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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadLa muerte de Rambo

La muerte de Rambo

«La vocación del arma es el blanco».

Manuel Vicent

 

El tiroteo empezó el miércoles a las 11:27 a.m, después de pedir el menú en un restaurante en las calles Santo Domingo y Teatinos, en el centro de Santiago de Chile. El televisor estalló con el enunciado de «último momento» y los cocineros, el administrador y un par de señoras presentes en el lugar, quedaron pasmados al escuchar sobre la persecución a un presunto terrorista en la ciudad. «Qué exageración… un terrorista» dijo un hombre sentado en la mesa contigua mientras pedía, con enojo, un salero. Luego de un silencio sordo se escucharon tres detonaciones con eco y el caos empezó: gritos, sirenas, puertas cerradas, portafolios en el aire, niños llorando, personas corriendo. El hombre del salero se escondió bajo la mesa y los demás salieron a ver qué sucedía.

Fue cuestión de minutos para que Santiago de Chile y su gente enloqueciera. Todo se movía como una caravana rodante y nada parecía conservar el orden. Impávido frente al hecho, pero con hambre, me quedé en la mesa hasta terminar el almuerzo: pollo con salsa escabel, croquetas de papa con queso y verduras, jugo de tamarindo y un postre tan pequeño que daba vergüenza comerlo. Posteriormente seguí la noticia por televisión:

«Cuatro agentes de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI), entre ellos Marcelo Morales y Karen Gallardo, fueron designados a una investigación en la comuna de San Bernardo, al sur de Santiago, con el objetivo de recopilar información sobre un posible hurto de cable eléctrico, denunciado por los vecinos afectados, que ya producía apagones constantes en el sector.

Vestidos de civil, y mientras esperaban dentro de las patrullas, divisaron una camioneta Ford F-150 roja y un furgón mediano en actividades sospechosas. Los agentes descendieron de sus vehículos con sus chalecos institucionales y fueron a solicitar la identificación de los conductores: Morales y Gallardo a la Ford, y la otra pareja, al furgón.

Previamente los profesionales fueron notificados que el conductor de la Ford F-150 roja, llamado Ítalo Jorge Nolli Olivanno de 68 años de edad, tenía una orden de detención por Ley de Armas, por lo tanto, recomendaron, actuar con cautela. Morales se acercó a la ventanilla para seguir el procedimiento, pero en cuestión de segundos Nolli descendió de su camioneta con dos pistolas Glock, una en cada mano, y descargó su furia sobre los dos policías: 40 disparos para ambos, casi todos, por la espalda.

Los otros dos detectives, aterrorizados, corrieron a sus autos para solicitar ayuda, pero también fueron alcanzados por las balas: el primero recibió un tiro en un brazo y el segundo fue impactado en la pelvis. Ambos quedaron totalmente inmovilizados.

Sin prisa, y con total normalidad, Nolli subió a su camioneta, no sin antes entregarle una factura de cobro a Raúl Campos, el conductor del furgón, y decirle a su hijo que huyera del lugar. Nolli aceleró en su Ford-150 para intentar llegar hasta su apartamento ubicado en el edificio Parque de los Reyes II, en las calles Cumming con Balmaceda.

Pese al tráfico vehicular, por ser hora del almuerzo, logró llegar a su domicilio, y una vez allí, sacó un chaleco camuflado, medicinas, agua, municiones y seis pistolas más. «No me voy a entregar», le dijo previamente a su pareja Mercedes del Carmen Valladares, quien lo acompañaba ese miércoles y que igualmente había huido en dirección a Maipú, a 10 minutos del lugar de los hechos.

De nuevo en su Ford-150, Nolli se dirigió hacia las calles San Pablo y Cumming, deteniéndose en una farmacia para abrir una caja de municiones, pero al notar la presencia de los policías que le seguían los pasos, intercambió disparos con ellos y dos agentes más de la PDI salieron heridos, al igual que algunos civiles que deambulaban a esa hora por el centro.

Ante el hecho, Nolli aceleró por el centro para darse a la fuga, pero el caos vehicular le impidió avanzar más allá de las calles Agustinas y Cienfuegos, ocho cuadras adelante donde había intentado rellenar las recámaras de sus pistolas.

 

Como una respuesta rápida para detener al sospechoso, el centro de Santiago de Chile, al mejor estilo del FBI estadounidense, se llenó de detectives y agentes encubiertos. Una furgoneta blanca frenó en seco y de allí se bajaron adultos, señoras con paraguas, ancianos con pipas y hasta jóvenes de entre 15 y 18 años con pistolas automáticas, metralletas y rifles. Corrían por todos lados intentando dar con el paradero del presunto terrorista que perturbaba la ciudad, pero no tenían una estrategia fija, ni una dirección concreta.

La situación se dibujaba caótica y parecía estar fuera de control. Corría las 12:32 p.m en el reloj y las sirenas seguían sonando alocadamente, y por momentos, se confundía el sonido de la ambulancia con el de las patrullas policiales, el grito de pánico con el grito de dolor de los heridos.

Nolli atrincherado en su auto, acorralado, y sin poder huir, comenzó a disparar por la ventana de la camioneta contra los más de cien efectivos policiales que ya lo tenían cercado. Las balas de ambos bandos iban y venían y la gente corría a esconderse de una «bala loca» como llaman a los proyectiles perdidos. El estallido duró solo un par de minutos, pero los detectives de la PDI de Chile dispararon casi 120 tiros sobre el objetivo. 30 de ellos impactaron la Ford-150, y únicamente dos balas, una en la cabeza y otra en el tórax, acabaron con la vida del Nolli o el «Rambo Chileno», apodado así por su prontuario delictivo y por su locura de creer enfrentarse a sus enemigos: el «Viet Cong», pues Nolli era un veterano de la guerra de Vietnam y aún no había sanado».

Terminada la noticia, continué con el postre y la ciudad volvió a la normalidad.

 

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6 COMENTARIOS

  1. Hola, muy buena narración: indudablemente hay un paralelo entre ese rambo y nuestro desquiciado local, Campo Elias el de la matanza en Pozeto. Miles de víctimas de la violencia en varias generaciones, prefieren perdonar e intentar regresar a sus vidas «normales», el perdon que causa mucho escozor entre quienes no somos víctimas directas de ninguna de esas violencias ¿Que tal que todas esas víctimas llenas de traumas, rencores y motivos, en vez del perdón, pudieran armarse y reclamar a ka sociedad y al estado por esos abusos?.

    • Estimado Danilo.
      No lo había considerado así, pero tiene toda la razón. Campo Elías puede ser solo uno de los cientos de casos en Latinoamérica, de hombres heridos psicológicamente por la guerra (II GGM, Corea, Vietnam, El Golfo, etc.) que intentaron reinsertarse en la sociedad, sin éxito. En fin, la ciudad y sus complejidades debe ser vista y atendida desde todo ángulo: económico, cultural, pero también médico-mental.
      Saludos
      _______
      Diego eFe

  2. Una noticia cotidiana narrada de manera magistral y al final con un profundo mensaje psicológico: la experiencia postraumática de la guerra. ¿Cuántos Nollis no recorren las calles norteamericanas y en poco tiempo las israelíes y palestinas marcados todos ellos por la insensatez de los gobiernos que ejercen violencia para imponer sus paradigmas de cualquier orden (políticos, religiosos)? Solo la expresión del arte en cualquiera de sus manifestaciones humaniza al ser. Un abrazo

    • Saludos Doc Uriel.

      Es cierto. Nollis hay mucho en y entre la sociedad. Personas que reprimen situaciones, traumas, vivencias y luego estallan mal gracias a un pequeño estímulo. Esto me recuerda la película «Un día de furia» interpretada por Michael Douglas. ¿Es impredecible el hombre? ¿Se considera la salud mental del ciudadano? Hay mucho qué pensar.
      Muchas gracias por comentar.
      Abrazos
      _________
      Diego eFe

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