Cuando voy por la calle y me acuerdo de ti, me lleno de alegría, de ganas de vivir.
Cuando voy por la calle y me acuerdo de ti, qué cosa no daría por estar junto a ti
Jaime R Echavarría
La calle, ese espacio que fue nuestro primer patio, nuestro primer estadio, nuestro habitar del primer amor, donde aprendimos a ser con otros, a ver en el otro al hermano, a sentir como sienten los otros, a que lo mío es de todos y a la vez, a ser parte de, a tener algo propio. La calle era nuestra, como lo era cada puerta, cada ventana, cada casa, cada patio (las casas tenían su buen patio con huerta y con gallinas en algunas, como en la mía), conocíamos y amábamos cada persona que esa calle habitaba, dese los niños hasta los mayores.
Llegué en 1962, de 17 años a la carrera 10 con calles once y doce en Santa Rosa de Cabal – luego se distinguió como La calle de La Porra (una cantina muy concurrida por los señores jóvenes e importantes del pueblo).
El primer día, me pareció una calle (era carrera, para nosotros, la calle) muy sola y lejísimos del parque – cuatro cuadras- , pero el parque nunca importó tanto como esa calle.
La calle nuestra, sin pavimentar y más adelante se unieron los vecinos y mediante el sistema de valorización, la pavimentaron pagando las “módicas cuotas” para la administración y para mí que pagué la nuestra con mi sueldo de maestra, eran cuotas altísimas. Y no importaba, pavimentada nos gustó más.
En cada casa unos padres, unos señores, unos matrimonios queridos, dignos de veneración y de respeto, a quienes queríamos todos.

Fotografías aportadas por los hijos. Hubiera querido tener fotografías de todos.
Leonardo dijo un día cuando creció: “cada casa era nuestra como lo era nuestra la calle y cada papá era papá nuestro y en todas las casas comíamos y en todas nos podían regañar”
Éramos una familia: Don Antonio Mesa ( trabajaba en un juzgado, gran señor) y doña Rosa Cortés, don Carlos Restrepo ( comisionista) y doña Margarita Hincapié, Don Norberto Ossa ( cafetero) y Doña Belisa Gómez, Don Argemiro Sierra ( Ganadero y papero) y Doña Carlota Mejía, Don Néstor Villegas ( Contador) y Doña Susana Restrepo, Don Cleóbulo Giraldo ( taxista y mecánico) y Doña Olga Ospina. Ellos eran de los jóvenes junto con Don Silvio (carnicero) y doña Ofelia Ramírez, don Rubén Sánchez el de La Porra y doña Alicia (gran costurera), don Enrique Valencia ( el supervisor e historiador) y doña Ofelia López, Don Eleázar Arias (el mejor barbero) y doña Anita Acevedo, Don Polo Ospina y doña Cleosilda Pérez ( maestra como yo, pero con muchísima experiencia), Don José Manuel Vargas ( Carnicero) y Doña Araceli Delgado (excelente conversadora), Doña Saturia Restrepo y don Arturo Sáenz cuyos hijos todos eran cantantes de tango los mayores como Hernando (lo recuerdo en La Pampa) y de baladas los menores, Diego y Humberto, don Carlos Martínez ( ganadero y agricultor) y doña Elvia ( dama de oración), las Cardona, Doña Carlina la mamá y Leticia la hija mayor (tenía tiempos en que se convertía en una gran oradora y filósofa), Don Jaime Jiménez ( maestro respetable) y doña Carlina, don Pedro Olaya (el único que tenía carro y era su herramienta de trabajo, vendía material didáctico y era viajero) y Doña Amparo Quintero; ese carro con su amabilidad y buena voluntad, muchas veces fue carro de todos, él era quien solucionaba problemas con su vehículo.
Cuando la calle acoge, forma y sobre todo llena el alma, cada uno de los hijos (eran familias numerosas con niños y jóvenes) , era más que hermano de los otros y pasados tantos años, así nos sentimos aun cuando muchos emigramos y cuando volvemos y nos encontramos, sentimos el mismo cariño y disfrutamos de los recuerdos.
Fue la calle, nuestro albergue comunitario, nuestro campo de recreo (nos reuníamos para saltar cuerda, jugar quemao, cocli cocli, a policías y ladrones, a charlar, contar cuentos y cantar sentados en los andenes, a organizar comitivas y caminatas). Fue también el espacio de los primeros amores.
Allí empezamos a coquetear desde la ventana, a recibir las visitas de novios desde ellas, a esperar las últimas, a recibir serenatas y tarjetas de “Amor es” o las cartas en esquela y a hacer firmar nuestra libreta de autógrafos. Es así, que sigue siendo nuestra calle diez, aunque es carrera y ella se extendía en amistades a los lados y hacia arriba y por eso recordamos y seguimos queriéndonos con los Pinzón ( empleados públicos) , los López ( Don Eliseo ( finquero ) y Doña Amalia, los Ramírez ( varias hermanas unidas ,dueñas de almacén, enfermeras y buenas vecinas, Los Gil (con Sacerdote a bordo), los Loaiza (donde teníamos el “bramadero” y el mejor maestro de matemáticas, don Uriel y de allí surgió un gran pintor, Jair), los Hurtado de Don Ramón y Doña Ofelia, Los Salgado ( Don Manuel y Don Carlos ( Comisionistas ) y Doña Marina Martínez, los Ortiz y Paneso (el papá carnicero y la mamá Aleida la gran conversadora) , los Giraldo, Don Luis ( con la Panadería Francesa ), los Aguirre (finquero y agricultor), Los Cardona, los Vásquez (vendedor de verduras, Don Juan), los Benjumea, los Ruiz, los Velásquez ( dueños de buses), los Mesa de don Hernán ( el constructor) los Rojas (finqueros) .
Qué familia más maravillosa y hermosa la de nuestra calle diez, donde los que éramos jóvenes hoy ya son suegros o abuelos y los niños son profesionales. Con el tiempo se vincularon otras familias que seguimos queriendo y recordando, muy jóvenes Amparo Arboleda y Jorge Alonso Hincapié, Don Gustavo Palacio (ganadero y papero) y Doña Alicia Rincón.
De esa cosecha hay escritores, maestros, administradores de empresas, abogados, ingenieros, directores de revistas, músicos, hoteleros, comerciantes, amas de casa excelentes, jueces, sacerdotes, religiosas, médicos, poetas, pintores, curadores de arte, reinas de belleza, deportistas. Y hablando de estos, Diógenes Sierra, Carlos Giraldo, César Arbeláez que llegó después, Jairo Serna.
Una cosecha milagrosa de la cual todas las manzanas fueron hermosas y jugosas.
La Calle diez, aquel lugar que fue nuestro, que hoy, apenas reconocemos sus fachadas porque desde que la convirtieron en zona rosa, se volvió grisácea. Aún así, cuando voy por esa calle, me acuerdo de ti, de ti, de él, de ella, de ellos, de todos.



Todo un rosario de nombres y recuerdos de alguien que como la maestra de maestras Amelia, nos pinta un cuadro de añoranzas y amores por nuestras calles y vecindades. Me gustó el saber que las líneas por ella escritas sean parte de un CIVISMO implícito y tan dejado atrás, pero cuya vigencia nos llama a gritos silenciosos que todavía estamos gozando de la vida, que un día nos fue concedida por el Gran Señor Dios. Gracias mi estimada Amelia. Su artículo toco mi alma, y espero que la de muchos otros lectores también.