Fundado el 9 de febrero de 2020
LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadLas dos orillas

Las dos orillas

Después de haber caminado un buen tiempo, me detengo bajo la sombra de un árbol para contemplar el recorrido, y ver hasta dónde me trajo el camino. Conservo marcas en cada una de mis piernas, debido a la cercanía con que caminé cuando me acercaba a cada una de las orillas. Ha sido principalmente una marcha zigzagueante, buscando siempre la sombra, para avanzar con comodidad. Sobre todo, al medio día, la intensidad del sol se torna sofocante, y no puedo elegir si caminar por la derecha o por la izquierda cuando está perpendicular; es indiferente mi elección cuando sus rayos tienen la misma incidencia. Pero antes de ese momento, o después de él, es preciso buscar refugio, encontrar la sombra. Siempre que tomé partida por uno de los lados, sentí que estaba en la orilla correcta, viendo al frente el calcinante reflejo del sol, pelo luego, cuando cambió de posición, lo hice yo también; resulta bastante conveniente bailar al son que el atardecer me propone.

La orilla a la que me acerco antes del medio día y los árboles frutales que allí encuentro, me recuerdan el amor por el otro, pero no un amor sano, no, uno aberrante; el servicio abnegado y desmedido, en el que siendo yo, me olvido de mí, para ocuparme de los asuntos de los que se deben ocupar los demás; entonces, la jornada matutina suele extenderse más de lo que debería, tornándose lenta y sufrida. En ocasiones me alejo de ella, antes de que el sol esté sobre mi cabeza, porque me agobia cargar en mi mochila más peso del que sé, debo tolerar. Camino en medio por algunos metros, hasta que la atractiva sombra del camino opuesto me invita a refugiarme en ella. Esta orilla me recuerda la calma de un rojizo atardecer, me invita a escucharme, a pensar en mi, y aunque su sendero está construido para vencer al ego, me vuelvo egoísta. Sus misteriosos árboles con musgos colgantes me hacen ver mágica y empiezo a sentirme demasiado especial. Tan diferente y mística que elijo permanecer en soledad porque nadie es digno de mi compañía. En el silencio que me proporciona esta orilla, he podido entender con claridad el sentido de la vida, me siento iluminada y miro con lástima a quienes viven tan confundidos. Camino por esa orilla tan absorta e introspectiva, que claramente no tengo contacto con el resto del mundo. De repente, se hace de noche y no puedo distinguir las piedras y trozos de madera en el camino. Debí detener mi marcha en el justo momento en que sucedió el ocaso. Estaba tan concentrada en mí, que no entendí que el sol quería descansar.

Mientras una orilla me pide que me olvide de mí, que deje de ser yo, la otra me exige que me olvide del mundo, para ser. Sólo me estaba refugiando del sol, a la vez que transito este camino que me conduce al lugar al que quiero ir. Pero, mientras lo hacía, observé como otros también caminaban en zigzag. Un numeroso grupo viajaba en la sombra de la mañana, sin acercarse a la orilla opuesta en el atardecer, por considerarla nociva. Otras personas viajaban bajo la sombra de la tarde, habiendo soportado el inclemente sol matutino, para no compartir vereda con los equivocados. El descanso bajo el árbol había terminado. En un corto fragmento de tiempo, pude concluir lo que me hubiera tardado una eternidad en comprender, sino me hubiera detenido  a beber un poco de agua. Al retomar la marcha, no me acerqué a ninguna de las orillas, decidí transitar por la mitad del camino. No tengo la necesidad de acercarme a ninguna de ellas. Renuncio a tener que renunciar a mí; así como renuncio a tener que renunciar al otro… Cada quien va por su orilla, con la certeza de que su sombra es la verdad inexorable; No se dan cuenta que quien no va bajo la sombra, está disfrutando del sol. Pero es más importante defender la sombra, que iluminarse con los rayos. Decidí construir mi propia verdad, reconociendo la sombra, pero eligiendo la luz; la luz que se ve en cada uno de los extremos. Entendiendo que mientras cada uno se ocupa de defender lo que es real ante sus ojos, la realidad para el otro, ocurre de otra manera. Ningún camino me ofreció la verdad, porque lo que vemos del mundo, es solo la representación que tenemos de él; y tus ojos jamás verán lo que ven los míos. A quienes me encuentre en el camino les sonreiré, aunque el brillo no me permita diferenciar su rostro.  Viajaré cómoda, yendo por la mitad de la senda, sin pertenecer a una orilla; siendo fiel a mis propias convicciones y llevando la piel canela de tanto recibir el sol.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Más articulos