La hedionda meritocracia o un nuevo sionismo

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Por GABRIEL ÁNGEL ARDILA

La sentencia: «No hay peligro que una persona sin título de posgrado pueda enseñar en la Universidad…» duró algún tiempo causando escozor y gana infinita de responderla. Hasta que el profe Michael Sandel hizo conocer, en un libro, sus tesis frente a la hediondez que contiene la «meritocracia».

El profe de Harvard dice que es ideal atractivo escalar por méritos; si todos tienen las mismas oportunidades, los ganadores merecen ganar. Pero la meritocracia tiene su lado oscuro. Dos problemas alimentan nuestro alegato.

«Uno es que en realidad no estamos a la altura de los ideales meritocráticos que profesamos o proclamamos; las oportunidades no son realmente las mismas … Los padres adinerados son capaces de transmitir sus privilegios a sus hijos, no dejándoles en herencia grandes propiedades sino ventajas educativas y culturales para ser admitidos en ciertas universidades».

Allá (USA) hay más estudiantes que pertenecen al 1% de familias con más ingresos del país que al 60% con menos ingresos.

«Así, el primer problema es que las oportunidades en realidad no son iguales» y entonces si quienes tienen éxito creen haberlo ganado con sus propios logros y tienden a pensar que quienes quedaron atrás son responsables por estar así».

«El segundo es un problema de actitud ante el éxito que lleva a dividir a las personas en ganadores y perdedores. La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación a los quedados. Pero los partidos de centro-izquierda han respondido a estas desigualdades no buscando reducirlas directamente con políticas económicas, sino prometiendo ascender socialmente, lo que en mi libro llamo ‘la retórica del ascenso’.

Entonces, si creamos igualdad de oportunidades, no tenemos porqué preocuparnos mucho de la desigualdad; la movilidad puede permitir ascender de trabajos con salarios estancados a otros mejores. La titulitis es una competencia excesiva y clasista.

Ellos han ofrecido la retórica del ascenso en lugar de responder directamente a la desigualdad. En lugar de encarar la desigualdad ofrecieron el mensaje de que se podía conseguir movilidad individual si se accedía a educación superior. Para ganar en la economía global deberían sacarse un título universitario (y no basta solo el de pregrado), porque el dinero que uno iba a cobrar dependía de lo aprendido y estudiado, y si uno se esforzaba podía lograrlo, advierte.

Todos esos lemas son retórica del ascenso, y esos pensaron que era una forma inspiradora de alentar a mejorar su propia condición como individuos obteniendo un título universitario. Ese mensaje es inspirador, todo el mundo quiere creer que si trabaja duro, puede mejorar su condición.

Pero aunque puede serlo, por otro lado es insultante: Implica que si no has ido a la universidad y pasas mal en la nueva economía, la culpa del fracaso es sólo tuya. «Y eso, insisto, es insultante para muchos trabajadores».

Lo que las élites (políticas y meritocráticas) olvidan, es que la mayoría de la gente no tiene un título universitario. En Estados Unidos y Gran Bretaña, casi dos de cada tres personas no tienen un título universitario, pero ya exigen tres.

Es un error crear una economía en la que la condición para el éxito es un título universitario que la mayoría de la gente no tiene. Y eso vale también para Europa.

1 COMENTARIO

  1. De todo mi gusto esta columna; alrededor de esto hay mucha hipocresía; le cuento Gabriel, en una universidad local donde pagan a 18 mil pesos la hora, le dijeron a un profesional con 25 años de experiencia que no lo podían contratar porque por delante había un joven recién egresado de pregrado pero ya con maestría y que a ese señor sin experiencia le tenían que dar la plaza de catedrático, porque así lo dice el reglamento. Se queda uno pasmado con esa historia, un desastre para la educación y una injusticia con los profesionales que tienen recorrido en su oficio, experiencia que al parecer no cuenta. Esa tal meritocracia no existe. Y no escarbemos en el sector público porque ahí la hediondez es peor.

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