La muerte del “cuarto poder” y el caos de las redes sociales

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Por Ernesto Zuluaga Ramírez

El internet revolucionó los mecanismos y la forma en que la humanidad se comunica y recibe la información. Ahora existen nuevos y muy diferentes medios que de manera inmediata nos transmiten todo lo que sucede en el planeta y más allá. Sin duda esto representa una gran conquista pues le quita las vendas de los ojos a cada individuo y le permite conocer con menos filtros lo que pasa a su alrededor. Antes, cuando el mundo tenía vigorosos sistemas de comunicación análogos y unilaterales liderados por la televisión, la radio y los periódicos, los seres humanos éramos receptáculos que solamente recibíamos información pero no teníamos la posibilidad de confrontarla ni de expresar nuestras opiniones. En aquella época nació lo que se denominó “el cuarto poder”, el de la prensa hablada y escrita. Los medios se convirtieron en poderosos instrumentos que manipulaban las comunicaciones y que tendenciosamente las vestían según sus intereses. El título sesgado, la deformación de los hechos o su amañada descripción, la omisión de algunos aspectos y muchas otras formas de desorientación se tomaron las noticias y los programas o columnas de opinión. Los gobernantes sintieron el chantaje y la coadministración. Incluso algunos llegaron a calificar irónicamente estos sistemas de información como el “primer poder” y no el cuarto.

Con la llegada del internet todo cambió. Los medios tradicionales se vieron apabullados por una explosión de nuevos canales y por el auge de las redes sociales capaces de transmitir la información de manera mucho más rápida y expedita, pero sobretodo con la posibilidad de interactuar. El individuo común y corriente, al poder expresarse y opinar, vivió una verdadera revolución. Pero no todo fue color de rosa. Por el contrario, las cosas empezaron a salirse de madre y aparecieron otros monstruos peores quizás. El otrora excesivo poder de los medios se cambió por otro descomunal e irresponsable como el que han ido adquiriendo estas plataformas. Llegaron Facebook con sus “likes”, Twitter y sus tendencias, Instagram y sus imágenes, YouTube con la asombrosa facilidad de convertir cualquier idiota en un “brillante” comunicador social y muchas más. Las redes se volvieron frívolas y falsas. Es difícil distinguir una información cierta de otra mentirosa. La capacidad de ser tendencioso y manipulador se puso al alcance de todos los seres humanos sin importar su nivel cultural, educativo o económico. Es desesperante –y alienante‑ ver a médicos, ingenieros, epidemiólogos, sociólogos y “profesionales” de toda índole, todos expertos en “coaching” y dueños de la verdad absoluta, posar de sabios y ofreciendo fórmulas mágicas para la solución de todos los males de la humanidad.

Un verdadero caos. La mitad del planeta tiene acceso al menos a una red social y la mayoría de ellos son jóvenes. No existen normas que regulen su uso y los padres de familia y los maestros aún no sabemos como enfrentar los peligros aterradores que se desprenden de esta realidad. Pedimos a gritos que se hagan controles pero nadie parece ser capaz de ponerlos.

Obviamente no todo es malo. Hay que reconocer que el mundo tiene hoy una voz e influencia que antes solo pertenecía a los medios y que la aparición de miles de nuevas plataformas ha contribuido a la creación de nuevas redes de mercadeo y comercialización de productos y a la generación de millones de empleos. Han nacido también movimientos sociales que fortalecen los procesos democráticos y de vez en cuando aparecen “genios” y personas sobresalientes que expresan ideas y reflexiones muy valiosas que enriquecen el crecimiento humano. El problema está en saber diferenciar —en medio del caos— qué es bueno y qué es malo.

3 COMENTARIOS

  1. Igual en la época del poderío de los medios de comunicación, los humanos teníamos el discernimieto, pero igual que hoy con la cantidad de publicaciones falsas no lo usamos.
    Los seres humanos compramos la información que nos gusta y a ella le creemos sin ningún tipo de filtro y desechamos o atacamos la que no nos gusta, sin ningún tipo de compasión.
    Lastimosamente no miramos que es bueno o malo como lo concluyes, sino que me gusta y que no.

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