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CrónicasEstremecimiento de la razón

Estremecimiento de la razón

Por GABRIEL ÁNGEL ARDILA

Dudo que a alguien deje de importar lo que está pasando. Pero para no seguir con lo mismo y en las mismas, brindo por los éxitos de los hoy famosos: Los que tiran la piedra y no esconden su mano; brindo por los que animan desde sus cómodas estancias a quienes, afuera, hacen el trabajo sucio.

Celebro no haber sido condenado a permanecer afuera y haber podido –aunque fuera algunas veces­– mirarlo todo desde adentro como si estuviera afuera, con independencia y ánimo de discernimiento como cualquier poeta.

Y vivo un dilema: o es que no entiendo, o me resisto –quizá– a pasar ligero y sin cuidado con el tema del crecimiento descontrolado y astronómico de las facultades de ciertas generaciones (las nuevas) de niños proclives a la digitalización de sus vidas. Eso de que son «nativos» en la era de ese desarrollo los dota de destrezas inexplicablemente amplias para operar esos aparatos y desarrollan las motricidades a eso exigibles y en eso se quedan. ¡Nacieron aprendidos y por eso les queda tan difícil ahora aprender! Porque intelectivamente nacen como con resistencias y por sobre todo actúan precozmente a nómicos: es decir, no reconocen límites y no están dispuestos a entender o digerir y menos para aplicar normas. Alguien los sentenció para ser toque de quiebre, o el lado flaco de la cuerda tensa que está rompiéndolo todo… hasta cumplir su felicidad destructiva.

Elemental: si no respetan en casa al hermanito o a la mamá y no tienen papá que gobierne o prevenga sus desventuradas reacciones (son reactivos), ¿cómo van a respetar a otros desconocidos o mucho menos a los que incitan sus peores instintos, por ser amenaza o comportar cualquier peligro para ellos?

Alguien me dirá que es «acto reflejo», eso es, casi automático y sin que por uno de esos quepa migaja de culpabilidad, eso de rechazar o ir contra los uniformes desde el gendarme o guachimán del barrio, hasta las insignias militares o eclesiásticas. No son de «los suyos» y pueden amenazar su «libertad»… ¡para cualquier cosa! Son entonces aptos para actuar rápido, pero sin mucha fortuna para pensar o balancear la razón u optar por el respeto, aunque no los hiciera tan felices…

Entiendo que les llevamos ventaja los de mi generación que sí gozamos de madres instructoras, educadoras, muy ocupadas en construir y urdir, de esa colcha de retazos que era la familia hilada con afectos hacia un buen «tejido social», como lo rotulan ahora, pero que ya (en tan corto tiempo) luce tan ralo y destejido.

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