La caída del mito

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Por Hernando Ayala M. 

Cuando el imperio de la ley soportado en su estructura por el pilar de la legitimidad que confiere una sociedad sintonizada por convicción plena con las políticas públicas que materializan en la realidad el goce efectivo de los derechos para todos sin exclusión, ahí en ese punto es posible conocer y vivir la dimensión verídica de una democracia genuina, fidedigna.   

Más de la mitad de ciudadanos habilitados para sufragar, elegir y legitimar la democracia colombiana, no ejercen el derecho deber de sumar su decisión en las urnas para fortalecer la legitimidad de las instituciones invocadas como razón abstracta para hacer lo que hacen quienes reciben el mandato ciudadano con la tercera o cuarta parte de los votos que deberían expresar confianza plena en el ejercicio democrático.

Los mandatarios son elegidos de manera habitual en una sociedad que vive copada desde los medios de difusión focalizada en la política partidista y en la expectativa de quien se hará a las credenciales en las próximas elecciones para controlar el erario. En Colombia la patria es el erario con la burocracia.

Con esa precaria legitimidad frente al universo de electores, al presidente de la república lo eligieron uno de cada tres colombianos aptos para sufragar, durante las elecciones de 2018 en una fragmentación que divide inclusive a quienes votaron por el hoy mandatario en ejercicio en la mitad de su tiempo, con una coartada, contingencia que supondría el desbalance de la gestión que debía unir a la sociedad según su promesa.

La coyuntura sigue arrojando hechos inéditos como el suceso judicial más ruidoso del siglo en la parroquia, una orden de detención domiciliaria por primera vez para un expresidente de la república, no por expresidente sino por acciones investigadas con relación a su investidura de senador consecuencia de su decisión de seguir activo en el proselitismo de su partido político.

Este episodio desató una tormenta de desinformación, manipulación de ciudadanía presa del fanatismo, sin ponderación ni pensamiento crítico, que agudizó la crisis emocional y de salud mental que la pandemia y el encierro han creado en cinco meses de confinamiento y alteración de la normalidad que no volverá igual.

En ejercicio de su parcialidad como correligionarios ideológicos del encartado con la decisión judicial, el caudillo de este siglo en territorio colombiano, desde el presidente de la república, toda la militancia en la burocracia y corporaciones públicas, medios y periodistas aliados distorsionados por diversas razones,  hasta los ciudadanos, han clamado por una crisis adicional a todo lo que hoy vivimos, con anuncios como el posible incendio del país en un mega bogotazo siglo veintiuno ampliado a todo el territorio tricolor.

Al menos cuatro de cada cinco colombianos no están en la frecuencia de quienes así piensan. No es para menospreciar la realidad de un segmento de los colombianos incendiados por dentro por cuenta de su dolor político partidista y su clamor de hacer valer el control del poder gubernamental aún a costa de la real democracia.   Amén de lo anterior, el sismo de menos de 5 grados en la escala de polarización de uno a diez, dista todo de ser el terremoto de grado sumo que mentes incendiadas han querido propagar. La mayoría de los colombianos andan en otra realidad de sobrevida. El país seguirá incendiado por dentro con procesiones diversas, pero lejos de un terremoto, tsunami, o conflagración total soñada por fanatismos delirantes.

Hernando Ayala Melgarejo

Twitter @AYALAMELGAREJO

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