Escampavía – ¿Quién es el dueño?

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Por JUAN GUILLERMO ÁNGEL MEJÍA

Viajando por una carretera en el Japón encontré una mesa larga sobre la cual había productos del campo y una canasta con dinero. El vendedor, me informaron, regresaría al caer la tarde, confiaba en que cada cliente depositaría lo correcto, situación que también se daba en Europa cuando no había controles en el trasporte público, nadie hacía trampa; en Pereira hay una señora que vende, con mucho éxito, arepas y empanadas en la acera de su casa,  sitio en donde no hay control alguno sobre los consumos; la vendedora da como buena la declaración de cada comensal,  aquellos casos y el muy raro en nuestra sociedad, nos muestran cómo todo depende de una cultura colectiva, de respeto por lo ajeno.

Cuando nos lamentamos por la corrupcíón casi por unanimidad se responde que es culpa de los políticos, actitud que se parece a la del raponero quien se une a la multitud para señalar al horizonte y gritar con los demás cójanlo, cójanlo, cuando tiene el bolsillo el producto de su robo. De la participación de políticos en la corrupción hay evidencia incontrovertible, pero ello no es la explicación suficiente, las trampas son la norma, la noticia es la honestidad.

Julián Buitrago en un escrito que bien vale la pena leer, nos habla de lo que él llama el síndrome de la Casa de Papel; describe cómo la mayoría de quienes vieron la exitosa serie de televisión se ponen del lado de los delincuentes, aplauden cada triquiñuela para eludir a las autoridades y remata con el síndrome de Estocolmo, cuando la inteligente invetigadora termina  enamorada y cómplice del delincuente.    

Es un hecho que mucha gente se pone del lado del malhechor y en contra de la autoridad; también sorprende a los investigadores cómo muchos prefieren perseguir al culpable más que atender a la víctima. Todas estas son razones que nos hacen pensar que quien está enferma es la sociedad mal educada, desde el hogar donde el pequeño engaño es pan de cada día, por unos maestros, afortunadamente no todos ellos, quienes, como nos ilustra Moises Wasserman, pasan todas las pruebas del oficio mientras sus alumnos ocupan los últimos lugares en el concierto internacional.

Vale la pena revisar cómo lo que es patrimonio social, aquello que pertenece a todos, termina en manos de unos pocos y de esta manera se transforman de instituciones de carácter privado lo que es público. Hace carrera que quienes son beneficiarios directos de entes de carácter público, terminan controlándolo y utilizándolo en exclusivo beneficio propio.

Pero la corrupción no solo nos roba dinero, también se apropia de lo ajeno a través de la mentira. Dice la sabiduría popular que “el que miente roba” quizás por la experiencia colectiva; la nuestra es una sociedad que miente, lo cual ha terminado por ser una contravención menor, entre otras cosas, porque es practicado a todos los niveles de la estructura social. El mejor ejemplo es viral en las redes, donde se transmiten mentiras repetidas por las más altas autoridades; el mal ejemplo que nos diera el presidente Santos ha herido en materia grave la credibilidad en la autoridad y ha demostrado bien a las claras que haciendo trampa se gana.

Finalmente, la impunidad para los copartidarios o los que pagan, y la condena anticipada a los contradictores o a quienes no pagan, terminan como la cereza del postre; entonces una sociedad que no cree ni en sus instituciones, ni sus empresarios, ni en sus políticas, ni en sus jueces no será esa sociedad que busca desesperadamente a un mesías aunque después seguramente hará fila para crucificarlo.

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