Los maestros que admiré, mis héroes preferidos.

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foto upsocl.com

Por DANILO SALAZAR

En Colombia parece existir una campaña subliminal, encaminada a hacernos creer que solo los miembros de los cuerpos armados del estado son héroes ya que, por las características propias de nuestro país, inmerso  desde  hace varias décadas en un conflicto interno de baja intensidad, muchos soldados y policías han perdido sus vidas combatiendo a todo tipo de enemigos: guerrillas, para-militares, narcotraficante y delincuencia común.

Quienes combatieron de manera legal a los enemigos del estado,  falleciendo en el cumplimiento de su deber, son héroes dignos de todo honor y reconocimiento, y también lo son  todos los que se pensionaron después de sus años de servicio  leal, legal y honesto, y eso debe quedar muy en claro.

Mi desacuerdo con la doctrina de los héroes armados es que, al parecer por la cuota de sangre que estas instituciones han aportado en la construcción de una patria mejor para todos, los actos fuera de servicio, el exceso en la defensa, o algunas actuaciones, sinceramente delincuenciales de las fuerzas del estado,  como por ej. :  el extermino de la Unión Patriótica ( partido político legal, no organización armada ilegal en la clandestinidad), solo por hablar de un caso de escandalosa impunidad, han ocasionado que, en esta época actual, se haya puesto de moda, el  querer  tapar con un manto de la impunidad esos abusos,  se pretende estigmatizar y acallar a quienes los  padecen o denuncian, situación inadmisible y totalmente fuera de contexto en un estado de derecho como es el nuestro, de manera que se quiere imponer la perversa teoría de que el malo, no es quién actúa mal sino quién lo denuncia. Sutilmente,  se va generando una tácita doctrina de inimputabilidad que diría:  “así como ellos nos han defendido, no hagamos escándalo de sus faltas”.

No creo que, enjuiciar las malas actuaciones de quienes deben ser ejemplo de ética y honestidad sea propio de  apátridas; tampoco creo en la teoría de las manzanas podridas, algo debe estar fallando en la formación de nuestras fuerzas armadas. No pienso tampoco que todo este mal se debe mirar con lupa que es lo que pasa, y luego proponer los correctivos pertinentes; tampoco juzgo a los policías que pueden excederse, por ejemplo, en esos casos de manifestaciones que se desbordan y terminan en vandalismo, ver una turba intentado agredirlo a uno tiene que causar susto, y los seres humanos en situación de riesgo, no siempre logramos actuar con cabeza fría.

Mi teoría es que el país está lleno de héroes, heroínas y actos heroicos, para mí, el padre humilde que cría a sus hijos, de manera honrada y ejemplar, la madre humilde que  ayuda a su marido a levantar su familia sin prostitución, u otros malas conductas, el maestro que cumple a cabalidad su deber, el obrero sencillo y trabajador, el agricultor nuestro, honrado y esforzado y otros muchos  trabajadores, cuya enumeración sería muy extensa, son todos personajes heroicos y dignos de respeto y  reconocimiento.

Convencido de que los docentes son héroes silenciosos, cuyas únicas armas son las letras, quiero rendir un homenaje a algunos de los maestros que conocí en mis años escolares, que por su gran labor educativa y humana y su ejemplo, se volvieron inolvidables y paradigmáticos para mí: el primero de ellos fue don Ernesto Herrera, director de la escuelita Alfonso López Pumarejo, del barrio Boston de Pereira, mi profesor de primero primaria; en esos años no había kínder, y solo nos recibían en la escuela luego de cumplir siete años; don Ernesto fue además de educador integral, un gran señor y un gran líder social. Todos los lunes se recogía, entre los estudiantes, una contribución en especie:  arroz, panela etc. para entregar a las familias más necesitadas del barrio; a las 8 a.m. de ese mismo día había una izada de bandera y allí se enaltecían los logros de educadores y estudiantes y se castigaba en público a los estudiantes infractores de las normas de convivencia  en la escuela o  en el barrio, una de las cosas que más se reprendía, era el vicio de fumar cigarrillo; la marihuana, ni se nombraba todavía; los fumadores subían al escenario y luego de fumar parte de un tabaco, lo apagaban y se debían comer el resto, cosa que por lo general causaba vómito, curaba a algunos y  nos disuadía a la mayoría de coger ese vicio.  uno de los fumadores, que cada ocho día repetía fumada y mascada de tabaco, increpó al director y le dijo que era un fariseo, pues era  fumador  y luego los castigaba a ellos, por seguir el mal ejemplo que les daba. Don Ernesto le dio la razón, y siendo un hombre  ya mayor y fumador de toda la vida, prometió en público, ante toda la escuela, que dejaría el cigarrillo y tendría la autoridad moral para castigar  a los estudiantes fumadores. Durante dos o tres meses lo vimos taparse la boca con un esparadrapo, caminar como un león enjaulado por el salón de clase y alrededor de la escuela y casi rugir, porque su desespero, era causado por el síndrome de abstinencia ( cosa que no sabíamos en esa época), pero  como todo gran hombre cumplió la  promesa, logró dejar el tabaquismo y nos enseñó el valor de la palabra empeñada. Siempre lo admiré porque lograba ser una mezcla perfecta de: autoridad, consejero y amigo.

También quiero resaltar al Dr. Abelardo Valencia Cano, quien ejercía el cargo de  rector del Instituto Técnico superior de Pereira, cuando yo estaba en mis primeros años de bachillerato. hoy por hoy, pienso que los directivos del colegio en esa época eran muy liberales, pues permitían el ingreso al colegio de personas diversas, por ejemplo faquires, que mostraban sus espectáculos en el patio de la institución frente a todo el alumnado. No puedo recordar en  cuál colegio de Pereira, permitieron a  Pablus Gallinazo hacer una presentación acompañado de quién, seguramente era su pareja, una mona pequeñita, llamada Angelita; en esa presentación cantó “una flor para mascar”, maravillosa composición que describe, cómo somos los colombianos  que por desgracia, en ésta época actual, ni los jíbaros conocen. El Dr. Valencia asistió en su calidad de abogado, al decomiso de un cultivo de marihuana, llevó al colegio una de esas matas, sembrada  en una bolsa de almácigo, para que todos los estudiantes conociéramos la mata que estaba empezando a destruir a la juventud.  Nos llevaron  a verla, acompañados de  nuestro director de grupo; cuando le  tocó el turno a mi grupo, cerca del mediodía,  ya le faltaba una hojita a la mata. Al día siguiente, al inicio de la jornada académica, había una verdadera conmoción, habían quebrado un vidrio y se habían entrado y robado la planta. No supimos que pasó luego, y la historia  se fue  olvidando poco a poco; posteriormente, cuando éramos estudiantes de grados superiores, empezaron los rumores de que fulano, zutano y otros metían “maracachafa, fumaban  “la mona”, o que fumaban” bareta”, o los habían pillado armando  “un coso”, y cuando salí del colegio, los marimberos o mariguaneros como les decíamos, eran un combo grande.

De todos los profesores que conocí, siempre admiré a los profesores de Sociales por su  facilidad de palabra, conocimientos, don de gentes y capacidad de explicar el mundo, sus conflictos y particularidades, para mí, parecían  ser una especie de bibliotecas andantes con quienes se podía conversar, mejor dicho preguntar sobre  cualquier tema  y recibir una respuesta satisfactoria. Por eso en mi  vida  como educador, aunque inicié enseñando Dibujo Técnico, especialidad en que me había graduado como bachiller, terminé estudiando Ciencias Sociales,  para tratar de emular a aquellos maravillosos docentes.

Mi profesor de sociales preferido fue, don Antonio Montes, un hombre de buen  humor, sagaz, conocedor  del temperamento estudiantil, excelente conversador, excelente contador de historias y anécdotas y cómo no, excelente ser humano y acertado consejero juvenil, siempre  nos deslumbró con sus saberes y por su gran capacidad de hacerse entender, una vez un estudiante  en plena hora de clase le dijo: “ don Antonio, Ud. ayer nos dijo una mentira, que el Everest  mide 8.880 metros de altura, pero yo vi en un libro que apenas mide  8.860”, don Antonio sonrió y le dijo  con gran picardía,” no te preocupes por veinte metros  más o menos de altura, al fin y al cabo ni vos, ni yo, vamos a ir  a medirlo”. Siempre que lo encontré en Pereira, siendo yo docente, hablé con él, tomamos  tinto y me cansé de invitarlo a venir a Santa  Rosa para ofrecerle un almuerzo a él, y a su señora, a manera de homenaje y muestra de gratitud. Nunca pude concretar esa cita, que significaba mucho para mí.

Inicié  mi labor docente, al ser nombrado en el  “Colegio San José de Guanentá, integrado con la  escuela industrial” de San Gil, Santander,  prestigiosa institución fundada en 1822, por el General Francisco de Paula Santander.  Allí hice mis primeros pinitos educativos, cuando aún no era licenciado, y  tengo motivos para  agradecer  a toda una pléyade de grandes pedagogos, quienes fueron modelos de aprendizaje pedagógico, de inspiración para estudiar,  para  trabajar con  responsabilidad, de sabiduría para conocer, comprender y aconsejar a los estudiantes, y  para buscar la excelencia  en mi  labor como educador, grandes compañeros de trabajo que hoy son amigos del alma, gente inolvidable, con la que aun mantengo contacto telefónico, y que leerán este artículo. Otros, que llevo en el corazón aunque no he vuelto a saber de ellos, otros  muertos que recuerdo con gratitud, y otros a quien no nombraré, para evitar injustas omisiones.

Uno de mis maestros  preferidos de ésta región, fue para mí,  un gran  ejemplo de superación, don Emiro Durán, nacido en  Galán, Santander, un humilde ebanista, que al ser nombrado profesor, de la” Escuela de artes y oficios” ( primer  nombre que se le dio  a los colegios técnicos o industriales actuales), de Barichara, se  volvió  todo un  autodidacta, se  capacitó en su especialidad, y  se convirtió en un gran educador, lo conocí en los años finales de  su labor  docente, me honró con  su amistad, y pude disfrutar de su gran don de gentes, de su gran conversación  y hasta de las costumbres de su pueblo natal, donde la calidad de hombre adulto no se adquiría por allá  a comienzos del siglo XX, por tener cédula, sino por tener revólver y saberlo usar, si era necesario.

Otro profesor,  ebanista famoso, a quién solo  conocí de oídas, fue un profesor de Puente Nacional, apodado el tuerto pardo, quién al salir pensionado, logró el sueño de comprarse un lote rural, construir su casa allí y dedicarse a vivir en un ambiente bucólico, sus últimos años de vida; buscando un buen  nombre para su propiedad, notó que había casa quintas, con bellos nombres femeninos como: Villa  Amparo, Villa Diana u otros similares, por socarronería y para no ser el de menos, decidió que el mejor recordatorio de su labor docente, era llamar a su paraíso de ensueño  Billamarquín, nombre de  una herramienta para trabajar madera, llamada también  Berbiquí.        

2 COMENTARIOS

  1. Lindo y escaso valor : la gratitud.
    Un homenaje con validez en el tiempo el que el Señor Columnista hace a sus docentes, a sus colegas, lo que es significativo en su quehacer.

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