La vacuna contra la estupidez

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Por: Luis García Quiroga

El pasado viernes 11 de septiembre en Caracol Radio, el periodista Gustavo Gómez entrevistó al médico colombiano Leonardo Abril, quien forma parte del equipo ruso de científicos que tiene lista la vacuna Sputnik V contra el Covid-19.

Abril tiene a su cargo nada más y nada menos que los ensayos clínicos en pacientes y asegura que la anhelada vacuna ya está lista, pero que el problema para masificarla es de logística, pues se requiere su transporte en bajas temperaturas.

Preguntado por qué estaba en Rusia, Abril dijo que había estudiado en la Escuela Latinoamericana de Medicina en Cuba y que luego de intentar un futuro académico en Colombia, pasó los exámenes pero fue rechazado porque “no querían comunistas ni izquierdosos”, viéndose obligado a cambiar su propio mapa mental viajando a Moscú donde estudió Neurocirugía.

Gustavo Gómez anotó entonces, que lo que nos hace falta es la vacuna contra los prejuicios y la estupidez, a lo cual Abril dijo que ya existía esa vacuna y se llama sentido común, que es el menos común de los sentidos.

Escuchando la entrevista recordé que en alguna parte leí hace algunos años, que el único libro que nunca se terminará de escribir es, La historia de la estupidez humana.

También recordé que cuando se habla de prejuicios, siempre viene a mi memoria que cuando trabajé en Bogotá, en el diplomado de Habilidades Gerenciales en 2010 en la Universidad de Los Andes, nos presentaron como modelo de análisis al sesgo mental de los prejuicios, el clásico del cine “Doce hombres en pugna”, película en la que la duda razonable le gana al prejuicio, y que recomiendo contra esa bacteria que nos pone en la cuerda floja del señalamiento de presunción arriesgada, casi siempre fatal.

“Qué desgracia tan infinita” (como dice el actor Diego Trujillo en su monólogo humorístico) saber que un compatriota de apenas 30 años de edad, es rechazado en su propia tierra y tiene que buscar un nuevo horizonte en un país lejano en el que en menos de tres años es incorporado a uno de los proyectos clave para la supervivencia de la humanidad, quizás, paradójicamente, para salvar la vida de quienes escudados con el arma innoble del prejuicio político, estúpidamente lo rechazaron.

Al igual que el doctor Abril, centenares de miles de jóvenes colombianos están esperando inútilmente una oportunidad para salir adelante, para merecerse un mejor futuro y una vejez tranquila y segura, lejos de la amenaza del trabajo por horas, que además de indigno, para poder tener derecho a una pensión decente tendrían que seguir cotizando en la eternidad.

Conozco empresarios que no están de acuerdo con estas medidas que se espera sean objeto de revisión en la Corte Constitucional porque según expertos, violan el régimen laboral vigente y lo peor, lesionan gravemente los derechos de los jóvenes que, de contera, como el doctor Abril (los que puedan) tendrán que buscar nuevos horizontes allende las fronteras.

Son centenares de miles de jóvenes que por carecer de capacidades económicas y de formación académica, están expuestos a vivir en los mundos subterráneos del rebusque y el delito, en cada caso recrudeciendo la informalidad y la violencia, porque si no tienen para llevar un mercado a la casa, mucho menos para salir del país a seguir los pasos del médico Abril. Quien piense diferente, seguramente tiene asegurado el desayuno de todos los días.

Es lo que el profesor de Derecho, Jairo Alberto Martínez, en su tesis laureada de doctorado en la Universidad Libre, llama “La criminalización de la pobreza” cuya obra sobre el delito penal de los jóvenes será publicada y ojalá nuestros dirigentes tomen en serio las propuestas que la tesis plantea, en la que con denuedo y pasión el profesor Francisco José del Pozo, de la Universidad Complutense de Madrid, asesoró al doctor Martínez.

Es en síntesis, el panorama sombrío que vive la juventud de nuestro tiempo y lo que les espera a las grandes mayorías de adolescentes colombianos. A los ninis (ni estudian ni trabajan) como bien lo señalan las estadísticas de desempleo juvenil en la cúspide tenebrosa del 30%.

Mientras tanto, el país asiste todos los días al sainete del juego de frases vanas y jugaditas venales de nuestra clase política y algunos sectores empresariales también en pugna por las migajas del poder y el banquete del erario.

A ellos habría que decirles parodiando lo que Bill Clinton dijo a sus asesores de campaña: “Son los jóvenes. ¡Estúpidos!”

Pereira, septiembre de 2020

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