La estatua de la discordia.

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“Este juicio lo enmarcamos dentro de un compromiso que tenemos frente a la memoria colectiva de nuestra sangre, razón por la cual estamos convocados a reescribir la historia liberándonos de toda huella producto de la colonialidad del saber”

Extractado del comunicado de autoridades indígenas del sur occidene

Citado en Revista SEMANA del 17/09/2020

Por Miguel Ángel Rubio Ospina

Quien domina los símbolos es poderoso, escuché decir una vez en alguna de mis clases de Literatura o de Lingüística de la universidad, o ya no recuerdo si lo leí en algún ensayo de los muchos que por entonces nos asignaban los profesores, no tengo un origen preciso de donde escuché, leí o sé eso, pero para este caso no importa mucho.

Sin embargo esa frase tiene un sentido total, cuando uno se detiene a pensarla, a rumiarla con estomago de vaca, a reflexionar sobre lo que a diario ve, oye, entiende, y vive en este país, y comprende que estamos minados de símbolos políticos, históricos y culturales, que construyen y determinan nuestro ser y acontecer en cualquier lugar del mundo donde nuestro pie pise.

Escribo sobre esto, porque me enteré ayer en redes sociales y por supuesto refrendé la información en otros medios, que un grupo de indígenas de la nación MISAK, derribó una estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar, ubicada en el sector del Morro, un sector emblemático de la ciudad de Popayán capital del departamento del Cauca. 

Este acto me pone a pensar en una paradoja, entendida esta figura retórica y de pensamiento en la que confluyen dos premisas contrarias que construyen, sin embargo una conclusión verdadera. ¿Por qué digo entonces que pienso en una paradoja?.

En primera instancia, porque el acto de derribar una estatua, que representa un personaje de la historia nacional, estatua que por lo que recuerdo, cuando la conocí estaba y está abandonada, como el sinfín de estatuas  y monumentos de héroes de la patria desperdigados por Colombia a los que el estado y la sociedad civil no paran bolas y dejan acabar por razón del tiempo, la lluvia, las palomas, la indiferencia y el desconocimiento de la historia nacional, les advierte a los políticos siempre ignorantes de todo, que la historia está ahí con nosotros, que sus lecciones son inevitables y que es necesario no solo contarla y contextualizarla para las nuevas generaciones, sino preservarla como un vestigio de lo que fuimos, una idea de lo que somos, y una prospectiva de lo que podemos ser.

La hipocresía del alcalde de Popayán y de las autoridades por una estatua rayada y en mal estado, quienes mostraban en las cámaras su desconcierto ante tal acto, deja ver un oportunismo con la historia que les permite soslayar debates de fondo más importantes. ¿Sí de verdad les importara la estatua del conquistador, por qué entonces permiten su deterioro?

Creo que los payaneses más jóvenes y muchos muchachos hoy en el país, no sabían, ni tenían ni idea de quien es Sebastián de Benalcázar y porque para los indígenas del pueblo MISAK derribar este monumento es un símbolo vindicativo con su historia de opresión y esclavismo. Es más, mucha gente en el país debe estarse preguntando quienes son los MISAK. Porque Colombia vive al garete su historia, donde estaría el sustrato de nuestra identidad y las respuestas a las preguntas de para dónde vamos y qué proyecto de sociedad queremos construir en el futuro.

La segunda premisa de la paradoja es la siguiente y la escribiré a riesgo de ser tildado de facista, derechoso y de que me pasé para el bando político contrario, allá cada quien si quiere entender esto desde su estrechez de miras.

¿Qué sentido tiene derribar una estatua? ¿Qué se busca con la destrucción de la memoria histórica, que aunque no nos guste, está ahí, para recordarnos lo que somos, lo que fuimos y lo que debemos y podemos ser, incluso, para aprender lo que no debemos ser, ni hacer, incluso para recordarnos dolores y errores que no debemos volver a cometer?.

Volver a reescribir la historia, cómo lo dice el comunicado de las comunidades indígenas del Sur, es una aspiración igual al blanqueamiento de la misma por parte de las élites; destruir al otro en el relato, no va a cambiar las condiciones actuales, somos una sociedad mestiza, nuestra lengua tiene vocablos venidos de las naciones indígenas como la MISAK entre otras, bailamos con la música hecha por las comunidades afrodescendientes y en nuestras familias, nadie puede (por fortuna) alegar pureza racial, y aunque en el referente histórico que aduce la nación MISAK de Belalcázar como un sanguinario y un esclavista es verdadero, hubiera sido más poderoso poner otra estatua que represente la fuerza, el poder la riqueza y la diversidad  indígena y afrodescendiente  de nuestra patria; pues ninguna de las dos visiones históricas, vistas desde el extremo, será del todo verdadera. Si ampliamos la posibilidad de mirar el fenómeno desde distintas voces, podremos reconstruir desde las lecciones de la historia, el camino de la reconciliación y la construcción de un proyecto de país en el que quepamos todos.

MIGUEL ÁNGEL RUBIO

@rubio_miguel

4 COMENTARIOS

  1. Ésta columna inicia con la frase «Quien domina los símbolos es poderoso» desde allí le agrego ‘Los símbolos tienen poder’. Creo que los MISAK como comunidad originaria del sur de Colombia tiene derecho a tumbar una imagen de opresión la cual a alimentado una cultura nacional de sometimiento inequidad y desaparición de quiénes son diferentes quienes además se le suma la connotación de salvajes y peligrosos, a quienes hay que desaparecer.
    Colombia es tan diversa y compleja que los monumentos e iconos nacionales están en deuda de ser replanteados y completados, los cuales corresponden legítimamente a quienes tienen el poder, y en en lenguaje guerrerista quienes son los vencedores y no los vencidos.

  2. Siempre tiene validez rechazar los iconos, que representan opresión, esclavitud, negación de derechos.
    Sostener símbolos que generaron exploración , es mantener vivo el sometimiento.
    Acabar con mesianismos, es urgente.

  3. Imponer a los indígenas la imagen del conquistador, es como imponerle a los judíos la imagen de Hitler en Jerusalén.
    O imponerle al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar la imagen de Garabito, es un absurdo, me uno a la campaña Alcalde yo fui.
    El arte no puede ser apología del delito aunque el delito se hubiera cometido 500 años antes.

  4. RUBIO este reaccionar retardado de dicha comunidad, podría verse como un disparate, pero a la larga el derriba miento del conquistador es un simbolismo de independencia para esta comunidad indígena

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