Maya y Tamayo: Dos estilos, dos generaciones (Segunda Parte)

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Por JUAN ANTONIO RUIZ ROMERO

Especial para El Opinadero

Víctor Manuel Tamayo es un político de la vieja escuela. Como él mismo lo dice, lleva más de 30 años dedicado al trabajo con las comunidades. Si bien su origen fue con las Juventudes de Unificación Conservadora en Santa Rosa de Cabal -en donde fue elegido concejal y luego diputado- la primera oportunidad de llegar a un cargo administrativo la recibió del entonces gobernador Diego Patiño Amariles, quien lo designó en 1988 secretario de gobierno departamental.

Curiosamente las mayores influencias políticas de Víctor Manuel Tamayo fueron de personas de origen liberal. De Patiño heredó esa actitud obsesiva por los detalles, por el control. Del exalcalde de Pereira Juan Manuel Arango, de quien fue secretario de gobierno municipal, aprendió de micropolítica: del contacto cercano con los líderes, de la importancia de preocuparse por sus problemas y de utilizar el cargo para paliar algunas de esas necesidades.

Cuidándose de generar resistencias, Víctor fue consolidando una imagen de hombre sensible y desprendido, una mezcla entre política y religión, en donde, ante el desprestigio generalizado de la actividad política, es percibido como el único capaz de revertir tantas desgracias sociales. Con la experiencia de ser repitente en el cargo, Tamayo habla como si los recursos públicos fueran suyos y las destinaciones correspondieran a la generosidad de su corazón, en lugar de un complejo plan de inversiones. 

Aún recuerdo, hace una década, en su primera Gobernación, ante un auditorio repleto de risaraldenses residentes en New Jersey, que le ofrecieron todo su respaldo para sacar adelante programas de gobierno. Todos estábamos expectantes. ¿Qué iría a pedir? Un fondo en dólares para financiar las carreras universitarias de los jóvenes del occidente de Risaralda? Un intercambio para que los mejores estudiantes del departamento pudieran estudiar inglés en una institución de Estados Unidos? Un programa conjunto entre el gobierno departamental y los paisanos residentes en el exterior para estimular emprendimientos que generen empleo e ingreso? Pero, estábamos equivocados.

En su habitual tono de pesadumbre, el gobernador Tamayo les pidió que, por favor, le ayudaran a conseguir sillas de ruedas y muletas porque había personas muy necesitadas y que él se comprometía a gestionar ante la Dian la exención de aranceles para dichos productos.

Esa anécdota muestra la dimensión humana de Víctor Manuel Tamayo, inversamente proporcional a su dimensión como estadista. Porque para ser buen gobernante se debe ser más que piadoso y buena gente.

Aunque en este primer año de su segundo mandato, se le nota más desenvuelto y seguro en el cargo, con habilidad para manejar las relaciones con el gobierno nacional y con los mandatarios vecinos, lo cierto es que se carece de una visión de Risaralda a largo plazo. Con excepción del Hospital de Cuarto Nivel, los grandes proyectos del departamento: Anillo vial de Occidente; Plataforma Logística, Centro de Ciencia en Biodiversidad y la doble calzada a La Virginia vienen del gobierno anterior. 

La pandemia, la pobreza, los vendavales e inundaciones jugaron a favor de Tamayo para que sacara toda la artillería populista que caracterizó su primer gobierno. Los Mercados humanitarios, Sopas Calientes, Risaralda sin Hambre y la atención a comunidades indígenas, centros de adultos mayores, habitantes de calle y trabajadoras sexuales pueden ser programas asistenciales de dignificación de personas en precarias condiciones de vida, pero de ninguna manera forman parte de una auténtica estrategia de transformación social. Cuatro años son muy pocos para ese propósito.

En cambio, cuatro años pueden ser muy bien aprovechados para construir una imagen política robusta de su esposa Nathalia Sierra, quien, de acuerdo con las personas cercanas al mandatario, será la heredera de ese “sentimiento” convertido en votos. 

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