La historia vuelve a repetirse

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POR ERNESTO ZULUAGA

El mes de noviembre ha sido históricamente trágico para Pereira y para sus habitantes. En él, la época invernal se acentúa y se expresa en torrenciales lluvias que suelen originar grandes catástrofes. Pero adicionalmente el fin de año también se ha caracterizado por ser el período con mayor presencia de sismos en nuestra región como aquellos del 20 de diciembre de 1961, el 23 de noviembre de 1979, el 29 de noviembre de 1988 y el 23 de noviembre de 1990, todos ellos de amarga recordación.

A estas peligrosas circunstancias debemos agregarle que la ciudad está asentada en un valle fluvial con inmensos taludes altamente deleznables e inestables como los del tramo urbano del río Otún. Por cuenta de todas estas crudas realidades grandes desastres han acompañado el crecimiento de nuestra ciudad y precisamente uno de ellos, quizás el más trágico, fue el detonante que dio origen a la creación de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder) en 1982.


Tres años antes un deslizamiento de tierra, a la altura del barrio Risaralda, sepultó 80 viviendas y causó más de un centenar de muertes. Se hizo evidente la urgencia de actuar rápidamente en las zonas de alto riesgo para mitigar el peligro que acechaba a miles de pereiranos. Los primeros años de la Corporación se enfocaron entonces en la reubicación de mil 800 familias que se encontraban asentadas en esos peligrosos terrenos, con altas posibilidades de deslizamiento e inundación y en el tratamiento de las áreas que se iban recuperando.

Pero somos olvidadizos y también ciegos y sordos. El desconocimiento de la historia es casi siempre la causa de grandes siniestros y por consiguiente de enormes inversiones que pudieron evitarse. Desestimar la naturaleza conduce también irremediablemente a grandes tragedias. Es inconcebible que casi cuarenta años después de aquella emergencia del barrio Risaralda estemos viviendo otra de similares características.

No aprendemos la lección. En otro talud del río Otún se desprendieron, en dos oportunidades, millones de toneladas de tierra que afectaron cientos de viviendas y una de las vías más importantes para obviar el tráfico pesado vehicular en nuestras calles céntricas: la variante La Romelia – El Pollo. Muchos miles de millones de pesos se perdieron y otros tantos serán necesarios para resolver el problema generado. Y todo esto por la inoperancia de las autoridades que no solo han descuidado la vigilancia de las áreas de riesgo, sino que han sido laxas en aceptar los desarrollos urbanísticos que originaron la catástrofe.

¿Dónde están las autoridades? Los taludes del río Consota también están siendo invadidos desde hace varios años por la desidia de la Carder y del gobierno municipal. Cientos de viviendas se han localizado en el sector del Rocío sin licencia, sin servicios públicos y sin control de vertimientos. Para una enorme tragedia solo hace falta un fatídico noviembre con un invierno inclemente como el que estamos padeciendo. Vienen a colación dos refranes populares: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla” y “ No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”.

1 COMENTARIO

  1. Muy buena columna. Es importante recordar nuestras tragedias. Bien por expresar nuestras debilidades en materia de control urbanístico y debilidad y tolerancia de nuestras autoridades. Una corrección, la tragedia del barrio Risaralda fue en 1976.

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