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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadMemoria de un lector

Memoria de un lector

Hay cielo, estrellas componentes del Olimpo en mis lecturas; pero también sitio para ciertos títulos y autores que apenas merecen ir al purgatorio. No había contemplado «Limbo», pero también.

En lecturas, habrá quienes aticen primero infiernos, condenándolo todo y en sus fronteras difícilmente alcanzarían a superar el «cerro tutelar» de su pueblo, que es la cúspide de sus propias (cortas) visiones.

De cualquier modo, enlistar lecturas, es siempre confesión pública de la ignorancia o poco tiempo dedicado a esa pasión. ¿Qué interés puede tener mi lista de los cien primeros que haya leído, si hay tantos más a tu alcance? Intentémoslo:

No dudo de ninguna manera en confesar que abrí mi cielo con «El Principito» y podría seguir siendo el libro más disfrutado en todos los tiempos, de Antoine Saint-Exupéry aprendiendo a ver «con los ojos del corazón». Y el curso nunca termina.

Innegable, en la cultura judeo-cristiana, el reino del Libro Mayor y los alucinantes alcances de Juan Apocalíptico o del leal evangelista; los otros 3, más algunos libros que retro alimentan con violencias más que con lecciones éticas, como fuera de esperarse. Y después preguntan por qué somos tan violentos.

Particularmente de este aspecto del olimpo, sigan lista de diez primeros:

Antiguo Testamento, Apocalipsis, Juan, Marcos, Mateo y Lucas, los evangelistas y complementos de cierto andar con las luces de un apóstol en la tierra cual faro con libros como Camino y una décima de salmos para no prolongar ese periplo. Tan cerca de los flechazos a la luna vino el ya citado, El Principito que recorrió muchas de mis nubes y desveló, para mis abismos, tantas sorpresas de lo que es posible hacer desde un texto.

¿Me creerían si confieso que por eso escribo? Pero primero supe que debía leer, para tener cómo y por qué hacerlo. Y así les contaré cómo sigue esta historia particular del lector.

Tengo una galería no muy grande, pero tan amplia como puedo en mis cortos alcances, para poner desde el extremo derecho hasta que en mi mueblería quepa, los títulos de Gabito: el «Gabo Periodista», Cien Años de Soledad, El Coronel no tiene quien le escriba; «Cuando era feliz e indocumentado», los Funerales de la Mama Grande, El Otoño del Patriarca, Los Cuentos Peregrinos y, con algún debate quizá, Memorias de sus putas tristes… no las mías, las de aquél.

Cervantes, Víctor Hugo, Borges, Dickens, Shakespeare, Rulfo, Faulkner, Joyce, Sábato, Vargas Llosa, Hemingway, Amado, Salom Becerra y todas esas lecturas de mentiritas del bachillerato con Homero, Jenofonte, Séneca, Montaigne, Calderón de la Barca, Rousseau y Garcilaso, Tolstoi, Rivera, Gallegos, Goethe, Shakespeare, Aristóteles y Platón, Fernando de Rojas, Galeano y Enrique Caballero que hojeamos sobre papel periódico de los rústicos «BolsilibrosBedout» para el informe de lectura. Buena parte fueron regalos de mi primer mentor en lecturas Uriel Ospina Londoño, autor de «Medellín tiene historia de muchacha bonita», de quien heredé también otros títulos.

Y he puesto ahí cerca algunos autores afines en la experiencia periodística entre quienes cuentan con espacio Germán Castro Caicedo, Juan Gossaín, Oriana Fallaci, Héctor Mario Rodríguez, Juan Manuel López, Daniel Samper Pizano, Carlos Lleras en pluma del Bachiller Cleofás Pérez, Lucas Caballero «Klim», y hasta cierto compilado de Jorge Emilio Sierra con «Protagonistas de la Economía Colombiana»; están ejercicios de mi amigo y mecenas Jaime Uribe Botero sobre periodismo o «La Agonía del Cuarto Poder», Eugenio Gómez y Alfredo Ortega (nunca le leí nada a Arismendi, (Octavio) de quien aprendí de lo que le oía y de lo mucho que veía en sus vehemencias) Roberto Cadavid Misas (Argos) en especial su particular Cursillo de Mitología paisa, páginas heredadas de manos de la Cacica Vallenata Consuelo Araújo; Hernando Téllez historiador de la publicidad; y ciertos incendios voraces de universitario con McLuhan, la Fallaci, los profesores Martínez Albertos y Martín Vivaldi, Cavaricco, Javier D. Restrepo y poetas como Silva, Barba Jacob, Rilke, VJ Romero y David Mejía glosado por Jorge Rojas.

Y qué tal de los re leídos: aparte del ya comentado Principito, disfruté Erase una vez el libro de Carlos Bastidas y volvía sobre las pistas de una niña muy parecida a varias que conozco, de la mano de Víctor Hugo en Los Miserables, o padecía peladuras como en carne propia de cabalgaduras de Sancho cuando lo sabaneaban en una fonda y el Hidalgo, con Cervantes en edición de lujo hecha por las Academias. ¿Cuentan mis primeros cincuenta?

Pronuncié varias veces palabras de Neruda al aire, en la radio. La poesía lo salva todo y sirve en este puente de arribo, por el ejercicio propuesto de enlistar las lecturas que animaron nuestras marionetas.

Y abre el ancho entorno de mi purgatorio Ernesto Samper con su «Aquí estoy…; va cómodo ahí Juan Guillermo Ángel con sus cañas gordas, están todos los libros de la saga de nuevos ricos, narcos célebres, paracos, terroristas y expresidentes con títulos como El Patrón del mal, Sin tetas …, Rosario Tijeras, La Virgen de los Sicarios, Palabra de Castaño y también recolecciones forzadas de notas, entrevistas, reportajes y columnas de opinión empastadas como si fueran libro… codo a codo con cierto formulario de «Cómo Ganar Amigos»… como un recetario para nadar en la hipocresía social de «relacionistas».

No sabría dónde ubicar ciertos oficiosos de las letras en provincia, que difícil, muy difícilmente alcanzarían lugar de paraíso y lejos de cualquier Olimpo; pero veo por ahí al notable hacedor de párrafos bien vendidos, quien pudo haber terminado a su nombre una docena de títulos y otros más fueron publicados bajo su aquiescencia a cambio de algunas monedas o muchos millones, dependiendo del benefactor de lo que tuvo la fortuna de nunca carecer: ejemplo, un periódico del que se vanagloriaba ser el mejor («mejor» no, el único) y donde según versiones por él mismo propaladas le pagaban columnas de medio salario mínimo y páginas de notas culturales o vanidómetros de algún benefactor (llamados reportajes) por lo que pudiese haber ganado en un mes un redactor de rango (editor o jefe de algo) allá. Pero ningún título pudo siquiera ponerse a juntillas con los memorables volúmenes de la historia cálida de Ángel Jaramillo, Otto Morales, referencias literarias de Héctor Ocampo Marín y Cecilia Caicedo, o líneas rudas de Silvio Girón, Jairo Vélez y Germán López Velásquez.

Solo un botón para muestra de sus «grandezas»: ¿?

Y cuáles para el limbo? El loco Dan Brown, con alucinante trama del Código Da Vinci, primer texto que devoré en un enlace Online. Y un título de Saramago: Evangelio Según Jesucristo y por ahí estarán, hasta que vuelva a abrir mis ojos, algunos de los títulos de Franco, Bolívar, Abad, La Restrepo, Vallejo, ciertos nadaistas chistosos como Escobar, Valencia y Arbeláez o su papá Arango y el pésimo defensor de una literatura inaccesible que se firmó con nombre de aula o laboratorio: «X-504».

Y Mutis, Paz, Vidales, Colorado o novedades de estantería de cierto género policíaco do refugian penas ciertos investigadores periodísticos de vanguardia literaria. Ya pasó los cien que ustedes vendrán contando mejor. Pero quiero escribir Mi historia de la gratitud, la Casa de la Perra Mona, Los olvidos de una amante, La fortuna de haber sido yo. Cien años de soledad en la justicia colombiana no será una parodia, sino el parafraseo de un macondo sin ley y sin Dios de lo que es salvable apenas la obra de Uriel Hincapié o la del jurista Antonio Vicente Arenas: 130 libros leídos y apenas unos trece publicados, con más de nueve pendientes. ¿Se permite soñar? Al menos tienes el consuelo mayor: leer.

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