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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadEl tesoro que perdimos

El tesoro que perdimos

La cigüeña vino y en su vuelo trajo no sólo a un hermoso niño, trajo también una maleta y adjunto a ella un escrito, un manual de instrucciones, un derrotero, el camino que debimos seguir y no seguimos. El niño no sabía leer, así que la carta, la maleta y su contenido, quedaron relegados en un rincón, puestos allá en el olvido; en la buhardilla de la casa con los corotos viejos, la vajilla rota, los roedores, los objetos menos queridos. Las letras se borraron, la humedad las deshizo. El papel se volvió frágil, traslucido, no se lee ya el manuscrito. La maleta no se pudo abrir, está llena de polvo y el candado corroído. La familia se mudó, y todo cuando había en el altillo, se quedó en la vieja casa haciendo de basura, de cosas que sobran y se tiran como desperdicio.

Aquel bebé que trajo la cigüeña ahora es un lindo niño, tiene imaginación desbordante, ojos saltones y sonrisa de pícaro. Juega a volar en las nubes, subir hasta el cielo y conquistar el trueno, navegar por el Cosmos, viajar a otros mundos, hacer de astronauta, piloto y marinero.

Pasó de ser un alegre niño a un perturbado joven, las hormonas lo vistieron de arrogancia y necedad. Todo cuando parecía brillante ahora es oscuridad, el sonido de sus carcajadas son solo un eco que acompañan su soledad. Ya no ríe, ya no sueña, ya no juega, se quedó solo en su cuarto con la incomodidad de su recuerdo, la memoria de aquel que era en sus mejores tiempos, pero que dejó agonizar con sus decisiones y sus pretextos. Todo cuanto sale de su boca es un tóxico veneno que le roba vida a lo que toca y a quienes están a su lado padeciéndolo.

Se le ve malhumorado y afanoso, el bebé, el niño, el joven, el mismo hombre con ropa apretada, debajo de una piel tosca y sudorosa de un hombre que no es joven, pero que aún no llega a viejo. Sufre mucho por su suerte, por los pocos frutos de su vida inerte, por las metas que no alcanzó, los sueños que asesinó, la felicidad y los anhelos que, con los años, al diablo le negoció. Recuerda esos sueños brillantes, los recrea en su memoria, pasándose factura por haber desperdiciado sus talentos, peor aún, sus mejores tiempos.

Tuvo que mudarse al rincón de una vivienda ya habitada, un altillo empolvado, un lugar sucio y deprimente justo como se siente su alma. El rayo de luz en una noche de luna llena entró por la ventana del ático que ahora hacía de hogar. La luz incidente parecía señalar un lugar; una maleta vieja, arrumada en la oscuridad llamó la atención de aquel que quería con su vida acabar. Se acercó a la valija y tomó la empolvada carta. En la parte posterior del sobre leyó su nombre con una fina letra cursiva y al Lado, inscrita su fecha de nacimiento. Rompió con afán la cubierta y extrajo aquel escrito. Ya mucho se había perdido, la parte inferior no se leía, pero aún se entendía el principio, eran unas líneas que rezaban instrucciones claras entre lo que se podía y lo prohibido. Al contrario de sus creencias, todo cuanto había elegido, era justo lo que nunca debió haber permitido. Había una instrucción clara, escuchar siempre la voz que le susurraba al oído, no la que viene de la cabeza sino aquella que, como la carta y la maleta, tiramos al olvido. Con aquel descubrimiento entonces, volvió como en la carta, al principio y al ver las últimas líneas vacías, se dispuso a concluir su manuscrito

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