Múltiples verdades

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JORGE H. BOTERO

La presencia de Mancuso y Timochenko en la Comisión de la Verdad es conveniente. Y de doble filo

Atenas, año 472 a. C. Esquilo estrena su drama “Los Persas”, una obra singular en el inmenso legado que nos dejaron Él mismo, Sófocles y Eurípides. Lo es porque abandona los relatos mitológicos como materia prima de la tragedia para tomar un episodio histórico en el que tuvo intervención:  la derrota del Imperio Persa en la batalla de Salamina en su guerra contra la Hélade ocurrida ocho años antes. Lo es también porque, quizás por vez primera, el autor asume la posición de los vencidos. Estos son culpables, es claro desde el principio de la tragedia, por haber invadido a sus vecinos, lo cual no le impide prestarles su voz para expresar el dolor de la derrota: “Gime la tierra por la juventud que, en tierra, sacrificara Jerjes, el que amontona persas en el seno del Hades. ¡Cuántos nobles varones, la flor de nuestra tierra, perdidos sin remedio!”.

Bien distinto es el caso de Cristóbal Colón, incapaz de entender las gentes con las que se encontró en el llamado “Nuevo Mundo”, expresión de por si absurda: este continente es tan nuevo o viejo como los demás; tenerlo por nuevo connota una visión eurocéntrica: aquí no había civilización; esta vino de fuera, traída por los españoles de cuya cultura, más que de las indígenas, muchos somos herederos. No llegó, como intentaba, a la India o Japón. El abismo mental entre los forasteros y los “Indios” era enorme. Unos eras barbados, usaban ropas que cubrían con mallas metálicas, poseían armas de fuego, y montaban caballos; otros eran lampiños, iban desnudos, veían a los recién llegados como provenientes de los cielos y como una suerte de centauros: seres fabulosos mitad humanos, mitad equinos. No habían descubierto la rueda (no la necesitaban, entre otras razones, porque carecían de animales de tiro). No sorprende que su reacción primera frente a esos seres extraños fuera de terror. Leemos en la carta del Almirante de 1493, que los indígenas, ante sus emisarios, “después que los veían llegar, huían a no aguardar padre a hijo”.

También escribe que encontró “muchas islas pobladas con gente sin número; y de todas ellas he tomado posesión por sus altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho”. Asombra todavía que una declaración formulada en un sitio desierto y en una lengua incomprensible, haya tenido el poder de expropiar a los indígenas de sus libertades y pertenencias.  Sin embargo, la postura de Colón tiene sentido. Como representante de un imperio, tan bárbaro como cualquiera otro, vino en plan de conquista. Y conquistar siempre ha implicado aniquilar a los vencidos: apropiarse de sus riquezas, matar a los sobrevivientes en las guerras, violar a las mujeres y convertirlas en esclavas. Es lo que leemos, por ejemplo, en la Ilíada de Homero y en Las Troyanas de Eurípides, textos fundacionales de nuestra literatura.  El descubrimiento y conquista de América no fue -no podía serlo- un encuentro fraterno entre dos civilización lejanas. Hemos progresado mucho, pero la brecha aún existe.

Demos una breve mirada al campo de la ficción. Las “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury versan -en apariencia- sobre la conquista del planeta rojo por los terrícolas; en realidad, pueden ser entendidas como una metáfora de las relaciones entre los seres humanos en circunstancias extremas. En muchos de esos relatos, hermosos y terribles, los conatos de comprensión mutua entre marcianos y hombres culminan en el fracaso. Sin embargo, en “Encuentro nocturno” “Muhe” y “Tomás Gómez” toman contacto. Como pertenecen a distintas realidades físicas, cada uno cree que el otro es un espectro; lo que ven en el entorno es radicalmente diferente. Se tienden las manos que no pueden tocarse. No obstante, el marciano y el terrícola logran conversar entre si e intentan compartir una taza de café; un tenue comienzo de armonía intergaláctica.

Estas elucubraciones son pertinentes a propósito de la carta que ha dirigido “Timochenko”, el ultimo comandante de la extinta guerrilla fariana, a nombre suyo y del líder paramilitar Salvatore Mancuso, en la que piden a la Comisión de la Verdad una audiencia pública para que “el país conozca las verdades silenciadas sobre el conflicto armado”. Con buen criterio, la Comisión ha aceptado esta oferta, aunque estableciendo, por obvias consideraciones de prudencia, algunos requisitos. Sin duda, debemos anhelar que aporten relatos veraces, desde sus particulares ópticas, conscientes de que lo que digan no será útil para atenuar las responsabilidades que les correspondan ante la justicia.

¿Le servirá al país el informe de la Comisión que se presentará el noviembre? Así podría suceder si víctimas y victimarios -categorías que no siempre se diferencian con nitidez- hubieren logrado cerrar viejas heridas en los múltiples encuentros auspiciados por ella en las regiones en las que los actos violentos han tenido mayor incidencia.

Sin embargo, hay dos riesgos que preocupan: (i) que quedemos convertidos en “estatuas de sal” y no seamos capaces de superar el pasado. Porque la verdad es que el paramilitarismo y la guerrilla, de los que Mancuso y Timochenko fueron protagonistas, pertenecen a una época pretérita. La violencia que hoy padecemos no es la misma, así con la de antaño tenga vínculos; (ii) y que se pretenda proveer una verdad, definitiva y oficial, sobre el conflicto que dio lugar al armisticio con las Farc, Que fue uno solo, por importante que haya sido, de los varios que hemos padecido durante el vago periodo de “más de cincuenta años”, según la insólita tesis, de origen fariano, aceptada por el pasado gobierno. Las verdades de la historia son -siempre- varias y provisionales. Intentar de nuevo un monopolio del relato histórico abriría una grieta profunda en esta sufrida Colombia.

Briznas poeticas. De José Emilio Pacheco: “Cama del sueño, lecho del amor / gabinete de la lectura y la poesía / nave sin ancla / de la vida que va y no vuelve: / qué resignada esperas en silencio / ser al fin el escenario de la muerte”.

1 COMENTARIO

  1. Muy buen artículo, ya somos estatuas de sal, vemos en un ciclo continuo de violencia y no hemos oído ni la versión del otro, sería una oportunidad de saber quiénes son los tramoyistas en las sombras, y tratar de acercarnos y buscar curar heridas

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