ActualidadNoche buena, Noche de paz

Noche buena, Noche de paz

Una estampa del Paisaje Cultural Cafetero

Cuando era  niño en las navidades solíamos reunirnos, nuestros padres, abuelos, tíos y primos en una finca de La Romelia, Dosquebradas, donde hoy están localizadas las oficinas de Autopistas del Café. El encuentro comenzaba con los preparativos de la Noche Buena, se prolongaba la noche de San Silvestre y finalizaba con la Fiesta de los Reyes Magos, cuando desarmábamos el árbol y el pesebre y volvíamos a guardar las instalaciones luminosas.  La familia extendida, los Gutiérrez Suárez, los Cardona Gutiérrez, los Jaramillo Cardona, los Jaramillo Gutiérrez, los Franco Cardona, los Franco Pimienta, los Jaramillo Chujfy,  y todas sus derivaciones rezábamos las novenas, jugábamos a los aguinaldos, sacrificábamos el marrano, elevábamos globos que luego de corretear por la pradera recuperábamos y volvíamos a cargar de gas, quemábamos pólvora y bailábamos música parrandera, con canciones como esa que dice:  “Dame tu mujer José, yo sé que me la darás”;  también jugábamos a los encostalados, quemado y de remate un partido de fútbol entre solteros y casados, partido que llegaba a su final cuando el balón chocaba contra el travesaño, desbaratando el arco y ahogando el grito de gol.   Eran épocas maravillosas que con los años se han ido ocultando en algún lugar de nuestra memoria.  Pero hoy la mayoría de esos parientes ya no están con nosotros.  Mis padres y dos de mis hermanos, mi tía y mi primo que también era mi tío político y muchos de ellos abandonaron el mundo terrenal y están a la diestra de Dios Padre.  Las Navidades ya no son las mismas, hasta los ritmos han cambiado.  Hoy, en el barrio donde vivo con mi esposa los vecinos amanecen bebiendo y chillando más que cantando canciones de despecho, de esas que llaman “populares” y bailan ritmos peruanos de vocabulario soez.  Y desde la víspera me devano los sesos ingeniándomelas para evadir la invitación a beber hasta perder el sentido sentado en una silla rímax en la mitad de la calzada.  Por esa y muchas otras razones, la invitación de mi amiga María Elena a celebrar la Navidad en un condominio de Viterbo, Caldas, nos llegó como un regalo de la Divina Providencia. Viterbo es un municipio localizado en el valle del Risaralda y que de hecho habría sido risaraldense de no ser por las concesiones políticas durante su tránsito por el Congreso, en los años previos a la aprobación de la Ley 70 de 1966.  Sus habitantes tienen la generosidad y espontaneidad propias de nuestra cultura mezcla de paisa y caucano, todo está lleno de gracia como la Virgen María.  La vía de acceso está bordeada por samanes que cubren de sombra al visitante; además, un museo vial adorna el lugar con esculturas talladas en madera.  La gente saluda amablemente al visitante, los portones de las casas permanecen abiertos, porque todos se conocen y nadie genera desconfianza.  Ah, y una particularidad, casi nadie usa tapabocas, no se si por temor a una hipoxia o porque no le temen al contagio, pues de único contagioso allí es la amabilidad de las personas. El alumbrado en la plaza principal es bello pero sencillo, y seguramente no costó los miles de millones que dicen haber pagado por el de esta capital que se quedó a medio encender.  Las montañas son fértiles y sus praderas tapizadas de verde en distintas tonalidades.   Apenas habíamos caminado una cuadra cuando un aviso llamó nuestra atención: “Buenas, desea chupar helado”, decía al pie de un negocio, donde el propietario nos vendió unos exquisitos helados de producción casera que, lo juro, superan todos los que jamás haya probado. 

Seguimos nuestro camino y encontramos la fachada de la que de haber estado situada en La Candelaria, sería una de las posadas u hostales más admirados por los amantes de la cultura, habitada por un coleccionista de objetos típicos y antiguos que no los vende porque son su cariño verdadero.

Andando sin rumbo vimos un templo con el símbolo del candelabro de las siete velas, que según dicen los lugareños pertenece a una iglesia asentada en el pueblo desde hace medio siglo.

Ya de regreso al parque pasamos por Camelot, la casa que resume en los ladrillos de su fachada la historia misma del pueblo fundado por el padre Nazario Restrepo hace dos siglos.  No rezamos este año la Novena al Niño Jesús, pero estoy seguro que desde el cielo el Redentor nos iluminó el camino para que viviéramos en paz la Noche Buena, rodeados del cariño de los amigos y familia, cenando y cantando y durmiéndonos temprano, porque ya para nosotros no aplica la canción que dice: “La parranda es pa amanecer, al que se duerma lo trasquilamos”.  Ni más faltaba.  Esos tiempos quedaron atrás, ahora tenemos otra manera de ser felices sin tanta bullaranga.

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2 Comentarios

  1. Respetado Director:
    Muy buena crónica.
    Siempre prima la validez de la memoria personal , familiar.
    Siempre prima el valor de la unión familiar.
    Siempre priman recoger los sentimientos, vivencias de hijos, padres y demás familia.
    Siempre prima la lealtad de la amistad,

    P.D.
    Para los Responsables Columnistas, Comentaristas, Lectores en general: un año nuevo en que nos sigan enriqueciendo con sus amenas, puntuales y profundos conocimiento

  2. El los pueblos del Eje Cafetero, no sólo encontramos tesoros escondidos como la iglesia de las 7 velas, sino gente amable que se siente agradecida con lis visitantes. Ojalá la modernidad no entre a cambiar sus costumbres y menos la amabilidad de sus gentes

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