No deje así

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Por: Juan Guillermo Ángel Mejía

En aquellos tiempos, cuando desde estas tierras se hacía en lomo de mula el viaje a Bogotá, durante varios días de faldeo, como diría Atahualpa Yupanqui, a mitad de camino, extenuada mientras reposaba en una fonda de vereda dijo la tía al sobrino quien le servía de guía y compañero: “mijo yo no se usted que va a hacer conmigo porque, ni sigo, ni me devuelvo, ni me quedo aquí tampoco”.

Tal es la conclusión que compartimos con Alfonso Gutiérrez, ni el socialismo fracasado venezolano, ni el comunismos marchito en Rusia, China o Vietnam donde hoy impera el capitalismo aderezado con ideologías desuetas, ni tampoco las pseudodemocracias que favorecen la concentración desmesurada de la riqueza, entre muchas otras razones porque, a pesar de las diferencias predicadas, a todos estos sistema los une un pecado que arruina, la corrupción.

Las economías más equilibradas y justas de hoy son, paradójicamente, las monarquías de los países como Japón y del norte de Europa, donde se respeta el derecho de los demás, allá la honestidad  y el pago religioso de los impuestos son universalmente acatados; así el estado tiene dinero suficiente para generar los equilibrios que garantizan una vida digna a sus gentes, lo que paradójicamente no las hace felices, puesto que la evidencia nos muestra que vivimos más contentos en estos lares, pero ese es otro tema.

Para que no se roben lo que producen los  impuestos me los robo yo primero, y nadie dice nada, como tampoco se le reclama al 54% de los empresarios que, según este diario, no pagan las prestaciones sociales, cohorte a la que se debe sumar los más delincuentes, aquellos que se roban el recurso público, dolo que tiene varias modalidades: la contratación fraudulenta, los combos que compran el poder, los abusadores en todas las categorías.

El analista Moises Naim se refiere en su columna  al comparar el “deje así”actitud, que impera en nuestro medio, con la conducta de los países donde la corrupción es un delito socialmente repudiado,  recordando palabras  como whistleblower que literalmente significa “el que toca el pito, la alarma”, para definir a quien “denuncia una actividad ilegal o conductas no éticas”, conducta protegida y aplaudida donde la honestidad es paradigma, por el contrario  la traducción al español de esta palabra sería algo así como: sapo, soplón o chivato.

El mismo Naim trae a colación otra palabra: accountability que significa “hacerse responsable de las decisiones que uno toma” “esta conducta tampoco tiene traducción al español y por ello el tapar y actuar bajo el sigilo del silencio es algo que la ley trata remediar cuando obliga a la rendición pública de cuentas, aunque abunda Naim “la rendición de cuentas es más un acto burocrático y contable que una acto moral” sin embargo ni siquiera ese leve maquillaje es de obligatorio cumplimiento así, en nuestro medio, hay juntas directivas de empresas que manejan recursos públicos que eluden cualquier auditoría, no rinden cuentas por sus actuaciones y cierran filas para evitar que sus contribuyentes se enteren de un arqueo de caja; son entidades que cuentan con juntas electas que se creen dueñas de lo ajeno,  que actúan a puerta cerrada y lo peor consagran el sigilo en sus estatutos, caldo de cultivo para que se haga y deshaga sin que quien paga se entere.

Mientras que un banco norteamericano despide a uno de sus más altos funcionario por la sustracción de un sánduche, aquí lo normal es amparar al delincuente,  luz más luz,  como reclamaba Goethe, nos hacen falta leyes que protejan a los guardianes de la heredad y una conducta social que aplauda y premie a los que se atreven a destapar lo que “está podrido en Dinamarca”.

Publicada originalmente en El Diario y reproducida con autorización del autor.

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