE

Muchos de los momentos más felices de mi infancia los pasé sobre el techo de mi casa que era una construcción vetusta, con techo de zinc que no ocultaba el óxido, no muy ancha pero sí muy larga, con zaguán florido, un segundo piso con tres cuartos forrados en viejo papel de colgadura, la forma de este piso era angular y ocupaba media casa, tenía balcón con vista a la calle desde la cual por su aspecto parecía una casa embrujada. El cuarto de arriba que era el más grande era la alcoba de mis padres, un pequeño lugar de descanso frente a las escaleras de madera y dos enigmáticos cuartos que siempre estuvieron cerrados porque eran el taller de relojería del señor Algarra, dueño de la casa que era un viejito bonachón paisa a quién solo vimos unas pocas veces antes de que se fuera a vivir a Medellín donde falleció.

Abajo, la sala el comedor y los cuartos eran con piso de madera que semanalmente viruteabamos y brillábamos con cera amarilla y trapos hechos de la ropa que ya no servía. En el centro de la vivienda estaba el patio espacioso, con la cocina y el baño y al fondo después del gran lavadero dos cuartos grandes uno al lado del otro, con una sola entrada, uno de ellos era la alcoba donde dormíamos Julio mi hermano y yo, en el otro funcionaba el cuarto oscuro lleno de químicos, botellones oscuros, ampliadoras, cámaras, negativos y papel donde mis padres revelaban sus fotografías. Bajo los cuartos del señor Algarra, sobre la cocina, el baño y nuestras habitaciones todo era techado también de zinc.

Cuando mis padres nos castigaban a Julio y a mí por alguna pilatuna no nos dejaban salir a la calle, por esta razón y para no aburrirnos aprendimos a subirnos al techo, por el lavadero saltábamos al muro que dividía la casa con la de los Morales y listo. La primera vez me di cuenta que hacía muchos años nadie se había subido, encontré muchas cosas, dos pelotas de letras tostadas por el sol, trozos de alambre de púas, zapatos de suela rotos, una llanta de moto, tapas de gaseosa, una silla de madera con tres patas, una pelota de golf, un hula hula, tablas y otros checheres ¡Todo lo tiraban al techo ¡.

Desde el techo vimos que el patio de los vecinos era más grande, muy organizado con muchas matas de flores, un gran árbol de brevas y no recuerdo bien pero creo que uno de curuba. Muchas veces me subí al techo y pasaba la tarde allí hasta que escuchaba la llegada de alguno de mis padres. Un día después de algún tiempo sin subir sentí el aroma del árbol de brevas, vi que tenía cientos de frutos verdes y maduros, una rama gruesa pasaba sobre el techo del cuarto oscuro, me percaté que los vecinos no estaban y logre llegar a las brevas moradas a través de la rama, comí todas las brevas que pude y llamé a Julio para que alistara un canasto, yo cogía las brevas verdes y se las tiraba, llenamos la canasta, en la noche se las mostramos a mi mamá que nos preguntó su procedencia, Julio le dijo que yo me las había robado, mi madre le dijo a mi papá quién me dio una moderada pela y llevó la canasta donde la señora Colombia la vecina, le contó lo que habíamos hecho, ella no puso mayor problema, solo nos recomendaba que no lo hiciéramos de nuevo y nos dejó las brevas, al otro día nos invitó a subirnos al árbol para que cogiéramos muchas frutas para que no se perdieran. Mi mamá preparó dulce de brevas con panela y no sé con qué más pero quedó delicioso, los Morales también hacían dulce pero no con panela sino con almíbar de azúcar lo que convirtió la preparación en una sana competencia, las de mi mama eran mil veces mejores según toda la familia Camacho, para ellos lo eran las pálidas brevas en almíbar.

El techo de mi casa fue el culpable de mi adicción al dulce de brevas, eso me llevó más adelante a incursionar en algo más fuerte cuando un jibaro me vendió una breva con arequipe, muchas veces he tratado de dejar el consumo pero siempre termino recayendo.  

ÁLVARO CAMACHO ANDRADE

Pd: Próximamente “El Taller del señor Algarra y el Ferrocarril de Antioquia”  

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