La historia que nunca se contó en la noche profana

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Por JERSON ANDRÉS LEDESMA

Juana había echado cabeza acerca de qué significaba el viejo tesoro del abuelo. Un cúmulo de historias familiares rodeaba semejantes apariciones alrededor de preguntas extrañas que iban de generación tras generación, versiones inventadas sobre aposentos de madera, cajas indescifrables que escondían los secretos más anhelados. De toda aquella magia tendida sobre sueños, pensaba ilustremente en su riqueza, lo difícil para ella es que no había una sola batalla jurídica en los estrados judiciales para que algunos integrantes de su círculo pelearan la vieja herencia. Eso la confundía. ¿Qué había en los inaccesibles rincones de la casa? ¿Dónde estaba el legado que con luz propia alimentó la historia de un hombre rico capaz de cambiar el mundo? Otra pregunta que la asaltaba era, ¿quién sabía de su ubicación? Todos insistían sin menor apego que por ahí rondaba el espíritu del abuelo aun vigilando que nadie lograra abrir sus íntimos recuerdos y menos que se rompiera con ello su memoria, ya que en el hogar nadie había merecido ocuparse de tan semejante suerte o destino. Pero Juana, de cuerpo pequeño y cabeza enorme, naufragó noches enteras alivianando sus corazonadas sobre la historia oculta que emanaba de las riquezas contadas por tíos, hermanos y uno que otro padrastro repentino, porque los padrastros, asombrados por tan vehemente futuro, terminaban desechos en cualquier momento producto de una frustración compartida quizá con alguien más sin mayor razón. Así que, para no levantar suspicacias, revisó acomedidamente las estanterías de la abuela como un asunto de favor en la organización de su ropa; tímidamente examinó baúles, armarios, nocheros, incluso, levantó las tablas de la cama, pero solo había periódicos viejos y revistas con poco fundamento. La casa era inmensa, le tomaría demasiado tiempo acechar cada cuarto, además, de elevar sospechas, las cuales no serían convenientes; sin embargo, su ansiedad la llevaba a que la tarea fuera interminable, inagotable para su aventura. La noche del 23 de agosto de 1984, pasó por el reflejo de su ventana un misterioso atuendo que parecía colgar de un hilo, danzaba rápidamente en círculo como si se tratara de un reloj de cuerda, entre más veloz se movía más oscura se hacía la noche, no había manera de percibir su extraña forma, así que de un momento a otro se hundió sobre el fango que acompañaba las orquídeas en las laderas de la vieja casa. Como un sueño hecho relámpago se desplazó a hurtadillas hasta el sitio no sin antes tomar algún abrigo, no había seña por el camino que revelara la aparición de una vieja estela, pero un pesado olor guiaba sus pasos agigantados, pero temblorosos, en la profunda oscuridad secreta de la historia de su abuelo, la vasta riqueza que cambiaría la condición humana; a nadie le importaba la detestable memoria de su pasado, solo ella estaba en el círculo profano, en la sublevación de su cosmos, en la agonía de su tiempo; el abuelo que no tenía ojos, pero que la alcanzaba pared tras pared, rincón detrás de cada rincón, estaba al tanto de la profanación de su intrigante deseo; Juana estaba despierta, Juana estaba despierta…

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