Histeria artificial

1
56

Por:  Carlos Vicente Sánchez, Cavisa

Hace unos meses, cuando una presentadora colombiana de un programa de televisión utilizó los libros como porta cuchillos, hubo una desbandada de opiniones en contra de aquel acto considerado un atentado contra la lectura, ¿recuerdan?.

En un país en donde no se alcanzan a leer tres libros al año, saltaron, para mi sorpresa, millones de lectores indignados hasta las lágrimas por tan reprochable forma de utilizar un utensilio de cocina. (A mí tampoco me gustó el truco decorativo). Yo en lo personal, vi tal gesto de la presentadora como un acto anti higiénico. La verdad, me dio cierta repugnancia que un cuchillo húmedo, termine clavado entre hojas de papel de libros viejos y sin abrir (obviamente) propensos a hongos que, si no se toman las medidas de bioseguridad necesarias, suelen incluso acabar con la vida o salud de varios bibliotecarios del mundo.

De este hecho ya no se volvió a hablar, la catarsis terminó con un mal chiste de un humorista, los medios minimizaron la cuestión con bromas, no hubo una reparación o Phatos, como dicen los griegos, sino que se abrió paso, casi de inmediato, a las noticias de las manifestaciones anti raciales en Estados Unidos, el aumento de víctimas del Covid, las innumerables patrañas de Trump, las monumentales embarradas de nuestros políticos, es decir, cualquier cosa que nos hiciera sentir histéricos de nuevo.

Pero, ni siquiera así existió algún tipo de resarcimiento por nuestras torpezas, solo pequeños triunfos simbólicos, mediáticos, banales, que poco o nada contribuyen a las grandes y soñadas transformaciones que las viejas narrativas nos dibujaban en el horizonte de la utopía.

Por el contrario, a una suerte de solidaridad o indignación social colectiva, lo que sí nos hace salir a las calles de manera desaforada en este país, son las ofertas del mercado o la compra de papel higiénico, sobre todo cuando no nos cobran IVA. Aún así, en medio de semejante histeria colectiva, de esas calles devoradas, se ven las librerías desoladas. ¡Madre mía! A dónde se fueron todos esos lectores del Facebook indignados con una presentadora.

En nuestro país no se reacciona de manera colectiva ante la defensa de los derechos humanos, o los líderes sociales asesinados, ante los feminicidios, ya casi cien en 7 meses, ante la grosera transacción de una indígena Wayuu en un programa radial. Nuestras protestas suceden solo en el Facebook, lo que nos hace parecer políticamente correctos y asumir una suerte de pose de salvador con la que nos sentimos a gusto.

El Facebook, que se convirtió en nuestro mejor rostro político, un borrador que nos permite señalar con evidente rabia cualquier cosa que nos disguste, la cual hacemos que desaparezca de nuestra vida con el único propósito de sentirnos moralmente superiores, pero, el problema sigue ahí, como el Covid.

La discusión se volvió un asunto de postura que ya raya en lo ridículo: las estatuas tumbadas en el mundo y la solicitud de la cancelación de un clásico del cine como lo es «Lo que el viento se llevó», las arbitrarias correcciones estéticas o de la historia misma, que sin medir contextos se tranzan por igual, solo para demostrar, a quién sabe qué extraterrestre, que buscamos ser una humanidad intachable que merece la salvación, como si el mundo no estuviera lleno de imperfecciones.

Entonces quienes nos arrastran a una suerte de nuevo fascismo ya no son los políticos (cada vez más desprestigiados y reducidos por el mercado), ni algún líder con bigotico o con peluquín amonado, tampoco un filósofo o redentor dispuesto a inmolarse como en los viejos tiempos, sino algo peor y menos noble: las máquinas y microchips a que conducen nuestras tendencias.

Ahora comprendo la advertencia de algunos visionarios sobre este tema de la Inteligencia Artificial. Un computador ya supo medir nuestra estupidez humana, y gracias a ello hizo las complejas ecuaciones para que se eligiera a Trump, se escogieran presidentes autoritarios, o se amontonara la gente dispuesta a linchar a alguien porque usó un libro de portacuchillos. ¡Y en vez de leer como un acto de protesta!, miles salieron desaforados a comprar un televisor en promoción para, quizás, ver a dicha presentadora de nuevo dar consejos de decoración. ¡Qué rotundo fracaso!

Tenemos como especie, el privilegio de leer para ser libres y no esclavos, grandes autores como Orwell, Bradbury, Huxley, Wells, entre muchos otros, nos habían advertido la sociedad que estábamos construyendo y hacia dónde nos precipitábamos. Theodor Adorno visualizó la industria cultural antes de que a esta le crecieran sus terribles tentáculos, pero en vez de evitarlo, preferimos aceptar dicho futuro, e incluso empujar un poco más a la humanidad hacia el precipicio. La caída es nuestra ignorancia.

Los libros existen como brújulas, son faros, (esto ya es otro lugar común). Pero no sobra repetirlo una y otra vez. Y lo que ellos nos enseñan es que de la catarsis debemos saltar al Phatos, a una acción reparadora, pero algo nos detiene de dar ese paso, y la inteligencia artificial parece haberse percatado de esto mucho antes que nosotros. Algo no nos ha permitido que por tiempos reparemos el daño, sino que nos quedemos en el grito histérico, y cuando creemos que estamos reparando algo, resulta que terminamos tumbando estatuas, quemando libros, censurando películas, asesinando hermanos, maquinando venganzas, cambiando leyes a nuestro antojo o haciendo trizas la paz. Lo que sospecho, muy intuitivamente, es que esto quizás se debe a la incapacidad que tenemos de llegar hasta el final de un libro, para comprender la estructura de la vida.

Los griegos tenían la brújula en sus tragedias, nosotros las perdimos por pura y física falta de lectura, y la gran máquina de la I.A. se aprovecha de nuestra ignorancia haciéndonos tomar decisiones ridículas. ¿Habrá posibilidad alguna de reivindicarnos? Yo creo que sí, y esta leve luz la brinda una pizca de humanidad, o la misma palabra, (escuchada, escrita, cantada, gestualizada) que todo lo inventa, que todo lo puede, que libera.  Entonces, A leer se dijo, para ver si abrimos al fin el paracaídas.

1 COMENTARIO

Deja tu comentario

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí