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Director Fundador

CulturaLos muertos nuestros.

Los muertos nuestros.

POR JOSE DANILO SALAZAR

Todos nosotros, una vez que hemos adquirido la noción de nuestra mortalidad y la seguridad de que el día menos pensado morirán nuestros padres o nosotros mismos, perdemos un poco la calma  ante la angustiosa posibilidad de quedar huérfanos siendo niños, o en mi caso personal, que creo sea común con muchos de mis coetáneos, la angustia provino de la creencia religiosa del fin del mundo anunciado para el 2.000, antes o después, lo que constituía una sentencia de muerte en un lapso de tiempo relativamente corto, que me ponía en la angustiante  perspectiva de no llegar a adulto, y menos a viejo.

El primer duelo personal que debimos soportar, aparte de la muerte de los abuelos, quienes fueron unos seres amorosos y generosos con nosotros, fue para mí y mis hermanos, la muerte de nuestra madre a manos de un agresivo cáncer hepático que, por fortuna, fue una crónica  de una muerte anunciada, que nos permitió digerir un poco el  duro golpe, el vacío que dejó en nuestras vidas es in-llenable, pues, aunque mamá murió  días antes de cumplir cincuenta y siete años, es decir relativamente joven ,y yo ya era un hombre casado, con hijos, todavía quisiera verla, escuchar su voz y maravillosa risa, hacerle un obsequio, invitarla a caminar, o comer en su inmejorable  compañía, conversar con ella, escuchar sus consejos, y talvez, desoírlos, como siempre hice.

Debo decir que siendo el hijo mayor, rebelde y clavera, pude conocer al magnífico ser humano, que no solo me dio la vida, sino además grandes lecciones de sabiduría y sentido común, me enseñó un sano escepticismo sobre los demás seres humanos y sus posibles fallas, para no hacerme demasiadas ilusiones y no salir defraudado cuando ocurriera lo peor;  debido a ésta relación especial pude verla como una  cálida amiga y a veces cómplice de mis  secretos de adolescente y hombre joven; eso la hace invaluable para mí.

Papá murió luego de cumplir ochenta  y cinco años, lo que nos dio más tiempo para disfrutar de su compañía, saberes, enseñanzas, sabiduría y yerros,  lo que no es óbice, para decir a boca llena que también tuvimos un padre maravilloso. Mis otros los hermanos mayores y yo, lo conocimos en la época que era un roble, rugía como tigre y era todo un berraco para trabajar y administrar, de manera que envidiaría más de un economista, su pequeño salario de celador en “Hilos Cadena”. Fui su compañero para ir  a mercar y pude auxiliarlo en varios pequeños accidentes que sufrió en casa usando sus herramientas,  estuve pendiente de su salud en una época en  que sufrió un grave accidente de tránsito, cuando iba a trabajar en su bicicleta Monark “turismera” y fue atropellado por un camión, recibiendo una incapacidad de un año, que rebajó a seis meses, gracias  a  sus ganas de reintegrarse a trabajar y recuperar la normalidad de su vida; de mi padre aprendimos: la ética del trabajo y la puntualidad estilo anglosajón, el orgullo de ganarse la vida honradamente, el respeto a la ley, a la autoridad y a  todos los demás seres humanos,  la  necesidad de la convivencia en paz, no siendo los iniciadores de un conflicto, pero contestando a toda agresión recibida, y  la honorabilidad como estilo de vida. El entierro de mi papá significó para nosotros la oportunidad de dar gracias a Dios porque, a pesar de su pérdida, murió en su casa, sin estar  reducido en cama , sin tener que padecer, ni él ni nosotros, la tragedia de las  enfermedades penosas, porque trabajó, se pensionó y tuvo una vejez digna, y porque lo vimos marchitarse gradualmente, y su muerte no fue ni accidental ni violenta; aunque suene contradictorio, fue más un día de acción de gracias,  por los dos seres maravillosos que tuvimos de padres, que un día de duelo, aunque como es normal, siempre lloramos y lamentamos su partida.

Estas muertes son lo que podríamos llamar normales en la vida de cualquier ser humano, el siguiente duelo que tuve que asumir con mis hijos, fue la muerte de mi esposa, una joven mujer menor de 40 años quién sufrió un infarto  al miocardio un Domingo de Ramos, del cual nunca se recuperó  y que le repitió llevándola a la tumba otro Domingo, un veintinueve  de Diciembre, es decir, finalizando ese año aciago, de nuevo, aunque suene cruel,  para  mí, el deceso de mi esposa ocurrió en una buena época, porque tuve tres semanas de plazo, para repensar la vida, y reorganizar mi agenda antes de regresar a mi trabajo docente, ésta muerte podría considerarse algo atípico, porque lo normal es que las mujeres sean las que enviuden, y aunque entre uno y otro infarto hubo un lapso de nueve meses, la noticia de su muerte nos causó mucha sorpresa, tristeza y desconsuelo, su sepelio fue el día treinta, y  para no estar solos en mi casa, fuimos a Pereira, a buscar compañía y  distracción a casa de mis hermanos, que año tras año, organizaban una fiesta familiar, de despedida del año viejo

La última perdida que tuve que asumir, fue perder a una hija, la mayor de mis dos hijas mujeres, víctima de  depresión, un mal que está de moda y que no por maldad, sino por ignorancia minimizamos; se trata de mi hija Paula Andrea, una joven mujer, menor de cuarenta años, talentosa desde niña como actriz y narradora de historias fantásticas,  quien siempre tuvo el sueño de ser reconocida como una gran cantante y compositora, que se quería subir a la misma tarimas y  cantar en los mismos escenarios donde triunfaban Shaquira, Juanes,J. Balbín y otros exitosos artistas nacionales. 

Paula se dedicó a buscar el éxito y eligió como su meca a Bogotá, ciudad a la que se fue a vivir poco después de salir del colegio; su lucha se vio recompensada por pequeños papeles como actriz, en series como “Francisco el Matemático”, donde hizo el papel de doña Paula y algunos capítulos de “Tu Voz Stéreo”, que, aunque eran un escalón inicial, no llenaban sus altas aspiraciones, cantó y compuso sus propias canciones, su nombre artístico fue Paula Salas y tenía su página en Instagram.

Todos los años venía en vacaciones a recargarse de energía y buenas vibraciones, esperando que el año siguiente sería el despegue definitivo de su carrera musical y actoral, consiguió pareja, tuvo dos hijos, continuó en la lucha, y aunque recibió muchos mensajes de apoyo, hasta de una iglesia a donde empezó a ir buscando más espiritualidad y contacto con Dios, donde le profetizaron su seguro triunfo artístico;  pasaron y pasaron años,  sin que estos buenos augurios se hicieran realidad , y mi pobre hija empezó a perder, no solo la fe en sí misma, sino además  en todas las promesas de triunfo. Cada año que pasaba, se desesperaba más y más, al no ver la luz al final del túnel, en sus últimos tiempos, le inculcaron la idea de que a lo mejor su triunfo no llegaría cantando música profana sino música cristiana, al estilo de Marcela Gándara y otros grandes artistas de éste género que conocimos y disfrutamos gracias a ella, entre desilusión y desilusión, mi hija fue entrando en depresiones cada vez más progresivas y fuertes y aunque le brindamos alguna pequeña ayuda como familia  con algunos consejos bien intencionados, pero inefectivos, pequeños apoyos farmacológicos y económicos, me avergüenza decirlo, pero es cierto, nunca medimos, ni tuvimos conciencia de la gravedad de su situación, solo supimos de esa amarga verdad, después de recibir la llamada, diciendo que se había suicidado de un disparo, y después de que mis otros hijos, casi me obligaran a ir Bogotá a apersonarnos de sus hijos y situación; yo abrigaba la insensata esperanza ,que, quizá mi hija no perdería la vida y en un estado de discapacidad podría ser la cantante y predicadora, que con su música, se había pensado llegaría  a ser, ésta loca ilusión  tuve, porque conocí el caso de un integrante de un combo de atracadores, que perdió la vista por un disparo, que luego de este insuceso y como agradecimiento por ser el único sobreviviente de la pandilla, decidió ser pastor evangélico, yo creí que podría ser una ironía de la vida, que no triunfara como cantante, siendo una joven y hermosa mujer, sino una mujer discapacitada  y con algunos años más de vida,¡ que iluso!, mi hija tenía muerte cerebral y yo era quién debía dar el consentimiento, a falta de pareja de ella, para desconectarla de los apoyos artificiales, que le permitían estar en vida vegetativa; en consenso con sus hijos, menores de edad en ese entonces, donamos sus órganos sanos, y esperamos que en la actualidad alguien tenga mejor calidad de vida , gracias a ella.

A diferencia de las muertes anteriores, ésta última pudo evitarse, hay muchos mea culpa en nuestras actuaciones familiares, me arrepiento de no haber ido Bogotá todas mis vacaciones, al menos una o dos semanas, a acompañarla, sacarla de su tristeza, proponerle actividades, darle cariño, muchos abrazos y mucho amor, y quizá más apoyo económico, infortunadamente mi pobre hija se encerraba a llorar en su habitación hasta por dos semanas, y mis nietos jamás contaron lo que ocurría, por prohibición expresa de ella, de manera que nosotros juzgábamos erradamente, que su enfermedad sería una situación que ella podría resolver sola, con solo poner un poco de esfuerzo de su parte, solo pudimos entender la magnitud de su tragedia cuando ya era tarde, luego de su muerte, de la cuál somos en parte cómplices, por prejuicios e incomprensión, sobre todo, siento que fallé como padre al no apersonarme de su  situación, y no haber actuado con más calidad  humana; suponíamos que no salía de su depresión porque no quería, por no poner ganas, de manera que terminamos cometiendo el error de descargar la responsabilidad de la curación en sus propias manos, desconociendo las bases biológicas de ésta enfermedad a nivel cerebral, pues los niveles de Serotonina Y Dopamina al bajar en el cerebro desencadenan apatía, tristeza y abulia, y la inactividad física ocasiona un círculo vicioso, pues hunde cada vez más a la víctima en su enfermedad. Al regresar a mi trabajo, asumí que esa decisión tomada por mi hija, equivocada o no, era la de un adulto dueño de sus actos, hoy con vergüenza reconozco que, en ese estado de depresión, mi hija no tomó una decisión consiente, sino con la mente obnubilada por su enfermedad mental.

Ésta historia tan personal y familiar tiene como propósito hacer un llamado de atención para que estemos más atentos a las necesidades de nuestros seres queridos, amigos y familiares, y otras personas puedan usar esta experiencia para evitar una tragedia igual. Tengamos en cuenta lo siguiente:

– que el enfermo no elige estar así, no elige tener ese estado de ánimo.

– que necesita nuestro apoyo familiar, y además tratamiento sicológico y farmacológico.

-que el deprimido por lo general se aísla, y no se da cuenta de su situación y hay que ayudarlo a salir de ella.

-que en estos casos de depresión por lo general hay un componente genético.

 Deberíamos saber que hay  factores de protección ante la depresión, y  tenerlos en cuenta  para  no desamparar, ayudar y rodear a nuestros  familiares en caso de estar en peligro de caer en ésta peligrosa  enfermedad, algunos de esos  factores son:

– tener trabajo, ocupación, horarios y responsabilidades.

-tener una vida estructurada.

-tener conexiones sociales.

Si alguno de nuestros parientes o seres queridos pierde su estabilidad económica o emocional, estemos atentos a acudir a acompañarlo, rodearlo de afecto, compañía y comprensión.

5 COMENTARIOS

  1. Hablar de duelos es enfrentar la adversidad como seres humanos en cada una de estas experiencias vividas. Gracias compañero Danilo por compartirlas

  2. La narración de su historia familiar tiene tanto de triste como de hermosa, por la forma como usted nos la cuenta, Muchas gracias don Danilo, toda mi admiración y respeto.

  3. Es muy grato leer sus relatos cargados de finura y sensibilidad por que nos atraen a la realidad de manera reflexiva y trascendental
    Gracias 🙂

  4. Que historia de vida tan bella y a su vez tan dolorosa. Don Danilo gracias por abrir su corazón. Un abrazo.

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