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CulturaMe limpié con una tusa

Me limpié con una tusa

Por JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Uno puede ver en las películas cómo era la vida en otras épocas. Cómo se vestían en la época de Luis XV, como se ponía la mesa en la época de la colonia, como eran los barcos en los que viajó Cristóbal Colón y más o menos cómo eran sus facciones. El cine nos ha mostrado cómo será el mundo del futuro, cómo viviremos o cómo sobreviviremos en un mundo pos apocalíptico. Pero pocas películas se han atrevido a mostrar cómo eran en realidad las costumbres higiénicas de antaño.  Me puse a investigar, porque desde niño siempre me preguntaba: Esos personajes maravillosos del cine… ¿nunca van al baño?

Así que usted se sorprenderá con lo que encontré en mi escrutinio sobre las feas costumbres higiénicas del pasado. Empecemos por decir que, en tiempos de la edad media, la ciencia médica sabía que una capa de mugre sobre la piel era buena porque defendía el cuerpo de los desconocidos microbios del aire. Los médicos recomendaban bañarse una vez al año, porque estaba demostrado que el agua traía demasiadas impurezas si penetraba los poros. Así que el baño era anual y en mayo ojalá, porque el tiempo era bueno y muy recomendado para contraer matrimonio, ya que una pareja recién bañada la tenía más fácil para tolerarse los olores y más si se daba por cierto que habría un encuentro sexual, o encuentro cercano del primer tipo. Nosotros no sabemos, pero nada de nada, de lo que son los malos olores. ¿Usted cree de verdad que el “mal olor” de su vecino de asiento en el megabús es intolerable? Debería saber que en plena edad media su vecino no olía “feo”, la palabra exacta es “hedía”.

De ahí las tantas flores en los matrimonios para disimular el olor no solo de los novios que ya se habían bañado… sino el de los invitados. El abanico se usaba para refrescar el rostro de calor, pero principalmente se usaba para disipar el mal olor de la hermosa dama que seguramente llevaba muchos meses sin probar el agua, por eso los perfumes se usaban muy concentrados y el abanico lo que hacía era disipar el aroma y disimular la espantosa “chucha” de las señoras de la época… ¿Asustado? ¿Asqueada?, espero no esté leyendo esto a la hora del almuerzo. Falta lo peor.

Vámonos a Roma en la época de Jesucristo, cuando reinaba Tiberio. Roma se caracterizó por sus famosas termas y baños públicos donde la plebe, los patricios, senadores, soldados, artesanos… todos, iban al baño hacer del uno y del dos mientras charlaban animadamente de las cuestiones propias de una metrópolis: Los impuestos, los juegos olímpicos que pronto vendrían, los encuentros de gladiadores, los pobres soldados desterrados en tierras lejanas donde al parecer se estaba formando una rebelión liderada por un “maestro” que hablaba del amor sobre todas las cosas… los baños públicos romanos fueron muy famosos porque allí la gente además de hacer “aquello” los usaban para encuentros de negocios y encuentros de amor.

Por favor prepárese para lo que sigue… Oh Dios mío ayúdame: ¿cómo se limpiaban el trasero los romanos… después de hacer popó? Usaban una esponja atada a un palo. La esponja no es como usted la imagina comprada en el almacén de artículos de aseo… oh no, era una esponja de mar. Los usuarios limpiaban la esponja en una canal de agua corriente y salada que pasaba frente a las letrinas comunales de los baños. La pregunta que se hacen los historiadores era la siguiente: Las esponjas higiénicas de los baños romanos ¿eran comunales o cada romano llevaban consigo su esponja?

          Aquí viene lo nuestro: Colombia. ¿Cómo hacían nuestros abuelos a la hora de la higiene? No estaban muy lejos de la edad media. El papel higiénico llegó muy tarde a nuestras tierras y eso que los chinos lo inventaron en el año 1391 para traseros muy refinados y de mucho dinero. Aquí en Colombia nuestros próceres por ejemplo utilizaron trapos de algodón que los esclavos lavaban cada vez que los amos los usaban. Cuando aparecieron las primeras publicaciones periódicas que eran muy baratas, los de clase baja empezaron a usar las páginas para asear sus traseros. Pero también durante muchos años aquí se utilizaron los mismos métodos que en Estados Unidos solían emplear los campesinos de los enormes maizales en algunos estados, o sea la tusa. La mazorca sin granos que no se desechaban en el fuego, sino que se utilizaba para dejar libre de residuos el ano, después de evacuar.  No se moleste. Era cierto. Sus abuelitos o bisabuelos y es posible que sus padres, hayan sido usuarios de la tusa para limpiarse el rabo, y lo digo en serio porque no estoy tan viejo. Soy un hombre cincuentón de recién efemérides cumpleañera que puede dar testimonio.

Eran vacaciones de mitad de año. Me llevaron a “temperar” unos días a la finca de un familiar muy lejano. Tan lejano que apenas alcanzo a recordar. Una finca apta para las labores del cultivo del café, pero no para las vacaciones. Hoy abundan las fincas vacacionales, pero en la época en que yo era niño eso no existía. Esta era una finca con corredores, chambranas, cuartos oscuros como para revelar fotografías, un olor constante a boñiga, afrecho de la despulpadora, pozo séptico, moscas por millones, profundos despeñaderos, peladeros, pantaneros, corrales. El baño era como una casetica que distaba de la casa unos veinte o treinta metros. Entraba uno a la caseta que no medía más de un metro cuadrado y se acuclillaba sobre un agujero en el piso. Se podía ver que por debajo corría un pequeño arroyo que se llevaba los desechos rio abajo.

 La primera vez que entré casi muero en el intento de hacer del uno y del dos, porque somos producto del entorno donde vivimos y en mi casa de Dosquebradas nunca faltó el rollo de papel higiénico en el baño. Aquí en ésta caseta me di cuenta que inodoro no había, pero tarde, muy tarde, me di cuenta que tampoco había rollo de papel. Jesús, María, José…No había papel!!! Tendría yo unos diez u once años. Empecé a dar gritos de auxilio a mi madre a quien oía conversar con otra de las familiares en las cercanías. Oí con tranquilidad que se acercaba a la caseta. Le pedí papel, pero la respuesta fue aterradora.

  • Niño… use la tusa que hay colgada de la puerta.

Oh por Dios… Por los clavos de Cristo. Una tusa entre morada, amarilla y rojiza colgaba de un triste y deshilachado cordel de cabuya. No me atrevía a tocarla siquiera…

  • No… eso está sucio… – contesté desde mi incómoda posición.
  • No niño, dice la prima que esa tusa es de hoy. Nadie la ha usado. La usa y la bota al arroyo por el hueco.

          La usé…que más remedio. La boté y cuando me subí los pantalones, tuve despierto la peor de mis pesadillas. Junto al cordel de cabuya había una espantosa, enorme y monstruosa araña negra que en mi vida había visto. El mundo se borró, la oscuridad se hizo presa de mis ojos y sentí que las fuerzas me abandonaban. Vi que el agujero del fétido pozo se acercaba como invitándome a sumirme en él… me di cuenta que me iba a ir de cabeza al arroyo donde se acumulaban algunas tusas viejas usadas… y otras cosas innombrables.

          Salí de allí más pálido que un trozo de papel higiénico. Le dije a mi madre que nunca volvería a entrar a ese lugar, que si no íbamos al pueblo a comprar papel higiénico prefería regresarme a Dosquebradas, donde por lo menos en la tienda de don Manuel había millones de rollos de papel higiénico. Mi madre comprendió muy bien eso y fuimos al pueblo al medio día pues el jeep pasaba a las doce y regresaba a la vereda a eso de las cinco de la tarde. Fuimos a una de las tiendas grandes de la plaza y allí mi madre compró media docena de rollos de papel, algo de alcohol para las rochas producidas por los moscos y zancudos y una gorrita de Mickey Mouse para que me pusiera en las tardes de tanto sol. Regresamos a la finca por la tarde cuando los trabajadores estaban de regreso a la casona y encontramos a la señora de la casa haciendo la comida para el batallón de recolectores de café que se reunían a lo largo de los corredores a esperar el plato de fríjoles, el chicharrón, la arepa y la mazamorra. Es decir que a eso de las siete de la noche ya la gente empezaba a irse a sus alcobas y los trabajadores iban a adormir a los galpones. A veces sacaban un tiple y cantaban bambucos, pasillos y valses que el dueto de Antaño o Garzón y Collazos habían puesto de moda por la radio, y todo esto, alumbrados con velas de cebo. Me aterraba que llegara la noche y me dieran ganas de ir al baño, porque era prácticamente imposible ir a la inmunda caseta a no ser que fuera un valiente o que la diarrea fuera inminente. Por eso antes que se fuera la luz del día, intentaba desocupar mi cuerpo en las cercanías de la finca. Debido a la situación de insalubridad reinante en la finca aquella, hacía mis necesidades tempano en la mañana para no tener que pensar en ello todo el día, pero ese constreñimiento voluntario terminó enfermándome y mi madre resolvió entonces acortar las vacaciones gracias a Dios. Regresamos a nuestra hermosa Dosquebradas donde teníamos una casa con dos baños y dotación de papel, jabón y agua. Bendita la casa.

          Un día cualquiera ya en mi edad adulta, dictaba mi clase de cultura general a un grupo de estudiantes y por esas cosas de las conversaciones llegamos al tema de la higiene en la edad antigua y les conté sobre mugres, olores, y las tusas que se usaban en américa como elemento de limpieza. Los jóvenes estudiantes quedaron mudos del estupor, sorpresa e incredulidad. No es de sorprenderse entonces que las personas que vivieron en esas épocas muriesen jóvenes, se enfermaran súbitamente o que la caspa, las psoriasis, los eccemas, los piojos que abundaban y demás enfermedades de la piel, hicieran de las suyas. En aquellas épocas todos eran roñosos, el rey cubría su cabeza llena de lesiones dérmicas con una peluca empolvada para disimular la infecta piel y como el mismo rey eran los ministros, cortesanos, plebeyos, artesanos, campesinos, soldados y generales. Y ni hablemos de la dentadura porque ese es un capítulo aparte.

Así que amigos, demos gracias a Dios por el baño, a los laboratorios por el shampoo, el desodorante y el jabón y a los chinos por haber inventado el bendito papel higiénico.

2 COMENTARIOS

  1. Los invito a leer, el libro, «El Perfume» que expone muy conciesudamente la vida de Francia por aquella epocas …..en las que no se conocia la higiene…..

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