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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadLos «verdes» no fueron la Ptar para la ética

Los «verdes» no fueron la Ptar para la ética

La corrupción es un problema que afecta a todos los países del mundo; va ligado al ADN de los humanos. Para describirla en su versión más cercana podemos afirmar que en Colombia hay un «triángulo de las Bermudas» en el que todo desaparece de manera extraña. La política, el gobierno y la justicia conforman las tres aristas de este polígono en el que reina la corrupción. En muchas oportunidades me he referido a este tema asqueroso y es difícil no sentir que al abordarlo de nuevo me revuelco en un mar de estiércol.

 

En los últimos años, para no recordar todas las cloacas que «adornan» las épocas de la Conquista, la Colonia, la Independencia, la temprana República y el Frente Nacional, hemos presenciado los aberrantes escándalos de El Guavio, Folconpuertos, Reficar, Saludcoop, Agro Ingreso Seguro, los sobornos a la Corte Suprema de Justicia, el Cartel de la Toga, Interbolsa, el carrusel de la contratación en Bogotá, los carteles del Sida y la Hemofilia, etc., etc., etc. Más recientemente, el puente de Chirajara, Odebrecht, las telarañas de la contratación pública de los senadores Mario Castaño y Ciro Ramírez (tan solo la punta del iceberg), las ollas destapadas por las Merlano, los carrotanques de la Guajira, los pasaportes en la Cancillería, los sobornos en la UNGRD (Unidad de Gestión de Riesgo de Desastres) y muchos más. Y aquí, en nuestros linderos, el «elefante» de la Avenida de los Colibríes. Somos un país «podrido», lleno de gusanos.

 

Según Transparencia por Colombia los sectores más afectados por la corrupción son: defensa (21%), judicial (11%) y transporte, vivienda, ordenamiento territorial, educación, ciencia y tecnología y servicios públicos que en su conjunto suman el 31%. Y según el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2022, el país obtuvo 39 puntos sobre 100, en el ranking mundial y las causas más destacadas son las siguientes: 1. La debilidad institucional del Estado o su incapacidad para ejercer el «imperium», lo que ha desembocado en la primacía de redes locales y regionales de poder que han impedido diferenciar los intereses privados de los sectores dominantes. 2.  El clientelismo, un mecanismo no institucional de lealtades asimétricas mediante el cual se intercambian bienes y servicios por apoyo electoral. 3. El narcotráfico, una economía ilegal, que corrompió todas las esferas de la sociedad y 4. La cultura del incumplimiento de las normas en la que no se está dispuesto a aceptar el imperio de la ley, a menos de que la misma sea favorable para los propios intereses (en términos populares «el vivo» o «el avispado»).

 

Los pocos esfuerzos históricos para combatir en nuestro país el flagelo de la corrupción han sido un fracaso rotundo. El más reciente —y también visible—, fue la consulta popular anticorrupción que promovieron los «verdes», un partido político en crecimiento que despertó grandes expectativas. Este ejercicio le costó a los colombianos cien millones de dólares y no alcanzó los votos suficientes para lograr su cometido. Cinco años después lo que corre por las venas de esta colectividad son heces en vez de clorofila. Los mayores escándalos de los últimos meses tienen a varios de su líderes con un pie en la cárcel a tal punto que bastiones y símbolos morales como Antanas Mockus y líderes connotados como Claudia López y Daniel Duque han renunciado a seguir militando en sus huestes. Parece que los verdes no lograron ser la planta de tratamiento que requiere nuestra ética. ¿Qué pensarán los representantes a la Cámara de este partido por Risaralda, de cuya probidad nadie duda?

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