ActualidadMiscelánea - Falsos positivos, una verdad que tenemos que asumir.

Miscelánea – Falsos positivos, una verdad que tenemos que asumir.

La semana pasada nos hicieron partícipes de la gran intensidad en el avance del sistema de la Justicia Especial para la Paz, con los testimonios de muchos de los dolientes de las víctimas de los falsos positivos, que han sido replicados por los medios radiales y, tengo que decir que escucharlos, aunque tiene un efecto de catarsis reveladora y liberadora, que es lo que se pretende en la conciencia de todos los colombianos, que tenemos que saber la verdad, para reconocerla y admitirla, no deja de ser estremecedor pensar que el desarraigo y la desaparición de los seres queridos ha sido el pan diario de millones de compatriotas, ante la crueldad de los determinadores y los patrocinadores de la guerra y ante la indiferencia de todo un país que ha normalizado la violencia y se ha acostumbrado a ella.   

Yo crecí en los tiempos de los carros fantasma, de la mano negra, de los escuadrones de la muerte, de los terriblemente mal llamados grupos de «limpieza social», que actualmente se han etiquetado sigilosa y subrepticiamente como «Águilas Negras», organizados y auspiciados por quién sabe quién en la oscuridad y que se justifican en la descomposición y en la idea pragmática de que hay que eliminar las «manzanas podridas», bajo la premisa de que «los niños buenos se acuestan a las 9, a los demás los acostamos«.   

Con todo y lo escabrosa que es la idea de una «limpieza social», en la forma aterradora y dolorosa en que nos la han mostrado, recientemente con los hechos de Tibú y los dos jóvenes ajusticiados sin fórmula de juicio, digamos que el fenómeno ya era conocido y de alguna manera entendido como una forma de respuesta «natural» y anónima de la sociedad, desde sus entresijos y desde las telarañas de los poderes ocultos, ante la arremetida de la delincuencia y la ineficiencia del Estado para administrar justicia, ante la incapacidad de defender el valor superior de la seguridad colectiva y de la decencia de la «gente de bien», bajo la excusa de que la institucionalidad no funciona, y, hasta aquí, puede decirse que no hay nada que ya no supiéramos, por odioso y execrable que estas cosas sigan siendo.   

Pero los denominados «falsos positivos», hay que mirarlos desde una perspectiva aún más grave, porque no han sido meras expresiones espontáneas de autodefensa, condenables per se, sino que han sido otra cosa; algo, si se quiere, más abominable, algo peor que lo peor.   Los «falsos positivos», según los relatos de los actores de esa tragedia, fueron toda una conspiración que involucró a personas desprevenidas e inocentes que perdieron la vida para generar resultados artificiales y números, como una forma de acceder a estímulos y reconocimientos, para inflar las estadísticas del conflicto y justificar el fortalecimiento de un aparato militar pintado de éxitos prefabricados, generando el humo de una falsa seguridad, para vendernos más seguridad.  

Hoy, cuando los falsos positivos han dejado de ser una investigación y se han constituido en una verdad procesal, derivada de las confesiones de policías y militares, cuando han dejado de ser una hipótesis, yo quisiera escuchar las voces enérgicas desde la derecha, de algún amigo uribista, que tengo muchos y muy queridos, que me haga el regalo de su opinión. 

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