La salida de Luis Carlos Vélez de la FM no habla mal del gobierno de Petro como muchos pretenden hacerlo. Habla mal de los medios de comunicación y de la prensa en general. El actual gobierno no ha presionado la salida de este periodista a pesar de que esas son cosas a las que nos hemos acostumbrado en esta patria en la que la verdad —un concepto relativo— se vende al mejor postor. El quid del asunto es que una empresa radial de la magnitud e importancia de RCN terminó priorizando a «don dinero». La organización Ardilla Lule, propietaria de esa cadena, tiene intereses económicos poderosos en la celebración de un evento de carácter mundial —la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad— que se llevará a cabo en Cali este mes, con la presencia de varios jefes de estado. Luis Carlos Vélez se vino lanza en ristre contra ese certamen descalificándolo categóricamente. Era previsible entonces. Él era el director de uno de los medios más importantes de Colombia, con uno de los más altos rating y con una extraordinaria capacidad de penetración en la opinión. Sus críticas, mordaces pero contundentes calaban con fuerza en la audiencia nacional. Así que atacar un acontecimiento como ese donde sus jefes tenían grandes afectos era por lo menos una insensatez. Le costó la cabeza.
En una época en la que la radio y la televisión afrontan severas crisis económicas parece difícil, o quizás imposible, sobrevivir sin el amparo económico de los gobiernos de turno. Pero RCN, como pocas empresas del medio, al ser propiedad de uno de los grupos económicos más fuertes del país, parecía no necesitar de esas ayudas. Esta realidad hacía suponer su independencia y objetividad, pero siempre aparece «don dinero» y desviste los inmensos conflictos del difícil y controvertido tema de la libertad de prensa.
La nuestra es una frágil democracia en la que la mayoría de los colombianos participa electoralmente con una clara y marcada dependencia hacia los elegidos originada en votos «comprados» con puestos, contratos, auxilios y favores. En los tiempos actuales esa figura de gobierno está sometida a tormentas que se desprenden de las nuevas maneras de transmitirse la información. Internet y las redes sociales lo están cambiando todo, especialmente la política: las campañas electorales ya no se someten a apretadas agendas que implican inmensos y forzosos desplazamientos a los sitios más difíciles de las ciudades y más recónditos de la geografía nacional. Ahora lo importante es manejar las redes sociales. Pero es tal poder que ellas han adquirido que las hace manipulables. Hoy es difícil saber si una noticia de Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o WhatsApp está ceñida a la verdad o si es tan solo un montaje para manosear a la opinión pública. Y lo más grave de todo esto es que está demostrado con creces que la casi totalidad de esas informaciones son falsas —fake news— y que lejos de informar nos arrojan por el abismo.
Los pocos medios de comunicación tradicionales que aún subsisten en Colombia compiten angustiosamente con todas estas redes, pero tienen en sus manos la inmensa responsabilidad de ceñirse a la verdad, de ser independientes y objetivos, de ser luz en la poterna y guardianes de la heredad. Lamento mucho que el canal Uno y su noticiero CM& —la red independiente— hayan naufragado en esta crisis y al final sucumbido a los coqueteos del capitalismo salvaje y que a partir del mes entrante sean propiedad de Caracol y del grupo Prisa. La prensa en nuestro país es cada día más un lamentable monopolio.



Con todo respeto, pero lo que Vélez hizo, no fue un comentario crítico, ni su concepto, fue una burla a un gran evento de esta magnitud. Se mofó y no del evento en sí, su comentario burlesco, fue contra el gobierno el que él, cómo su papá no disimulan su odio, por temas de ideología política y un periodista, no debe anteponer su criterio político al cumplir con su deber cómo tal. Una cosa es ser crítico al que está en su derecho a ser visceral en su clara oposición.