Ni incensarios ni piras

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Por GABRIEL ÁNGEL ARDILA

Los creadores en literatura no necesitan padrino. Ni censor. La libre expresión como derecho, admite en todo su amplio espectro, a regulares, buenos y hasta a escritores no definibles en ninguna categoría fijada al capricho de los gustos perezosos de ahora.

Todos en el derecho consagrado en el Artículo 20 de CN ponen su cuota y merecen respeto. Y los aspirantes a comentadores de libros están llamados a hacer escuela en algún remanso de paz en donde beban de la sabiduría del discurso valorativo y no del enjuiciamiento malicioso contra los propósitos, los intereses o los relativismos estéticos de los autores.

En cierta escuela donde muestran como obra el descuartizamiento de cualquier autor (por antojos del antropófago), no construyen sino acaso cavan su propia sepultura. Ya en reciente pasado inventariando autores cafeteros de los años 90 (que pusieran con el remoquete de autores finiseculares), de lo puesto a los ojos del lector, muy poco se salvó porque los «analistas» ahí compilados mostraron las armas legadas por su maestro: meros carniceros de motosierra y afiladores de lengua.

Los autores de obras literarias o de otras expresiones de arte, son por naturaleza libérrimos: exuberantemente creativos y creadores. Y no hay razón o rasero que justifique el enjuiciamiento de esas aptitudes o de los mensajes que deseen compartir, porque forman parte de su soberana expresión. Un creador auténtico no le pide permiso a sus criaturas, ni a los espacios, ni a otros creadores, para estampar su obra. No esperan incienso de las cátedras depredadoras, ni fenecen obligados por la letalidad de sus prejuiciosas galeras.

En tales condiciones, lo que cabe por parte de cualquier instancia (incluida la de aprendices universitarios), es brindar las garantías para que se activen todas las formas de expresión y se garantice la mínima dignificación de autores y obras. En un libre mercado, dicen bien quienes creen en la máxima popular: «Que por los gustos se venden los calambombos».

Y «dignificar» supera lo apenas corriente de la supervivencia y el mínimo reconocimiento del ser que va inserto o tras la burbuja del «autor». Implica que se facilite la ubicación de la obra, su difusión y el mínimo reconocimiento de su existencia… Algunos o muchos autores padecen del corrosivo sentimiento oxidante de la indiferencia o el olvido de quienes son testigos de su obra, sin contar los esfuerzos necesarios para procesarla y darla a la luz. En el mundo de los ignorantes no existen los autores, ni los semidioses, sino la suprema indolencia de esas ineptitudes de los que fueron a la escuela pero no practican lo aprendido: No leen, no escriben, no dejan huella de su existir o pretenden, quizá, ser recordados por sus extravagantes glosas… Solo sus prontuarios delictivos pueden dar fe de su paso por la tierra. Y lo escrito, escrito está.

1 COMENTARIO

  1. Respetado Columnista:
    » En el mundo de los ignorantes no existen los autores ni los semidioses, sino la suprema indolencia de esas ineptitudes de los que fueron a la escuela pero no practicaron lo aprendido.»
    Un escrito que nos hace reencontrarnos con un estilo del uso de figuras literarias , sugestivamente y puntualmente empleadas.
    Felicitaciones

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