Fundado el 9 de febrero de 2020
LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadNo hay traidor pequeño 

No hay traidor pequeño 

Nos sentíamos los “porras” del colegio. Sabíamos de memoria los nombres de los premios Nobel, como si fuera la gran cosa, y resolvíamos en cuestión de segundos las difíciles ecuaciones de la temida Álgebra de Baldor porque dominábamos en secreto las fórmulas simplificadas, gracias a las cuales las operaciones más complejas resultaban para nosotros asombrosamente fáciles; con ese truco “descrestábamos” a los maestros. Una vez egresados ninguno de esos conocimientos nos ayudó en el desafío de la supervivencia.

Con el propósito de llamar la atención y demostrar nuestra presunta “superioridad” decidimos “fundar” el que bautizamos como “escuadrón suicida”, integrado por un puñado de engreídos e irresponsables que para incomodar al resto de la clase nos ofrecíamos a presentar exámenes ante el profesor de turno.

No éramos más que un grupito de fastidiosos petulantes, convertidos hoy en médicos, abogados e ingenieros, algunos de ellos muy exitosos en el exterior. Por suerte, los golpes de la vida nos obligaron a madurar y evolucionar como “buenas personas”.

Pero durante la adolescencia gozamos en verdad de algunas capacidades un tanto especiales de las cuales hacíamos alarde.

Por ejemplo, los miembros de la barrita de estudiosos jugábamos ajedrez con un nivel envidiable. Nos enfrentábamos en forma simultánea a múltiples partidas y, aunque no lo crean, ¡sin tablero! Mientras el profesor se retorcía tratando de explicar alguna genialidad de Pitágoras, los “sobrados” o “sobradores” nos sumergíamos en el “deporte ciencia” registrando cada movimiento en la mente; simplemente decíamos en voz baja la jugada o la anotábamos en un pedacito de papel y la pasábamos al contrincante.

Llegó el tiempo de participar en un campeonato departamental y nos reconocían como los favoritos junto con Jaime Alberto Builes, con quien al comienzo del torneo nos saludamos con un estrechón de manos para intercambiar la trillada e hipócrita frase: “¡Que gane el mejor!”. En realidad, cada uno se creía más experto que el otro, pero disfrutábamos actuando con simulada modestia.

Mi segundo rival fue un “chinito” de apenas doce años; el más “peladito” de los competidores. ¡Un aprendiz! Desde el comienzo cometió errores de tal magnitud que me dio pesar y con generosidad le concedí la opción de rectificar. Lo hizo. Y siguió dando pasos en falso a los que reaccioné alertándolo sobre sus deficiencias y autorizándolo para retroceder y enmendar. Debido a mi “alto nivel” me llené de rabia contra un adversario tan indigno y, muy alterado, le dije: “¡Concéntrese! ¡Juegue bien!”. Por desgracia mi ego prepotente e infiel me aconsejó que le permitiera corregir todos y cada uno de sus “descaches”.

Su “mediocridad” me disgustó a tal grado que “bajé la guardia” como si careciera de oponente. Dejé volar mis pensamientos hacia asuntos ajenos al afán del momento y olvidé el escenario en que me encontraba. ¡Gran equivocación! De repente el chiquillo gritó “¡Jaque mate!”. ¿¡Cómo!? ¡Me derrotó! Quedé en ridículo mientras Builes avanzaba y se coronaba como el campeón de Risaralda.

De nada me sirvió ser “lo máximo” cuando olvidé que los verdugos emergen del lugar menos esperado. Un muchachito me regaló una gran lección: no hay enemigo pequeño. Jamás debemos subestimar a nadie, por insignificante que parezca.

A lo largo de los lustros me empeñé con relativo éxito en sacar provecho de tan vergonzosa enseñanza. Como profesional evidencié que el mundo siempre está lleno de peligros y amenazas; y que incluso en el entorno laboral no existe enemigo ni traidor pequeño. La deslealtad suele ocultarse tras un rostro amable y expresarse con palabras almibaradas y gentiles. El más colaborador y simpático puede estar llamado a sacrificarnos. Y lo hará de buen agrado.

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